Musulmanas, pero libres

Ellos preparan bombas para perpetrar matanzas de civiles en nombre de Alá. Ellas denuncian los malos tratos que esos hombres infligen a las mujeres en nombre del Corán. Ellos se esconden en sus ratoneras. Ellas dan la cara

Ellos preparan bombas para perpetrar matanzas de civiles en nombre de Alá. Ellas denuncian los malos tratos que esos hombres infligen a las mujeres en nombre del Corán. Ellos se esconden en sus ratoneras. Ellas dan la cara, publican libros y pronuncian conferencias, a pesar del peligro que corren. Ellos quieren matarlas, porque las temen. Ellas representan la vida. Ellos, la muerte.

Cada día se levantan nuevas voces musulmanas en contra del islamismo, esta nueva peste fascista que se extiende a lo largo y ancho del planeta. Esas voces tienen una característica común: son mujeres jóvenes, nacidas en la década de los sesenta.
Cuando, hace unos años, la polémica sobre el uso del velo en los colegios enfrentó a los franceses, apareció Fadela Amara. Nacida en Francia, de padres argelinos, Fadela entendió de inmediato que se trataba de una lucha esencial para la libertad de las musulmanas. El velo era el primer paso que daban los fundamentalistas para recuperar el control sobre sus mujeres, especialmente sobre sus hijas y hermanas. Ellas se sentían francesas y querían gozar de los mismos derechos que las mujeres francesas. Hasta entonces, el Estado había ignorado la tragedia que sufrían estas jóvenes, hijas de la inmigración, víctimas de un asedio imparable alentado por un puñado de imanes radicales. Fadela Amara fundó una asociación llamada “Ni putas, ni sumisas” y publicó un libro con este título provocador, en referencia a una frase común en las barriadas musulmanas, que refleja el desprecio hacia la mujer: “Todas putas menos mi madre”. Fadela descubrió a Francia el drama de los matrimonios forzados, los crímenes de honor y las violaciones tumultuarias.

Hizo ver que el hecho de que las niñas fueran al colegio con la cabeza tapada no era una tradición cultural, sino parte de la lucha integrista contra la libertad y los fundamentos de la república laica. Gracias a ella y a sus colaboradores, los imanes perdieron la batalla del velo, que fue prohibido en los centros de enseñanza. Pero la guerra no ha terminado.

En Holanda le ha tocado el mismo papel a la somalí Ayaan Hirsi Alí, convertida en la enemiga número uno de los islamistas que pululan en ese país. En unos pocos años, esta mujer, que había huido de su familia y de sus “usos y costumbres” (no pudo librarse, de niña, de la mutilación genital), se convirtió en diputada del Parlamento holandés y en el principal azote de los integristas. Con su amigo Theo Van Gogh realizó una película sobre los abusos que sufre la mujer en las sociedades islámicas. Un marroquí enloquecido por los predicadores asesinó al cineasta y prometió que Ayaan correría la misma suerte. Lejos de amilanarse, la diputada duplicó sus actividades públicas, siempre bajo una fuerte protección policial. Su libro “Yo acuso” fue un éxito rotundo y se tradujo a varios idiomas, entre ellos el español. Pero finalmente los islamistas han encontrado unos aliados insospechados: los vecinos de Ayaan Hirsi Alí, esos holandeses civilizados y tolerantes, la expulsaron del barrio con una orden judicial por temor a un atentado. La somalí continuará su vida en Estados Unidos, adonde acaba de mudarse.

A Fadela y a Ayaan se ha unido recientemente otra rebelde. Se trata de Irshad Manji, una canadiense nacida en Uganda de padres originarios de la India. En un libro sorprendente, “Musulmana pero libre”, Irshad Manji explica que los enemigos del Islam no se encuentran en Occidente, sino en el mundo musulmán, en sus imanes, sus mulás y sus ayatolás, que defienden una interpretación aberrante del Corán cuando alientan la violación “grosera” de los derechos de la mujer y de las minorías religiosas. La fuerza de los argumentos de Irshad está en su profundo conocimiento de los textos sagrados, y esto irrita tremendamente a los imanes, cuyo poder se apoya en la manipulación del mensaje religioso. La irritación se transformó en una fatwa (edicto religioso que llega a la pena de muerte) cuando la escritora colgó en su página web (www.muslim-refusenik.com) una traducción al árabe de su libro. Los insultos y las amenazas se multiplicaron e Irshad Manji ha tenido que instalar ventanas blindadas en su casa de Toronto y vive bajo protección de la policía.

Como la somalí Hirsi Alí, su alter ego canadiense ha sacado más fuerza de la adversidad. Ambas se han atrevido a firmar el “Manifiesto de los Doce” en defensa de los caricaturistas daneses que publicaron el año pasado unos dibujos del profeta Mahoma, y que han sido condenados a muerte por varios imanes. El manifiesto denuncia el “totalitarismo islamista” y lo compara con el nazismo y el estalinismo. Otros dos sentenciados por las fatwas integristas han suscrito el texto: el escritor indio Salman Rushdie y la autora bengalí Taslima Nasreen. Sin embargo, Irshad Manji fue aún más atrevida: publicó en su página web los doce dibujos daneses y, además, las dos caricaturas (estas sí insultantes, a diferencia de las otras) fabricadas por un imán radical en Dinamarca con el objetivo de espolear el escándalo y azuzar a las multitudes fanatizadas.

Mientras Irshad Manji llamaba a los musulmanes a “despertarse” y a deshacerse del “control ideológico” de los imanes, un grupo de islamistas preparaba en Toronto, en la misma ciudad donde vive la escritora, una serie de atentados terroristas sin precedente en Canadá. Hace diez días la policía detuvo a 17 individuos que habían acumulado tres toneladas de material para fabricar bombas. Habían diseñado un plan para volar varios edificios emblemáticos, incluyendo la sede de la CBC, la radiotelevisión nacional. Además, los terroristas, dirigidos por un paquistaní, habían pensado asaltar el Parlamento, en Ottawa, y tomar varios rehenes, entre ellos al primer ministro, Stephen Harper, y decapitarlos si no obtenían la retirada de las tropas extranjeras de Afganistán. Todos los detenidos vivían desde hacía muchos años en Canadá, donde hay una pequeña comunidad musulmana (750.000 personas) y algunos, incluso, habían nacido en ese país. También los autores de los atentados de Madrid y de Londres estaban supuestamente integrados en las sociedades que les habían acogido.

Esto confirma una vez más que ni el nivel social ni el entorno son factores determinantes en el surgimiento del terrorismo islamista. El fanatismo puede encontrar un terreno fértil tanto en Bagdad como en Madrid. Sólo se necesitan unos jefes religiosos decididos a aprovecharse de la debilidad psicológica de ciertos individuos. “Ninguna otra religión produce tantos terroristas ni tantas violaciones de los derechos humanos, y todo esto en nombre de Dios”, se lamenta Irshad Manji. En el contexto de la lucha entre los demócratas y los teócratas, los islamistas están dispuestos a usar cualquier medio para imponer su ideología retrógrada y acabar con la libertad, la laicidad y la igualdad entre el hombre y la mujer. A esto se debe, quizás, el que las musulmanas más valerosas estén en la otra trinchera. Ellas son las primeras víctimas de los integristas, que quieren perpetuar su dominación.

La paradoja es que Fadela Amara, Ayaan Hirsi Alí e Irshad Manji son más libres que quienes las quieren acallar. Ellas tienen claridad moral e ideas propias. Ellos, en cambio, son esclavos de su cobardía y de su miseria espiritual.

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