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Ni mártires ni enemigos

«La Iglesia debe acostumbrarse a convivir en una sociedad laica y aconfesional como es la española. Ésta es la que más le puede garantizar la libertad de su expresión religiosa»

Es normal que en estas fechas, con tanta tradición cristiana, tratemos algunos temas de la relación Iglesia–Estado en conversaciones con amigos y familiares en alguna comida navideña. Me refiero a la desaparición del crucifijo o de los belenes de los colegios públicos o concertados que imparten enseñanza pública, universal y gratuita. O también a la excomunión que les ha caído a todos los políticos que han votado a favor de la nueva regulación del aborto o el caso del presidente de la Conferencia Episcopal sueca que no ve inconveniente que los sacerdotes se casen o el silencio escandaloso de la jerarquía sobre los abusos sexuales a niños por parte de clérigos en la católica Irlanda.
No es mi intención entrar en el fondo de cada una de estas cuestiones pues con una simple lectura de la Constitución Española pueden quedar orientadas algunas. Y de las otras, una, ya está aceptada por la mayoría de la sociedad civil y la otra, está condenada por la totalidad de la humanidad.
Pero el tema de fondo es: ¿es cierto, como dicen algunos conservadores de la Iglesia, que existe una persecución del pensamiento cristiano? La derecha de la Iglesia dice que si se ventilan tantas malas prácticas de los representantes católicos es para desacreditarla. Que si se escriben libros críticos sobre la tradición judeo-cristiana o novelando la historia de Jesús de Nazaret, se debe a una operación maquinada para confundir y destruir la fe de la gente normal y sencilla.
La Iglesia debe acostumbrarse, superando la utilización de una falsa persecución para conseguir adeptos, a convivir en una sociedad laica y aconfesional como es la española. Esta sociedad laica es la que más le puede garantizar la libertad de su expresión religiosa. El valor de la tolerancia, que no consiste en callarse o en disimular el pensamiento, sino, como dice Irene Lozano en su libro sobre la izquierda, en contestar a una opinión con otra opinión, es el que le asegura a la religión el respeto de la sociedad a sus opiniones aunque sean anticientíficas. Los obispos tienen todo el derecho a opinar pero los políticos tienen la obligación de legislar para todos según la Constitución.
Así como nadie discute las obras sociales que realiza la Iglesia y para lo cual recibe subvenciones públicas, ella debe comprender que la solidaridad se puede también construir desde la razón y desde la ciencia y quienes defendemos los principios de igualdad, libertad y fraternidad no podemos ser sus enemigos.
Los enemigos de cualquier organización que se rige por valores, como los anteriormente señalados, y que basa su conducta en unos criterios emanados de ellos, no están fuera de la organización sino casi siempre en su interior y lo mismo que a la izquierda, a la religión la desacredita la incoherencia de sus militantes o de sus creyentes. “Obras son amores y no buenas razones” o golpes de pecho.
Por cierto, la nueva iluminación de la “Creu Coberta” de Alzira es un acierto desde cualquier punto de vista. Igual puede provocar una oración en medio de la noche que una exclamación ante tan sencillo como hermoso templete El laicismo puede valorar que es un dinero bien gastado como obra de arte que no quiere imponer nada a nadie en un espacio público y sí resaltar la belleza de un monumento histórico con apoyos ecológicos. No pasa lo mismo en el espacio público del aula escolar (con dinero de todos) donde los niños tienen derecho y obligación de estar. Respetemos y no impongamos.

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