¿Navidad o fiestas de invierno?

La religión es, para los creyentes, algo bastante más serio que lo que se vive estos días

Como suele ocurrir cada año por estas fechas, algunos vuelven a plantear si estas fiestas son o no religiosas. He participado en un par de debates televisados que han puesto la cuestión sobre la mesa. La conductora de uno de los programas preguntó con intencionalidad si hay que continuar llamándolas fiestas de Navidad o si sería mejor denominarlas fiestas de invierno a la vista de cómo están las cosas.
Porque no es ajeno el contexto del debate sobre la aconfesionalidad pública fijada por nuestra Constitución y la defensa de la laicidad como factor de equilibrio democrático cuando conviven diferentes creencias. Todo eso no puede disociarse de la discusión que tenemos actualmente en España sobre dos cuestiones de nuestra escuela pública: el uso de símbolos personales católicos o islámicos, y la exposición presidencial del crucifijo en las aulas.

Subrayo la intencionalidad de la pregunta televisiva, muy eficaz de cara a provocar un diálogo con la máxima libertad. Porque me parecen dos cosas diferentes el cómo las llamemos y lo que son realmente estas fiestas. En la cuestión concreta de la denominación, lo que pasa en la práctica para mí es lo ideal: cada cual las llama como quiere. Perfecto. Es una libertad que tiene todo el sentido del mundo, porque aquí la gente no se dejará enredar si algún jerifalte, dentro de la moda reglamentista que nos invade, intenta imponer formalmente una norma estricta sobre esto.
En cualquier caso, acogiéndome a esa libertad que pregono, diré que, aunque crea que estas fiestas tienen cada vez menos sentido religioso, yo las llamo Navidades, en una alusión únicamente semántica al nacimiento de Cristo. Pero, en mi caso, y creo que en el de la mayoría absoluta de mis conciudadanos, sin ninguna connotación religiosa respecto al contenido porque son unas fiestas civiles. Yo sigo a efectos de la denominación la tradición popular cultural en que me formé, pero encuentro completamente razonable que quien quiera las llame fiestas de invierno (que lo son), de fin de año (que lo son), de reencuentro familiar (que lo son) o de intercambio de regalos (que lo son).
Lo importante es que son unas vacaciones y que se producen en este momento del calendario. Para mí, del calendario civil. Lo demás es bastante secundario a los ojos de la inmensa mayoría de la gente que veo circulando por la calle.

Es una cuestión parecida a la vieja paga extraordinaria del 18 de julio, que ahora se asocia a las vacaciones de verano. Aquella denominación cada cual podía enjuiciarla a su aire (a unos les parecía correcta, a otros paternalista, unos terceros la encontraban inadecuada porque distorsionaba el concepto de salario anual de los trabajadores…). Volviendo a la comparación, lo único trascendente es que fuera paga, que no se trataba de ningún regalo, sino de una retribución por faena hecha, y que llegase en un momento en que venía bien a los bolsillos. Ojo: nadie tenía derecho a decir que cobrarla era un acto de fe en el franquismo.

Si dejamos de lado la cuestión del nombre y entramos en lo que son estas fiestas, en su naturaleza, encuentro abusiva la apropiación simplista de quienes les dan, colectivamente hablando, únicamente un sentido religioso. Para el conjunto de la gente, estas fiestas son una expresión cultural-social de un descanso en el sentido más amplio de la palabra. Y, si pormenorizo sobre su esencia, diré que las fiestas son sentimentales, son comerciales, son estacionales, son folclóricas y, en esa línea, para quienes lo desean de una forma explícita, también son religiosas.
En relación con la apropiación que antes mencionaba, para la mayoría de los ciudadanos la religiosidad de las Navidades es puramente anecdótica, salvo que se retuerzan tanto las cosas como para sostener que los villancicos son unas oraciones; los excesos en la mesa, unas ofrendas, y las visitas masivas a los comercios, unas peregrinaciones.

El hecho de que esa religiosidad de las fiestas para la mayoría sea anecdótica no me parece ni bueno ni malo, y se corresponde con el bajo nivel practicante de los bautizados españoles y con la distancia creciente que se abre entre la jerarquía de la Iglesia católica española y el conjunto de los ciudadanos, incluyendo entre ellos a muchos practicantes.
Me sabría mal que se entendiera esta reflexión como un ataque antirreligioso, ya que, en definitiva, lo que sostengo casi va en un sentido contrario. Pienso que la religión, para quienes realmente creen, es algo bastante más serio que lo que se vive estos días alrededor de las mesas y los grandes almacenes. Pero pienso, asimismo, que, a la vista de cómo ha ido la historia de la humanidad, lo mejor es que la religión sea siempre una cuestión personal, y que la vida pública y las fiestas se desenvuelvan dentro del estricto imperio de una laicidad respetuosa con todas las creencias.

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