Muchas mujeres se lo tienen que hacer ver

Observo con detenimiento la foto que ilustra la noticia. Un hombre maduro y de aspecto dignamente serio y altivo -que contrasta con su atuendo más propio de un baile de disfraces o de una fiesta chirigotesca- porta un vara metálica que apoyada en el suelo sobrepasa su altura arqueándose en un bucle que se adorna con piedras preciosas, sobre su cabeza un alto tocado que se dirige hacia el cielo y se remata en forma triangular y puntiaguda, mientras que de la parte de la nuca salen dos tiras de tela que reposan sobre su espalda y, por último, haciendo juego con el tocado blanco y dorado, una especie de noble y larga saya con cuello alto que llega a rozar sus orejas y que cae hasta sus pies con una mangas anchísimas que dejan al descubierto ambas manos, una de ellas, la derecha, portando un gran anillo con piedra preciosa que deja reposar sobre su pecho y, la otra, que sujeta la preciosa vara metálica.

¿Que cuál es la noticia? ¿El estrambótico disfraz del personaje? Pues, no. Por desgracia estamos tan acostumbrados a verlos de esta guisa que ya no nos llaman la atención. Aunque esto no es óbice para que, los que así se disfrazan, hagan mofa del aspecto que pudiera ofrecer un brujo tribal africano o un santero cubierto de abalorios milagrosos. Ellos tienen la prerrogativa de hacerlo y lo que en otros consideran ridículo y esperpéntico es magnificencia llena de sentido en su particular caso.

La noticia -que tampoco tendría porqué serlo porque deberíamos estar acostumbrados- son las manifestaciones proferidas por el personaje de la foto, el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, que considera que las mujeres no pueden oficiar misa “porque cada uno tiene una función”. Para sostener su argumento, el prelado ha rematado: “Yo tampoco puedo hacer algunas funciones que hacen las mujeres, no puedo traer los hijos al mundo”.

Según el parecer de este alto dirigente católico -que es coincidente con la mantenida por sus superiores- la mujer podrá ejercer como psicóloga y diagnosticar y tratar a una persona con graves desequilibrios psicológicos, pero escuchar en confesión los pecados de un católico, no, para esto la Iglesia Católica considera que la mujer no está capacitada. La mujer podrá dirigir Consejos de Administración de grandes e importantes empresas donde se plantean muy delicados problemas y en los que hay que tomar complejas decisiones, pero dirigir un sencillo y rutinario rito de una media hora en el que sólo hay que repetir determinadas frases y, como mucho, dirigir unas palabras a los asistentes sobre un determinado tema, que es también reiterativo, no, la mujer no está tampoco preparada para desarrollar esta simple actividad.

En realidad, lo que debiera ser noticia y muy destacada es la de cómo es posible que cientos de miles de mujeres -sólo en nuestro país- son fieles seguidoras de estas creencias, de estos principios y de estas actitudes que son mantenidas por una organización que las ningunea hasta la indignidad. Se lo han de hacer ver y actuar en consecuencia.

Gerardo Rivas Rico es licenciado en Ciencias Económicas

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