Necesitamos un Estado laico

El actual gobierno descarta incluir en su programa medidas sociales que supongan un enfrentamiento con la Iglesia, incumpliendo la promesa de reforma de la ley del aborto y la regulación de la eutanasia, dos puntos del programa por el que fue elegido en 2004. Tampoco habrá nuevo acuerdo Iglesia-Estado, claro.

En un reciente mitin agradecían a Z que no nos haya fallado. Al parecer, simple publicidad. Sí nos ha fallado.

Tenemos larga tradición religiosa, cierto. La iglesia confeccionó durante siglos la opinión de millones de personas como si de un traje se tratara. Nadie cuestionaba los dogmas establecidos, hasta que ciertos intrépidos ilustrados comenzaron a razonar sobre las bases incuestionables de la existencia divina, humana y, por ende, sobre la forma de vida hasta aquel momento. La vida era así (como el fútbol hoy día). El rey lo era por prescripción divina y los destinos de sus súbditos se supeditaban a su voluntad, que ipso facto se convertía en ley; a la nobleza, muy poco noble; y a la Iglesia, muy creyente pero muy poco practicante.

En la puteada llanura, pocos sabían leer, y el que sabía los tenía que tener muy bien puestos para cuestionar las verdades absolutas sobre las que se basaba un sistema tan cómodo para algunos y tan jodido para otros. ¡Pobre del que se atreviera! Nadie podía poner pegas a lo predicado desde el púlpito, lo cual cubría las necesidades básicas de cada estamento. Mientras a unos se les aseguraba que Dios los bendecía con su alegre vida, a otros se les prometían paraísos con justicia y libertad, donde difícilmente entrarían ricos hasta que un camello cupiera por el ojo de una aguja. Eso sí, igual que hoy, el premio implicaba algún inconveniente anterior. Hoy tienes que llamar a algún número de tarifa añadida, comprar algo o aguantar algún tostón infumable, y entonces dicho premio, ¡lástima no poder disfrutarlo antes!, se recibía una vez muerto. Ahora bien, si alguno se salía del tiesto no esperaban, ¡que contrariedad!, a que muriera. Se le condenaba en el mejor de los casos a muerte, sin más dilación. Un sistema perfecto (para algunos).

Gracias a aquellos pioneros de la democracia que osaron dudar, hoy no esperamos paraísos. Guiamos nuestro futuro y elegimos a nuestros gobernantes democráticamente, sabiendo que si nos equivocamos pagaremos las consecuencias. Eso sí, en cuatro años podemos rectificar nuestro error y nadie recibirá por ello la bendición ni el castigo divino. La verdad os hará libres.

Sin las ataduras del pensamiento religioso, aprendimos la diferencia entre pecado y delito y, aunque todavía haya organizaciones que intenten ilegalizar el pecado, es la ley humana democráticamente establecida la que guía nuestra convivencia. Si san Pablo escribiera hoy 1 Timoteo 2:12 ("no permito a la mujer enseñar, ni tomar autoridad sobre el hombre, sino estar en silencio"), tendría problemas con nuestra Constitución y, sin embargo, constitucionalmente respetamos y debemos respetar a sus seguidores. Se trata de creencias y no deben traspasar el umbral de lo personal. Las leyes son para todos, las creencias no. El hecho legal de poder abortar o morir dignamente no hace esas prácticas obligatorias, pero reporta beneficios físicos, psicológicos y sociales a las personas que necesitan hacerlo, y el Estado debe garantizar que así sea. Es potestad de la Iglesia expulsar de su seno al pecador, y la de Dios juzgarle cuando muera. Pero legislar es potestad humana y se debe llevar a cabo independientemente de la opinión de organizaciones religiosas. De las cosas del César, que se ocupe el César.

Luis Miguel Berrondo Toro, miembro de la coordinadora de Baleares de Unión Progreso y Democracia (UPYD), Costitx, 3 Diciembre 2007.

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