Muy majo el muchacho

Pues España está muy caliente, literal y figurativamente. Y lo único que no necesita es un integrista católico mexicano que vaya a amenazar con arrojar 200 litros de ácido clorhídrico, 50 botellas de bromuro de bencilo y esparcir “gas cloro” entre lo que él llamaba “esas porquerías desechos de vida”, que serían los manifestantes opuestos a la visita papal. El muchacho, que habrá nacido en 1987, pues tiene 24 años, es producto de lo que podría denominarse en México, la “generación Juan Pablo II”, compuesta por muchos que nacieron y crecieron en medio del pontificado de Karol Wojtyla, marcado por el anticomunismo y el antiliberalismo propio de la intransigencia integralista católica y moldeado en los ambientes ultracatólicos y yunquistas de Puebla. Estudiante de química, al parecer estaba poniendo mucho interés en la fabricación de ácido sulfúrico y algunas otras sustancias corrosivas o explosivas.

José Pérez Bautista, un muchacho “muy majo”, según el conserje del edificio en el que habitaba, no fue arrestado por accidente o por error. Como señaló El País: “Fuentes policiales destacaron que el arrestado tenía información sobre procesos químicos que no tenían nada que ver con sus investigaciones y que podrían haber creado situaciones de pánico entre los asistentes a los actos públicos.” Y por lo visto lo estaban investigando por lo menos unos cuantos días atrás: “Fuentes de la Comisaría General de Información destacaron que en los últimos días este hombre había participado en foros de corte ultraconservador y de seguidores acérrimos del cristianismo. En sus participaciones no evitaba calificativos muy despectivos contra las personas que se oponen a la visita del Papa. Afirmaba que había que acabar con ellos lo antes posible y que para ello bastaba con fabricar gas sarín —un gas letal que se utilizó en el atentado en el metro de Tokio— con el que se mataría a 200 o 400 personas de una sola vez.” Y claro, con los antecedentes del caso de Noruega, donde también el autor de la masacre anunció por internet lo que iba a hacer, la policía española no quiso correr ningún riesgo. Según las primeras noticias sobre el allanamiento en su departamento y en el laboratorio del Instituto de Química, donde el estudiante habría tenido acceso a las sustancias mencionadas, se le habrían encontrado “una memoria portátil, dos cuadernos con anotaciones de procesos químicos que nada tenían que ver con sus estudios en el CSIC y un ordenador portátil con el que supuestamente tenía previsto reclutar adeptos”.

En suma, una joya, el muchacho. Nada más que su odio está suficientemente dirigido como para preocupar a cualquiera. Por ejemplo cuando afirmaba: “Las molotov ya están listas. ¿Quién será el valiente que arrojará una sobre la espalda de un maricón de mierda antipapa?”, o cuando arengaba por internet: “A matar maricones en nombre de Dios”. Evidentemente, al muchacho las campañas contra la homofobia no le han impactado, ni al parecer la educación laica hizo mella en su conciencia. Para él, los laicistas son simplemente una bola de maricones a los que hay que matar. Él dice que todo era una broma. Pero francamente, incluso suponiendo que así sea, además de ser de mal gusto, refleja una mentalidad intolerante, homofóbica y ciertamente muy violenta.

No faltará quien quiera asimilar este radicalismo al de los manifestantes antipapales. Los políticos de derecha en España no sólo calificaron las marchas de los laicos como una provocación, sino que mostraron empatía con el comportamiento homofóbico. Ana Botella, concejal del gobierno madrileño, preguntó: “¿Qué hubiese pasado si la delegación del gobierno hubiese autorizado una manifestación antigay?”. Detrás de este comentario se vislumbra el mismo prejuicio antilaico y antigay de nuestro joven compatriota. La lógica debe ser exactamente la contraria: todas las manifestaciones, siempre y cuando no atenten contra los derechos de terceros o el orden público, deben permitirse. En cuanto a si el gobierno debe o no permitir una marcha antigay, eso depende de si en ese país la homofobia es considerada o no un delito. Pero hasta ahora, a pesar de que España no es formalmente laica, no es un delito ser laico y estar contra el uso del dinero público para promover una determinada religión.

Hay que recordar que la Constitución española otorga un lugar especial a la religión católica y el gobierno español funciona como administrador fiscal de la Iglesia, pues recoge 0.7 de los impuestos de quienes se declaran católicos, con lo cual le entrega cientos de millones de euros a dicha institución. Por si fuera poco, en cada visita del papa Benedicto XVI, quien ha escogido España como terreno principal para sus batallas europeas, el gobierno español ha terminado subsidiando esta cruzada. En un país que se debate en la crisis económica, donde cada vez menos españoles se declaran católicos (alrededor de 70 por ciento) y donde menos de 10 por ciento son practicantes regulares, la protesta de católicos progresistas, agnósticos y laicos parecía tener algún sentido. La represión aplicada a los manifestantes de las marchas laicas nos habla de un clima explosivo. España no necesita un católico integrista más. Nosotros tampoco.

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