Navidades sin Navidad

COMENTARIO: Bueno, parece que hasta ellos son capaces de ver los signos de secularización en estas fiestas, que ellos quieren apropiarse.

Este año el tradicional debate sobre el sentido religioso de la Navidad ha sido más suave y menos visible porque los laicistas han hecho sus deberes con mayor inteligencia y tacto que antes. Probablemente han avanzado más en su afán de convertir la conmemoración del nacimiento de Jesuscristo en una fiesta abstracta o vagamente panteísta, pero lo han hecho sin alharaca y sobre todo sin grandes estupideces, sin las patochadas antológicas de papanatismo que venían siendo comunes en los últimos tiempos. No ha habido actitudes beligerantes, ni intonsas proclamas multiculturalistas tipo “solsticio de invierno”, ni sustituciones revanchistas de símbolos navideños. De un modo menos alborotado, menos escandaloso, menos dramático, la transformación de la Navidad ha prosperado de manera perceptible.  

 Muchas instituciones han suprimido los belenes. El alumbrado urbano se ha desleído de su simbología tradicional (en su origen las luces son el recuerdo metafórico de las estrellas que vieron en el cielo los pastores de Belén) para aproximarse a la decoración luminosa de cualquier feria. Numerosos colegios van mutando las funciones infantiles en dramatizaciones genéricas desprovistas de significados concretos, justificadas para propiciar la integración en ellas del alumnado inmigrante. (Esto es un asunto a considerar: cada vez hay más escuelas que prescinden del cerdo en sus menús pero no ofrecen opción a observar la vigilia de los viernes pascuales). Los escaparates de los comercios se vuelven abstractos y los christmas tienden a felicitar las genéricas fiestas y el año nuevo. No es un fenómeno exclusivamente español, ni zapaterista; está ocurriendo y es visible en las grandes ciudades de todo el mundo. El laicismo está ganando la batalla de la Navidad.

  No seré yo el que se rasgue las vestiduras con gesto jeremíaco de perdición moral; albergo demasiadas dudas de fe para imponer lo que no me aclaro a mí mismo, y desde luego prefiero la integración a la exclusión y me complace que  cualquier ser humano pueda vivir un periodo de buenas intenciones espirituales más allá de su credo o de la ausencia de él. Pero me entristece el proceso de abstracción navideña porque me parece un empobrecimiento de su sentido cultural, histórico  y sentimental, y porque no veo la necesidad de que, al margen de la creencia que cada cual profese o deje de profesar, haya que borrar las huellas de una religión cuyo impacto espiritual sobre el mundo es tan relevante y excede con tantísima amplitud la esfera de lo privado. 
 Si se prescinde de la raíz religiosa de la navidad, lo que pierde sentido es la Navidad misma, que es la celebración, la efeméride, el recordatorio –en fecha arbitraria y con fuerte contenido simbólico—del nacimiento de Jesús, cuya gigantesca huella espiritual en la Historia es incontestable.  La enorme influencia del catolicismo la extendió como fiesta casi universal  y la incorporó como costumbre cultural y social en las civilizaciones occidentales. Se puede no celebrar, darle la espalda, claro, pero carece de coherencia celebrar algo en lo que no se cree o desnaturalizarlo a conveniencia para no renunciar a sus beneficios prácticos (vacaciones,  festejos, etcétera). 
 La Navidad ha generado muchas de las mejores páginas de la música, el arte, la literatura, la iconografía, que ahora resultan preteridas para no reparar en su profunda simbología religiosa, lo que supone una amputación cultural de primer orden, un desperdicio lamentable. Aborrecer la tradición equivale a renunciar a un milenario patrimonio inmaterial de enorme fertilidad y diluirlo en naderías irrelevantes por un exceso de mala conciencia que desemboca en burda autocensura. Aparte de que poco o nada ofenden los símbolos navideños a otros creyentes que en todo caso conocen perfectamente las costumbres de las sociedades de acogida, resulta paradójico que la sensibilidad posmoderna destine enormes recursos a la preservación de particularidades culturales –lenguas, hábitos, usos sociales, fiestas—y sea cicatera con una costumbre secular que cohesiona valores y proporciona una identidad moral imposible de restringir sólo al ámbito estricto de la fe religiosa. 

 Por supuesto que la Navidad se ha contaminado con adherencias ingratas: el despilfarro, el consumismo exagerado, la cursilería y el empalago sentimentaloide. Aun así, es una fiesta generosa, íntima, hogareña y solidaria, que saca lo mejor de nosotros mismos y nos empuja a parecernos a lo que nos gustaría ser. Por eso es positivo compartirla de un modo abierto e incluyente, pero no a base de insustancializarla cercenando sus raíces con una susceptibilidad sin sentido.

 Post scriptum/ En la abolición de símbolos y tradiciones navideñas, los laicistas han tropezado con un hueso duro de roer: los Reyes Magos. La promoción de Papa Noel, el olentzero y demás mitos de Nochebuena no basta para frenar la ansiedad mágica de los niños en la noche del 6 de enero sin incurrir en delito de lesa infancia. Y a ver cómo se separa el mito de los Reyes de la historia de Belén y el Niño al que fueron a llevar regalos de pleitesía.

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