Navidad confesional

Cuando llega la Navidad, todos los ciudadanos y ciudadanas de este país -y de muchos otros- nos vemos inevitablemente inmersos en una marea de luces, tradiciones, villancicos y efemérides religiosas ligadas al nacimiento de Jesús. En ese “todos” se incluyen personas con otras creencias religiosas y también muchas otras que viven felices o desgraciadas al margen de cualquier fe.

Sin embargo, no puede afirmarse con rotundidad que la Navidad sea una fiesta exclusivamente cristiana. Hago esta salvedad en desagravio y compensación a esa ciudadanía que “obligadamente” padece el recordatorio festivo del nacimiento del redentor de algunos, y digo bien sólo de “algunos”, porque aunque son muchos quienes creen en Él, no debe olvidarse que no son todos. Si bien es cierto que la mayoría de los españoles y españolas son cristianos (principalmente católicos), no lo es menos que también existen, cada vez en mayor cantidad, musulmanes, budistas, judíos, etc, además de agnósticos y ateos.

En atención al espíritu verdaderamente democrático (“el respeto a las minorías”, según indicara Jose Luis Aranguren) y a la aconfesionalidad (según la Constitución) que debiera impregnar nuestra convivencia, parece lógico que todos los españoles y españolas tuvieran derecho a festejar sus creencias, en igualdad de condiciones que los católicos. En Igualdad de condiciones significa empleando, como ellos, presupuesto público y presencia mediática. Puesto que es improbable que eso suceda, lo cual, por otro lado, nos llevaría a una sucesión de festividades religiosas insoportable para el calendario laboral y el bolsillo del contribuyente, la Navidad cristiana continúa siendo la fiesta de las fiestas de invierno, por mucho que estas imposiciones confesionales incomoden a quienes a falta de un Estado laico nos conformaríamos con un Estado auténticamente aconfesional.

Retomando el asunto del desagravio a agnósticos, ateos y practicantes de otras religiones (otrora «infieles»), me gustaría indicar que todo el periodo navideño, desde el 25 de Diciembre hasta el 6 de Enero, es una mezcolanza de tradiciones relacionadas con el solsticio invernal que La Iglesia ha cristianizado.

La fiesta cristiana de la Navidad, que tiene sus raíces en Roma, conmemora el nacimiento de Jesús en Belén de Judá un 25 de diciembre. Sin embargo, no existe en los Evangelios rastro de tal fecha. Muy al contrario, el evangelio de Lucas ofrece indicios de que el nacimiento de Jesús se produjo en un periodo de tiempo diferente, que podría haber coincidido con el otoño o la primavera, estaciones en las que el pastoreo se practicaba (y practica) en Palestina (“Había en aquella región algunos pastores que velaban de noche el vigilando el rebaño” Lucas 2,8 ). De hecho, hasta el siglo IV, las fechas habituales de la Navidad eran el 28 de marzo, el 18 de abril o el 29 de mayo.

En un cronógrafo (una especie de almanaque) del año 354 después de Cristo, compuesto por Furio Dionisio Filocalo, se menciona un fragmento de calendario litúrgico cristiano que se remonta al año 326. En este fragmento, junto a la fecha VIII Calendas Januaris (25 de Diciembre) se lee la anotación “natus es Christus in Beetleem de Judaeae”. Igualmente, en dicho cronógrafo se cita también un calendario civil, llamado filocaliano, que el 25 de Diciembre anota:N. Invicti, es decir , Natalicio Invicto, o Sol invicto. El Solo Invictus es una divinidad de Emesa importada por el emperador Aureliano (entre 270 y 275).

Ahora bien, el culto al Sol ya había penetrado en Roma hacía tiempo gracias a la identificación entre Apolo y Helios, y también a la paulatina expansión de la religión mitraica en el ejército. El sol, no era adorado en su vertiente natural – como astro -, sino como símbolo, como hipóstasis y epifanía, del Dios creador y gobernador del Universo.

El mito de Mitra narra qué éste nació de la oquedad en una roca (¿una cueva?), junto a un árbol sagrado y a las orillas de un río. Mitra llevaba sobre su cabeza un gorro frigio. En una mano sostenía el cuchillo de los sacrificios y en la otra una antorcha que iluminaba el cosmos. El mito narra también que fue adorado por pastores (!) que asistieron a su nacimiento y que le ofrecieron primicias de sus cosechas y rebaños.

El emperador Aureliano fijó el 25 de Diciembre como día del Natalicio Invicto, algunos días después del solsticio, justo cuando el nuevo Sol se encontraba visible y brillando resplandeciente en el cielo. Esta festividad, se honraba con ceremonias y juegos que eran muy celebrados por la población de Roma, incluidos los cristianos, que al igual que sus conciudadanos, se sentían seducidos por aquellas fiestas espectaculares.

A la iglesia romana le preocupaba la difusión de los cultos solares y, sobre todo, del mitraísmo, ya que esta religión ofrecía a sus fieles una moral y una espiritualidad similar a la del Cristianismo. La iglesia romana veía en el mitraísmo, no sólo un serio competidor, sino un peligroso freno a la expansión del Evangelio, por eso, decidió hacer coincidir el nacimiento de Jesús con el día del nacimiento del Sol, identificando de ese modo, a Jesús con el Astro Rey

Esta yuxtaposición de fechas y de cultos no era caprichosa, sino fruto de una acertada decisión por parte de la Iglesia para minimizar el “hechizo” de la religión solar sobre los fieles romanos. A tal objeto, la Iglesia contaba con dos importantes apoyaturas. La primera de ellas era que los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado a Jesús como luz y fuego. También el evangelio de Juan, retoma la metáfora de Jesús como luz ( Venía al mundo la luz verdadera, aquella que ilumina a todo hombre”. 1,9). El segundo apoyo o sostén para la Iglesia en su esfuerzo por sobreponer el nacimiento de Jesús al del Sol era la propia mentalidad mítico-simbólica de la época, cuya lógica discursiva respondía sin resistencias a este tipo de ecuaciones mentales. Para los cristianos (y no cristianos) de entonces era perfectamente legítima la elección de una fecha conforme a una astro-lógica, siendo, la constatación de datos históricos un criterio menor y sin importancia para fundamentar una fecha en el calendario.

¿Pero, qué puede aportar esta historia a no creyentes y creyentes en otras religiones?. Nada en principio, si previamente no se realiza un esfuerzo por conocer la naturaleza de la psique humana y (re)descubrir en ella, al margen de las diferencias religiosas y culturales, la esencial igualdad entre las personas. Todos participamos de una psique colectiva, productora de arquetipos o imágenes primordiales universales, que posteriormente, cada cultura ha transformado en sus propios y particulares mitos.

El niño Jesús o niño Dios de los cristianos mantiene estrechas analogías con niños divinos de otras religiones y culturas, como ya indicasen Karl Kerényi y C.G. Jung en su obra conjunta “Introducción a la Esencia de la Mitología”. El motivo de la divinidad infantil es frecuente no sólo en el mundo greco-romano. También existen paralelismos húngaros, indios, finlandeses y de otros orígenes, lo que conduce a la idea razonable, de que el arquetipo del “dios-niño” se encuentra muy extendido. En efecto, Según Jung, La mayoría de los salvadores míticos son con frecuencia dioses-niños. Esto es así porqueel arquetipo del niño expresa el futuro y la transformación. (y por supuesto, la esperanza).

No debe olvidarse que la Natividad de Jesús tiene una connotación claramente solsticial, pues tiene lugar el 25 de Diciembre, algunos días después del solsticio, justo cuando el nuevo Sol se encuentra visible y brillando resplandeciente en el cielo. Aunque en un principio pudiese parecer que el solsticio de verano está relacionado con la luz y el de invierno con la oscuridad, sus respectivos significados son, sin embargo, los opuestos. Esta aparente contradicción se explica por el hecho de que todo lo que alcanza su máximo no puede más que decrecer y, a su vez, lo que ha menguado hasta su mínimo no puede sino comenzar a crecer a continuación: el solsticio de verano señala el comienzo de la mitad descendente del año y el solsticio de invierno, inversamente, el de su mitad ascendente. Efectivamente, a partir del solsticio de invierno las noches comienzan a acortarse y los días a largarse, y toda la naturaleza se prepara para la eclosión de vida característica de la primavera.

 Esta pequeña reflexión no tiene otro objeto que rescatar el significado “natural” de la Navidad, significado universalizable si se la considera una fiesta solsticial, en lugar de una fiesta exclusivamente cristiana.

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