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Neofascismos y fundamentalismos en alianza · por Juan José Tamayo

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El Observatorio recoge toda la documentación que detecta relacionada con el laicismo, independientemente de la posición o puntos de vista que refleje. Es parte de nuestra labor observar todos los debates y lo que se defiende por las diferentes partes que intervengan en los mismos.

El neofascismo actual se retroalimenta del fenómeno fundamentalista, que suele darse en sistemas rígidos de creencias religiosas que se sustentan, a su vez, en textos revelados, definiciones dogmáticas y magisterios infalibles. Sin que el fundamentalismo sea inherente a las religiones monoteístas, hay que reconocer que se produce muy especialmente en ellas debido a la creencia en un solo y único Dios verdadero, considerado universal, que revela su voluntad a un profeta, quien la escribe en un libro sagrado, considerado “Palabra de Dios”. Al tener como autor a Dios, las personas fundamentalistas de estas religiones consideran que el libro sagrado dice verdad en todos los campos: científico, filosófico, histórico, geográfico y es, por tanto, inerrante, y quien no lo cree así es considerado hereje.  

El término “fundamentalista” tiende a aplicarse a creyentes de las distintas religiones, sobre todo a los judíos ultraortodoxos, a los musulmanes integristas y a los cristianos tradicionalistas. Pero también debe extenderse a las personas creyentes de otras tradiciones religiosas como el budismo, el hinduismo y en no pocos de los llamados “nuevos movimientos religiosos”.

Todos los fundamentalismos religiosos poseen características comunes: ausencia de hermenéutica y lectura literal de los textos sagrados: imagen patriarcal de Dios en las religiones monoteístas; afirmación de la inferioridad de las mujeres y, a veces, justificación de la violencia contra ellas en base a los textos sagrados; consideración de la masculinidad como referente de lo humano y de los valores morales; justificación de la violencia contra las personas no creyentes, las creyentes de otras religiones y las disidentes de la misma religión, una violencia que dice ejercerse en nombre de Dios; condena de la modernidad y del pluralismo inherente a ella; absolutización de la tradición, considerada norma de vida;  imposición del  pensamiento único; absolutización de las autoridades religiosas que actúan como representantes únicas de la divinidad y se convierten en “masculinidades sagradas”; interpretación religiosa de la realidad, generalmente pesimista y catastrofistas.

Actualmente el fundamentalismo trasciende la esfera religiosa y se aplica a otros campos. Se habla de fundamentalismo político, que se convierte en religión del Imperio; el económico, que se convierte en religión monoteísta del Mercado, cuyo único Dios es el Capital; el patriarcal, cuyo modelo ético es el varón; el étnico y cultural, que reconoce la superioridad de una etnia y de una cultura sobre las demás; el científico, que considera la ciencia como la única disciplina que tiene todo el mapa de la verdad; el democrático, que solo reconoce un único modelo de democracia, el liberal; el antropocéntrico, que sitúa al ser humano en el centro del universo. 

Todos los fundamentalismos tienen rasgos comunes que los hacen enseguida reconocibles. He aquí algunos: absolutización de lo relativo, que desemboca en idolatría; universalización de lo local, que desemboca en imperialismo; generalización de lo particular, que desemboca en pseudociencia; elevación de lo opinable a verdad absoluta, que desemboca en dogmatismo; simplificación de lo complejo, cuyo género literario es el catecismo; eternización de la temporal, que desemboca en teología perenne; reducción de lo múltiple a lo uno, que desemboca en verdad única; sacralización de lo profano, que desemboca en confesionalización.

Estos partidos neofascistas conforman un entramado perfectamente estructurado y coordinado a nivel global y muchos de ellos están en conexión orgánica con grupos cristianos fundamentalistas que cuentan con el apoyo de algunas de sus jerarquías

Asimismo, todos los fundamentalismos desembocan en violencia o, al menos, la legitiman. El fundamentalismo religioso recurre a la violencia ejercida en nombre de Dios y provoca guerras de religiones. El fundamentalismo político del Imperio lleva a cabo intervenciones militares contra los pueblos y los Estados que se niegan a someterse a sus órdenes y de cuyas riquezas se apropian. El fundamentalismo económico ejerce la violencia estructural, que genera millones de muertes de seres humanos y destrucción de la naturaleza. El fundamentalismo cultural absolutiza la cultura hegemónica, hasta desembocar en culturicidio e injusticia cognitiva. El fundamentalismo patriarcal recurre a la violencia de género como instrumento estructural y sistemático y como manifestación extrema del odio a las mujeres. El fundamentalismo científico niega los conocimientos y saberes que no se atienen a la metodología de las ciencias llamadas “naturales”, ni al canon de la epistemología occidental, y desemboca en epistemicidio. El fundamentalismo democrático absolutiza un determinado modelo de democracia, el que se reviste de certezas como el mercado, la globalización neoliberal y la competencia. El fundamentalismo antropocéntrico coloca en el centro del cosmos al ser humano, que se considera dueño y señor de la naturaleza, a la que niega sus derechos y su dignidad, depreda en su propio beneficio y le provoca sufrimientos. La relación con ella es de sujeto  —el ser humano — a objeto  —la naturaleza —, contra la que se ejerce violencia.   

Lo más preocupante del fenómeno fundamentalista es que se encuentra instalado en la cúpula de las distintas instituciones: políticas, económicas, culturales, religiosas, empresariales, educativas, militares, internacionales, etc. 

Hoy estamos asistiendo a un avance de las organizaciones y los partidos políticos neofascistas, aliados con los fundamentalismos, que defienden los postulados ultraneoliberales, buscan destruir la democracia desde dentro, niegan el cambio climático, condenan la teoría de género, a la que llaman despectivamente “ideología de género”, atacan a los movimientos feministas calificando a sus militantes de feminazis, y al LGTBIQ, rechazan a las personas y a los colectivos inmigrantes, se oponen a la educación afectivo-sexual en las escuelas y fomentan los discursos de odio que desembocan con frecuencia en prácticas violentas. No pocos de estos partidos y organizaciones cuentan con una importante representación parlamentaria y gobiernan en varios países a nivel municipal, regional y nacional.

Su avance se ha dejado sentir de manera muy significativa en las recientes elecciones europeas, en las que los partidos de Marine Le Pen en Francia y de Giorgia Melloni en Italia han sido los más votados y el partido nazi Alternativa para Alemania ha sido la segunda fuerza por delante del SPD. En España Vox ha aumentado su representación en Europa y ha nacido un nuevo partido de extrema derecha, Se Acabó la fiesta, que ha conseguido tres eurodiputados, los mismos que Sumar. 

Estos partidos neofascistas conforman un entramado perfectamente estructurado y coordinado a nivel global y muchos de ellos están en conexión orgánica con grupos cristianos fundamentalistas que cuentan con el apoyo de algunas de sus jerarquías, hasta conformar lo que Nazaret Castro llama “La internacional neofascista” y yo califico de “Cristoneofascismo” y “La Internacional del odio”. 

Resulta paradójico que estos días de celebración del 80º aniversario del desembarco de Normandía, que supuso el inicio de la liberación del fascismo, nos enfrentamos hoy al neofascismo, como acaba de recordar Timothy Garton Ash.

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Juan José Tamayo es emérito de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, teólogo de la liberación y autor de La Internacional del odio. ¿Cómo se construye? ¿Cómo se deconstruye? (Icaria, 2023, 3ª ed,). 

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