Netanyahu elimina de un plumazo la «revolución laica» de Lapid

Con la firma de los pactos de gobierno con los partidos ultraortodoxos Judaísmo Unido de la Torá y Shas, que darán paso a un ejecutivo de fuerzas nacionalistas y religiosas, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, va a eliminar de un plumazo la «revolución laica» iniciada en la anterior legislatura.

«Desde el principio lo que estaba sobre la mesa era reparar los daños que Yair Lapid (el anterior ministro de Finanzas y líder del partido laico de centro Yesh Atid) han causado a los ultraortodoxos y a la sociedad israelí», dijeron hoy fuentes de Judaismo Unido de la Torá, al anunciar que habían alcanzado un acuerdo de principios con el Likud.

Los detalles del pacto, que aún deben ser refrendados por Netanyahu y por el Consejo Rabínico del partido, incluyen la anulación de una serie de medidas y leyes que en la anterior legislatura frenaron los históricos privilegios de esta comunidad, acostumbrada en las últimas seis décadas a sólo recibir.

Según el diario Yediot Aharonot, el próximo gobierno israelí devolverá las pensiones públicas mensuales a los niños al nivel anterior a la llegada de Lapid, para beneficio de las familias ultraortodoxas, que suelen tener un promedio muy superior de hijos que las laicas.

También instituirá de nuevo una larga serie de partidas presupuestarias para los seminarios rabínicos que habían sido anuladas, cancelará la obligatoriedad de las asignaturas primarias en sus escuelas y, como colofón, suprimirá las sanciones a los seminarios que no aporten su cuota fijada de estudiantes al servicio militar.

Se trata en este último caso del eje central de una histórica ley que ponía fin a las exenciones del servicio militar para la comunidad ultraortodoxa, de las que disfrutaban desde la fundación del Estado de Israel, en 1948.

«Han liquidado todo», se quejó hoy Lapid, quien entre comienzos de 2013 y finales de 2014 encabezó la llamada «revolución laica» dentro del anterior Ejecutivo israelí.

Esta revolución siguió a la ola de protestas sociales de una clase media que se quejaba de los exagerados privilegios que recibían los ultraortodoxos a pesar de no contribuir a ni a las arcas públicas ni al «peso» de la seguridad nacional.

Con 19 escaños en la anterior legislatura y apoyado por el partido de centro Hatnuá y por el nacionalista de derechas y laico Israel Beitenu, Lapid emprendió sus reformas desde el Ministerio de Finanzas, hasta llegar a la tortuosa ley de las exenciones militares.

En la legislación se obligó a una buena parte de los estudiantes rabínicos a ir al servicio militar, so pena de ser castigados los desertores por vía judicial y de que sus seminarios perdieran financiación.

Todo ello quedará de facto anulado una vez entre en funciones el nuevo gobierno de Netanyahu, dado que el pacto alcanzado hoy contempla conceder al futuro ministro de Defensa la autoridad sobre todas esas sanciones, neutralizando la acción judicial independiente.

Los ultraortodoxos «podrán seguir sin reconocer al Estado de Israel, obtener miles de millones de los contribuyentes y seguir sin trabajar», denunció Lapid en declaraciones al diario Yediot Aharonot.

Los ultraortodoxos también han conseguido frenar una ley no menos revolucionaria en Israel que estaba destinada a agilizar las conversiones al judaísmo, y que rompía por primera vez en la historia del país su monopolio en los tribunales rabínicos.

Igualmente se revisarán algunos cambios efectuados en política funeraria, otro de los sectores de exclusivo dominio ultrartodoxo y que genera millones de dólares al año.

«Nuestras demandas no son una extorsión sino mera compasión y una verdadera preocupación por el pueblo de Israel», argumentaron las fuentes del Judaísmo Unido de la Torá.

En la obtención de estos antiguos privilegios ha jugado un papel fundamental el cambio político que se produjo en las elecciones del pasado 17 de marzo, en la que el partido derechista Likud, que lidera Netanyahu, venció con 30 escaños.

Aunque en ellas los ultrortodoxos perdieron en su conjunto cinco escaños -pasaron de 18 a 13 debido a la división del Shas en dos facciones-, salieron en realidad reforzados porque los tres partidos que habían encabezado esa especie de «revolución laica» -Yesh Atid, Hatnuá e Israel Beitenu- sufrieron una mayor pérdida de influencia política.

Yesh Atid pasó de 19 a 11 escaños y dejó de ser el fiel de la balanza en la formación de gobierno; Hatnuá, amenazado con la desaparición, se alió con el Partido Laborista; e Israel Beitenu, que en 2013 obtuvo 13 escaños en una coalición preelectoral con el Likud, bajó a sólo 6.

Además, desde un principio Netanyahu anunció su intención de apostar esta vez por un gobierno con sus aliados naturales con el fin de armar una «coalición estable y duradera», todo un as en la manga para los ultraortodoxos.

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