Necesidad ritual y oficialidad del rito

Es evidente que el ser humano es un ser ritual. A lo largo de las edades ha sabido expresar adecuadamente no sólo los distintos momentos de cambio en la vida (ritos de paso) sino también todos aquellos eventos de importancia social o comunitaria. Con el tiempo, las distintas confesiones religiosas que han ido naciendo en las diferentes culturas se han adueñado de esos ritos y les han conferido el rango de sagrado en base a sus propias creencias y en virtud de sus sacramentos y liturgias.

Antes de la llegada de las distintas confesiones religiosas los ritos contenían ya una alta carga simbólica, eran la expresión de la magia natural, de la observación de la naturaleza de la vida y de sus circunstancias como algo desconocido que se pretendía entender y situar. El símbolo era el lenguaje básico de comunicación ritual, buscaba expresar una intención y ratificarla ante la comunidad.

Las distintas confesiones religiosas se apoderaron de los antiguos ritos y símbolos y los sustituyeron por otros más acordes a los intereses de sus dogmas y creencias. Pero es indudable que seguían posibilitando la necesidad natural del rito, canalizada a través de una atractiva escenificación y pretendiendo dotar, al hecho sagrado, de valor institucional. Esto provocó un cambio en nuestra percepción que ha arraigado profundamente en nuestra mente a lo largo del tiempo haciéndonos creer que sólo lo religioso puede ser sagrado, y sólo lo sagrado puede ser oficioso. Ahora somos testigos del nacimiento de un nuevo paradigma que necesita nuevas fórmulas de expresión en todos los ámbitos de la existencia, entre ellos el social, entre ellos el ritual.

El estamento civil ha de ser el garante de los derechos y deberes con respecto a nuestras decisiones sociales y de paso (nacimiento, matrimonio, fallecimiento, etc…) como ya viene haciendo, pero es un error creer que la manera en que está decidiendo expresar simbólicamente estos momentos sea la única válida. No debemos confundir entre la oficialización y el rito; el primero no es más que el registro del acto social y su confirmación legal; el segundo es la natural necesidad de expresión del significado del acto.

Hoy por hoy nacen iniciativas en juzgados y ayuntamientos que buscan reflejar de manera no religiosa esa necesidad social de la que hablamos y de la que es plenamente consciente. Pero no son más que alternativas al acto frío y seco del registro civil, de la oficialización institucional. Que la institución civil pretenda apropiarse de la expresión laicista de un acto social no haría más que imitar a la apropiación realizada en su momento por la institución religiosa. Es poco probable que esto ocurra, lo que realmente se denuncia aquí es la posible dinámica que genere la creencia que el rito del ayuntamiento o del juzgado es el único válido. Lo válido es su oficialidad no su expresión. Pensamiento este que invita a no confundir la oficialidad del acto, con la oficialidad del rito y su posible exclusiva.

La necesidad ritual es innata al ser humano y debe ser este, en su libertad de consciencia, quien decida como expresar los distintos momentos de su vida, como establecer el rito o protocolo y que símbolos utilizar para una mejor y adecuada expresión de su necesidad. Ceder esta libertad a una nueva institución podría reverberar en nosotros antiguos ecos bajo el yugo de la cruz. Es La decisión del hombre la que confiere sacralidad a sus actos y esta concesión no depende de la justificación divina de un acto religioso sino que es inherente a las decisiones y gestos del hombre y de la mujer que se realizan en libertad y acorde a su esencia natural.

Print Friendly, PDF & Email

También te podría gustar...