Mujeres se plantan contra la poligamia

En algunos países, como Marruecos, ya hay decisiones legales que promueven los derechos frente al peso de las costumbres

Fátima Fazuati llevaba 48 años de matrimonio cuando su marido le anunció que había decidido aumentar la familia con una segunda esposa. “Me dijo que yo era vieja y que quería volver a casarse”, recuerda. La historia sucede en Marruecos, un país en el que la ley y, sobre todo, la tradición, permiten, como en la mayoría de los países musulmanes, la práctica de la poligamia. Sin embargo, Fátima no estaba dispuesta a aceptar esa idea. La consecuencia fue un divorcio luego del cual su marido se vio obligado a indemnizarla con 11.200 dirham (1.300 dólares).

El suyo es uno de los testimonios que la red de asociaciones Anaruz reúne en un documental protagonizado por mujeres marroquíes que, enfrentadas a situaciones familiares complicadas, terminaron por hacer valer sus derechos frente al peso de las costumbres. Y es que la poligamia se cuenta entre esas tradiciones en las que las conquistas sociales empiezan a hacer mella. El retrato actual de este tipo de matrimonio dista mucho de las coloridas imágenes de los harenes que pintaban los exploradores del siglo XIX. En el siglo XXI, el asunto empieza a tener más que ver con los vericuetos legales y burocráticos, las reivindicaciones feministas y las demandas de divorcio.

“Si teméis no ser equitativos con los huérfanos, casaos con la mujer que os guste, dos, tres o cuatro”. Estas son palabras de los versículos coránicos en virtud de los cuales los hombres musulmanes pueden optar por uniones polígamas. A partir de ahí, cada gobierno decide y una amplia variedad de leyes definen un mapa que difiere mucho entre los distintos países. Mientras que en algunos, como Mauritania, Sudán o los países del Golfo este tipo de matrimonio sigue siendo amparado por la ley y adoptado por porcentajes importantes de la sociedad, otros han optado por modernizar sus códigos de familia, llegando incluso a abolir la poligamia (como en el caso de Túnez, donde no sólo fue prohibida sino que constituye de hecho un delito).

ALGUNAS RESTRICCIONES

Marruecos, que se enorgullece de ser pionero en la comunidad islámica en cuanto a derechos de la mujer, introdujo en 2004 la “Mudawana”, una ley de familia que, entre otros aspectos, trata de poner freno a esta práctica con condiciones lo suficientemente duras como para desanimar a los aspirantes a un segundo, tercer o cuarto matrimonio. El propio Corán advierte a los hombres de los problemas que pueden presentarse al optar por tomar varias esposas: “Si teméis no ser equitativos, entonces casaos con una sola o con vuestras esclavas. Así evitaréis mejor obrar mal”. Ese es el principio desde el que la “Mudawana” marroquí legisla la poligamia, señalando que el hombre que solicite a un tribunal permiso para un segundo matrimonio debe acreditar que tiene medios económicos para mantener ambos hogares, así como un “motivo objetivo y excepcional”, como que la primera mujer esté enferma o no pueda tener hijos.

Pero Fatiha Rumah, asesora en la Asociación Democrática de Mujeres Marroquíes, se queja de que los tribunales no suelen tomar en serio las restricciones que impone la “Mudawana” a la poligamia, sino que “lo miran todo de manera superficial sin una verdadera investigación”, y denuncia que “aún se concedan muchas autorizaciones sin justificarlas”.

Para el experto en derecho musulmán Abdelkarim El Jamlichi, “es una cuestión de mentalidad”. Según explica, como el texto sagrado no concreta este aspecto, “los jueces son quienes deciden, y la mayoría son permisivos porque consideran que forma parte de la ley divina y no se puede tocar”. Pero, se toque o no, los avances sociales se dejan sentir a través de cuestiones como el divorcio, del que pudo beneficiarse Fátima. Esta práctica, cada vez más aceptada desde la introducción de la “Mudawana”, se convirtió en un recurso habitual de las mujeres a las que su marido plantea la idea de casarse de nuevo. “Cuando pide la poligamia, el hombre acaba de todos modos con una sola mujer”, bromea Rumah.

CONSECUENCIAS DEL DIVORCIO

Sin embargo, el divorcio no siempre deja a las mujeres en la mejor posición, como revela otra de las historias recogidas en el documental de Anaruz. Es la de Fatna Benbelaid, quien, aunque permitió un segundo matrimonio de su marido, tras la experiencia no quiso acceder a un tercero. Cuando se negó y pidió el divorcio, el tribunal consideró que eran su ex marido y sus nuevas esposas quienes debían quedarse con la casa y todos los bienes, mientras que ella tuvo que conformarse con una compensación de 17.000 dirham (1.990 dólares).

En todo caso, los efectos de la nueva legislación ya se hacen notar en los registros oficiales: en 2007, de las 4.797 peticiones de autorización de poligamia presentadas ante los tribunales, sólo 1.427 fueron finalmente concedidas. En 2008, las autorizaciones ya habían descendido a 836. Para Rumah, “el mero hecho de saber que la ‘Mudawana’ existe y que el proceso no va a ser fácil ya desanima a los hombres a casarse con una segunda mujer”.

Un desánimo que también puede venir de otro de los escollos que la nueva ley prevé para los polígamos: la obligación de informar de su intención a su primera esposa. Y es que, una vez más, los cuadros de los harenes responden más a las fantasías de Occidente que a la realidad de los países musulmanes: según explica Rumah, en la mayor parte de los casos de poligamia, ambas mujeres y sus hijos no conviven, sino que forman dos hogares distintos, entre los que el marido reparte su tiempo. Así, antes, una mujer podía no enterarse siquiera de que su marido se había vuelto a casar, ya que el Islam no considera el matrimonio un sacramento, como sí lo hace el cristianismo, sino un mero contrato que sólo incumbe a los contrayentes. La “Mudawana” también permite a las mujeres establecer en el propio contrato de matrimonio la condición de que su marido no se vuelva a casar. Sin embargo, esta práctica no es corriente por una cuestión cultural.

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