Muere Gonzalo Puente Ojea inspirador de Europa Laica

Ha muerto Gonzalo Puente Ojea, fundador de Europa Laica, y una de las grandes figuras del pensamiento laicista español de fines del siglo XX. Falleció en la madrugada del martes pasado en su casa de Getxo (Vizcaya) a los 92 años de edad. Sus restos fueron incinerados en el cementerio de Derio y en fechas posteriores, aún sin determinar, las cenizas serán trasladadas a Madrid para ser enterradas en la tumba familiar en el cementerio de la Almudena, donde reposan las de su compañera Pilar.Europa Laica, la organización de la que era presidente de honor, le prepara una despedida civil, de acuerdo con sus creencias, y un homenaje póstumo, informa ElPais.com.

Nacido en Cienfuegos (Cuba) en 1924 —su padre era allí cónsul general -, Puente Ojea ha sido un referente fundamental en el difícil camino de España hacia la laicidad y la secularización. Nunca renunció a sus ideas, y ello le cortó muchas alas en la carrera diplomática, enfeudada con el franquismo e invadida por excombatientes y falangistas. Según sus datos, de los 444 diplomáticos que había en 1960, 113 entraron mediante exámenes patrióticos. En aquel ambiente, Puente Ojea era un faro para los nuevos diplomáticos.

Es ineludible – dice el periódico – volver al incidente diplomático que protagonizó en 1987, en el que el Vaticano torció el brazo de mala manera al Gobierno socialista. Roma había acogido con gran disgusto el nombramiento de un diplomático por primera vez inmune a los halagos clericales, pero no se atrevió a rechazarlo por la abrumadora mayoría parlamentaria con que contaba el ejecutivo de Felipe González. Cuando se hizo público que el embajador había iniciado un proceso de divorcio, los círculos más reaccionarios creyeron que había llegado la hora del desquite. Puente Ojea reunió en un libro los documentos del caso. “Sobre mi persona y las circunstancias de mi cese se han acumulado, con el mayor desorden de la mente y con una delirante incoherencia narrativa, toda suerte de falsedades, disparates y difamaciones”, escribió.

Federico Mare, desde Argentina, ha expresado frente a la muerte de Puente Ojea: ¿Qué sería de las religiones si la vida no se nos antojara con frecuencia demasiado breve, si todos los fenómenos naturales y sociales fuesen instantáneamente comprensibles a la luz de la razón – sin esfuerzo –, si la muerte de nuestros seres queridos no nos doliera tanto como nos duele, si el mundo no resultase tan injusto y cruel, si crear desde cero y por propia iniciativa el sentido de nuestra existencia no fuera una labor tan ardua y desafiante, y si no hubiese – en último lugar, pero no por eso menos importante – factores de poder temerosos de perder sus privilegios? Nada, porque nunca hubiesen aparecido.

Pero las religiones existen, y es preciso dilucidarlas y criticarlas a fondo, sin concesiones, porque nada obstruye más el despliegue civilizatorio de la razón, la realización de los ideales humanistas de libertad – igualdad – fraternidad, y la búsqueda de la felicidad, que su vetusto y oscurantista señorío. Y en consonancia con este quehacer iconoclasta, es imprescindible también encarar la tarea constructiva de fundamentar, con sólidos argumentos racionales, la necesidad civil del Estado laico desde la filosofía política, y las bondades del ateísmo como Lebensphilosophie o «filosofía de vida».

Pocos intelectuales de nuestro tiempo han contribuido tanto, y con tanta erudición y lucidez, a esta doble labor de teorización apofática y catafática – o de negación y afirmación – como don Gonzalo Puente Ojea. “La formación del cristianismo como fenómeno ideológico” (1974), “Imperium Crucis: consideraciones sobre la vocación de poder en la Iglesia católica” (1989), “Elogio del ateísmo: los espejos de una ilusión” (1995), “Ateísmo y religiosidad: reflexiones sobre un debate” (1997), “El mito del alma: ciencia y religión” (2000), “Animismo: el umbral de la religiosidad” (2005) y “La cruz y la corona: las dos hipotecas de la historia de España” (2011) –entre muchos otros libros sustanciosos e iluminadores de su autoría– ya son clásicos del humanismo secular contemporáneo, y su lectura resulta ineludible.

Palpita en todos los escritos de Puente Ojea un compromiso ético y dianoético con la verdad tan firme, tan intenso, tan heroico y luminoso, que uno no puede evitar sentirse interpelado y movilizado a renovar aquel viejo optimismo de los Philosophes, la confianza desbordante de la Ilustración dieciochesca en la potencia del pensamiento racional y el progreso del género humano. En estos tiempos posmodernos signados por las modas intelectuales irracionalistas y los rebrotes de la alienación religiosa, no es poca cosa, concluye el intelectual argentino.

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