Moussa Bourekba: «La extrema derecha violenta y el yihadismo comparten una misma cosmovisión»

Moussa Bourekba, investigador experto en procesos de radicalización, extremismo violento en Europa y en el Norte de África, así como en Islam en los países occidentales, analiza en esta entrevista la relación simbiótica entre la extrema derecha y el yihadismo.

Hace apenas cuatro meses, antes de que la pandemia y sus consecuencias lo ocupasen y englobasen todo, ya vivíamos uno de los momentos históricos más convulsos y violentos: decenas de países aplacaban sin contemplaciones revueltas de su ciudadanía descontenta, los efectos de la crisis climática se hacían acuciantes, el auge de la extrema derecha se materializaba en cada vez gobiernos y parlamentos más autoritarios y el terrorismo yihadista seguía expandiéndose.

Paradójicamente, la extrema derecha y el yihadismo se presentan y, a menudo así son descritos en los medios de comunicación, como fenómenos contrarios. Los partidos y líderes neofascistas se promocionan como antítesis y antídoto del fundamentalismo islamista, cuando son las manifestaciones más evidentes de la ola involucionista que vive el mundo.  Ambas propuestas comparten  lecturas reaccionarias de las religiones en las que se sustentan, se alimentan del descontento popular, de la incertidumbre dominante en nuestro tiempo, de la precariedad, de una melancolía por un supuesto pasado heroico al que habría que volver…  Y, sobre todo, son dos fenómenos que se retroalimentan: cuanto más crece uno, más lo hace el otro, aumentando la polarización de nuestras sociedades.

Sobre esta íntima relación entre la extrema derecha y el yihadismo conversamos con Moussa Bourekba, investigador francés del think tank CIDOB (Centro de Asuntos Internacionales de Barcelona) y profesor asociado de la Universidad Ramon Llull, de la misma ciudad. Experto en los procesos de radicalización, en el extremismo violento en Europa y en el Norte de África, así como en Islam en los países occidentales, es una de las voces más autorizadas para desentrañar este interesado binomio.

¿Por qué la opinión pública generalista sigue percibiendo la extrema derecha y el yihadismo como fenómenos contrarios cuando son fenómenos simbióticos que responden a la misma lógica involucionista? 

Porque la lectura que se hace es como si de una guerra se tratase. La extrema derecha violenta sostiene, según una lectura huntingtoniana del mundo [la que dio lugar a la teoría del Choque de Civilizaciones], que Occidente está en guerra contra el Islam. Los yihadistas responden que, efectivamente, Occidente ha declarado la guerra a esta religión y que toca defenderse. Y ambos coinciden en presentar ambos bloques como homogéneos.

En 2015 tienen lugar los atentados de Charlie Hebdo, el 7 de enero, y de París, el 13 de noviembre. Para entonces, la sociedad francesa ya estaba muy polarizada y una parte de la extrema derecha no violenta, que se identifica con Marine Le Pen, explicó estos atentados como la prueba definitiva de la naturaleza violenta del Islam y de su proyecto de conquista e islamización de Occidente. Por su parte, el yihadismo defiende la idea de que Occidente declaró la guerra a los musulmanes a través de la injerencia en Libia, Irak, Palestina, Afganistán y, como la extrema derecha, sostiene que musulmanes y occidentales no pueden convivir.

La extrema derecha violenta considera que el pueblo blanco constituye una entidad homogénea en vía de extinción, por lo que toca salvaguardarla. Y los yihadistas que un musulmán no puede vivir en una tierra donde no rige la ley islámica. Al final, la extrema derecha violenta y el yihadismo comparten una misma cosmovisión en la que oponen dos bloques monolíticos.

Ha hablado de la extrema derecha no violenta, pero la violenta ya comete más atentados en el mundo que el yihadismo, aunque su número de víctimas sigue siendo menor. ¿Qué métodos comparten estos dos movimientos terroristas? 

Hay un aumento espectacular de atentados de la extrema derecha desde 2015, precisamente cuando la organización Estado Islámico lanzó su campaña internacional de atentados. Hay una similitud sorprendente en las técnicas de propaganda que utilizan ambos para el reclutamiento. Al igual que las organizaciones yihadistas, la extrema derecha violenta también recluta por las redes sociales, así como en foros y plataformas de videojuegos.

También comparten códigos de comunicación: apología de la violencia, convertir en héroes a los que se ‘sacrifican’ para cometer atentados… Incluso hemos visto materiales de la extrema derecha violenta que muestran a yihadistas, por ejemplo, para aprender a elaborar TATP, la sustancia que iban a utilizar los terroristas de Ripoll y Barcelona. O declaraciones en las que dicen seguir como ejemplo a los yihadistas porque comunican y reclutan bien, porque no tienen miedo a la muerte y porque hay un tema de masculinidad tremendo: entienden que castigan como ha de castigarse a las mujeres, que las devuelven a su sitio natural, a los roles tradicionales y nada de feminazis ni igualdad de género…

Ahora estoy investigando si el escenario ucraniano será para la extrema derecha violenta lo que fue y sigue siendo Afganistán o Siria para los yihadistas. Es decir, un escenario de guerra en el que tenemos a los llamados combatientes extranjeros: en este caso, muchos neonazis de países europeos que se han unido a la lucha en Ucrania, lo que significa que saben manejar armamento, producir explosivos…

Y también estamos viendo una transnacionalización de los grupos de extrema derecha, cuando tradicionalmente eran muy nacionales. El ejemplo es el atentado de marzo de 2019 en Nueva Zelanda, en el que un señor de Australia atentó en nombre de un manifiesto inspirado por un escritor francés. Ya no podemos entender la extrema derecha violenta en términos nacionales.

¿Qué semejanzas encuentra en el uso que hacen estos grupos de las redes sociales?

Es preocupante porque estamos viendo con la extrema derecha violenta lo que ocurría con el yihadismo hasta 2015-2016, momento en el que las plataformas de redes sociales y los proveedores de Internet empezaron a preocuparse por la divulgación de su propaganda. Es decir, en la actualidad, la extrema derecha está siguiendo las lógicas algorítmicas por las que te puedes radicalizar mirando vídeos de Youtube. Si pones en su buscador “La gran sustitución” [la teoría del escritor ultraderechista Renaud Camus] es muy probable que en cinco vídeos estés viendo llamadas a masacrar a los no blancos.

Luego están sus propios códigos, por ejemplo, los memes de The Frog: recurrir al humor para reclutar a gente. Y también el reclutamiento presencial, en protestas como las que se están dando ahora del movimiento White Lives Matter como repulsa al de Black Lives Matter, o las manifestaciones contra los refugiados… Una táctica que no puede darse en el caso del yihadismo porque no hay manifestaciones a favor de Bin Laden convocadas con el consentimiento de las autoridades.

¿Y el yihadismo está copiando algo de la extrema derecha violenta? 

No lo sé, pero es cierto que, aunque la extrema derecha violenta es más antigua, en términos de experiencia sobre el terreno, de lucha de guerrilla, de sobrevivir en condiciones duras, tiene que aprenderlo todo del yihadismo. De hecho, en muchos foros online donde se juntan neonazis encuentras documentos del yihadismo, como el de referencia Gestión del salvajismo, en el que se da pautas de cómo intervenir en lugares donde el Estado está ausente o por qué usar las decapitaciones. Es fascinante ver a gente de extrema derecha decir que hay que inspirarse en esa gente a la que detestan y odian profundamente.

Si bien es cierto que la extrema derecha violenta no tiene tanta experiencia militar, es cierto que en los últimos años ha aumentado mucho su presencia en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de Francia, de Alemania, y parece que ahora también en España. Esto significa que tenemos a gente con formación militar y policial que, llegado el caso, podrían organizarse en grupos paramilitares de extrema derecha. ¿Cómo ha sido este fenómeno en Francia? 

Es difícil de cuantificar, pero hay encuestas y sondeos que reflejaban que más de la mitad de los policías franceses votan por la extrema derecha. Es habitual que se desmantelen grupos en Facebook de agentes que llaman a masacrar a los árabes. En Estados Unidos hemos visto que soldados, a su retorno de Irak o Afganistán, se unían a grupos de extrema derecha violenta, y ahora lo estamos viendo en Francia.

El año pasado se desmanteló una célula terrorista con veteranos militares y policías que planeaban atentar en Francia. Y en Alemania parte de la extrema derecha violenta creó una lista de personalidades públicas que matar para la que fue necesaria la colaboración de policías. Es un fenómeno muy preocupante porque son personas familiarizadas con técnicas de combate o incluso que han podido estar destinados en escenarios bélicos. Frente a la preocupación que hay por los combatientes extranjeros que retornan de Irak o Siria, no hay una atención equivalente a cómo miembros de nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pueden estar amenazando nuestra seguridad.

De hecho, Francia lleva desde 2015 combatiendo el yihadismo en el Sahel con la operación Barkhane. ¿Se está atendiendo a qué pasa con estos soldados cuando vuelven? ¿Si pueden haberse radicalizado y unirse a grupos de extrema derecha violenta? 

No es un tema que se está abordando. Pero es más. Hay combatientes franceses que se unieron a los kurdos en el conflicto sirio, que han retornado y que no han tenido que pasar un examen psicológico, ni han sido juzgados ni han tenido que dar explicaciones. Recuerdo el caso de un joven que contó ante las cámaras en prime time que había sido francotirador durante dos años con los kurdos, que echaba de menos su arma porque era adictivo lo que hacía… Y no parece que se hayan tomado medidas para juzgarlo o encarcelarlo.

Hemos hablado sobre los factores que tienen en común ambos fenómenos. En el caso de sus públicos objetivos, de los colectivos que reclutar, ¿tienen algo en común también?

Estoy muy de acuerdo con el profesor de Psicología José María Rodríguez cuando sostiene que “hay tres tipos de mentiras: las grandes, las pequeñas y los perfiles de radicalizados”.

En el caso de la extrema derecha violenta no tengo conocimiento de estudios que demuestren que existe un perfil de radicalizado de extrema derecha. Se trata, en general, de hombres jóvenes, blancos, que enganchan con la narrativa de que el pueblo blanco está amenazado por la extinción, por las olas migratorias, por la presencia musulmana y por los atentados terroristas.

En el caso del yihadismo, en Francia hubo un estudio en el que se analizaba el perfil de 137 personas que se fueron a combatir a Siria e Irak. Revelaba que no se diferencian mucho del perfil de los detenidos por delincuencia o crimen en Francia: pobres, que proceden de suburbios, cuyas familias son de origen magrebí, que han vivido con un sentimiento de humillación y frustración…

¿Qué políticas está desarrollando el Gobierno francés para frenar ambos fenómenos?.

En cuanto a los yihadistas, desde 2014 se han adoptado cuatro planes de lucha antiterrorista, que han pasado de un paradigma centrado en las medidas represivas a otro más preventivo que consiste en: actuar antes de que la amenaza aparezca.

El problema es que el Estado francés tiene un carácter extremadamente centralizado, cuando sabemos que este tipo de políticas son mucho más eficaces si se desarrollan a escala local. En cuanto a la amenaza de la extrema derecha, ni Francia ni la mayoría de los países europeos están dándole la prioridad política y securitaria que merece.

En 2016, le preguntaron a Patrick Calvar, número uno de la Dirección General de la Seguridad Interior (el CNI francés) por la mayor amenaza a la que se enfrentaba Francia. No contestó el yihadismo, sino el peligro de que estallase una guerra civil por la retroalimentación constante entre el yihadismo y la extrema derecha violenta. Advirtió de la expansión de la esta última en un país donde hay campamentos de verano en los que te puedes formar militarmente. Las autoridades son conscientes de esto,  pero es como si estuviésemos ciegos ante algo tan gordo.

Cuando la extrema derecha violenta comete atentados en Francia, Reino Unido o Canadá, se habla de desequilibrados, de locura transitoria y problemas psiquiátricos. El año pasado, un hombre intentó incendiar la mezquita de Bayona para matar a quienes estaban en su interior y disparó a dos personas. Lo trataron como un desequilibrado y no hubo reacción gubernamental. El verano pasado, un imam muy famoso y seguido en Francia fue acribillado con cuatro disparos ante su mezquita y tampoco hubo respuesta oficial. Esto sería impensable si hubiese sido un rabino o un cura.

Me preocupa que se suela politizar la violencia, a veces apolítica, de algunos individuos porque son musulmanes, mientras se despolitiza otros actos de violencia claramente política cometida por individuos blancos. Es un problema ante el que hay que reflexionar.

Ambos fenómenos también comparten en su origen un conflicto con el concepto de la libertad. En el caso de la extrema derecha, se aprovecha de que la libertad, como pilar fundamental de nuestras sociedades, ha desembocado en parte de la población en la incertidumbre de no saber qué significa realmente frente a una especie de dictadura de los mercados y de la precariedad. Un contexto que ha desembocado en una tendencia a la frustración por no cubrir las expectativas de unas vidas en las que se nos vendía que todo lo que deseáramos era posible. En el caso del yihadismo, la libertad se plantea como un concepto occidental que degenera las sociedades. Y al mismo tiempo, que en los países europeos la libertad está restringida a los blancos, mientras los musulmanes son oprimidos económica, social y religiosamente. ¿Cómo podría revertirse esas lecturas conflictivas de la libertad?

Es una pregunta eminentemente filosófica. El uso de la libertad es bastante distinto según el tipo de extremismo violento. En el de las extrema derecha violenta y no violenta, me preocupa que nos hayamos acogido al pretexto de la libertad de pensamiento y del pluralismo para mover las fronteras de lo aceptable. Es decir, hace diez o veinte años no creo que fuese aceptable tener un discurso supremacista blanco. Es preocupante que ahora lo sea. El proceso de presentar esta deriva ideológica como aceptable ha sido sencillo en Europa. Aquí cada vez se habla menos de inmigrantes bengalíes, pakistaníes, turcos o argelinos, y más de musulmanes. La extrema derecha se acogió a esta excusa de la libertad para decir “nosotros no somos racistas porque no tenemos problema con su origen o color de piel, sino que su religión y sus valores son incompatibles con los nuestros”. Así, la extrema derecha ha conseguido que puedas tener un discurso, aceptable para la ley, racista y lleno de odio porque ha trasladado el conflicto del ellos versus nosotros al terreno de los valores. 

La mejor demostración de este giro del discurso islamófobo es que la inmensa mayoría de las víctimas son las mujeres, porque llevan el velo y, por tanto, son más visibles, porque el velo ‘constituye una separación entre hombres y mujeres’… La extrema derecha violenta defiende que hay que luchar contra lo políticamente correcto y el ‘buen pensamiento’ que, según ellos, es la fachada más visible de una conspiración de los gobiernos y las élites corruptas que nos están escondiendo la verdad. Cosas como que en las hospitales materno-infantiles nacen diez musulmanes frente a un blanco.

En el caso del yihadismo, el concepto de libertad es muy interesante porque por una parte sostiene que es occidental, pero, por otro, que la libertad no es eso, sino que se recupera cuando te sometes a su ideología. Durante años hemos pensado que las mujeres que se fueron a Siria e Irak eran víctimas de esta ideología, una lectura profundamente machista porque se basa en que las mujeres no tienen autonomía intelectual. Sin embargo, hemos visto que algunas de ellas aprueban completamente una separación estricta entre hombres y mujeres, de tareas asignadas según el género, y que rechazan el modelo occidental de igualdad. Los recientes estudios sobre las motivaciones de esta mujeres revelan que fueron seducidas por un discurso que denuncia la falsa libertad occidental y que organizaciones como Estado Islámico les ofrecen una verdadera emancipación, concebida como el retorno a los roles tradicionales de hombres y mujeres.

Para revertir esta lectura de la libertad, en el caso de la extrema derecha tenemos que pensar en los límites de lo aceptable. ¿A qué nos da derecho la libertad? Dos de las personas que figuran en el manifiesto al que se acogió Brenton Tarrant, el autor de la matanza de Nueva Zelanda, Eric Zemmour y Renaud Camus, están diariamente en los medios de comunicación franceses. Esta gente que promociona una dicotomía entre el ellos versus nosotros, que denuncian la llamada gran sustitución, ¿hasta qué punto se les puede dejar seguir sembrando la semilla del odio?

En el caso de la organización Estado Islámico, para revertir este concepto de libertad hay que enseñar lo que hacen en el día a día. Y ahí te metes en un campo, muy extenso y aún verde, que es el de las contranarrativas y narrativas alternativas. Es decir, dentro del mito del Estado Islámico ¿qué hay realmente? Así encontrarán cosas que les lleven a plantearse su concepción de libertad.

¿Cree que es posible la desradicalización?

Me cuesta pensar que tengamos la solución para hacer cambiar unas profundas convicciones ideológicas de una persona que cree en la extrema derecha violenta o en el yihadismo. La inmensa mayoría de las experiencias que se presentan como exitosas no cuentan con evidencias científicas. La radicalización engloba dos conceptos: adoptar una ideología radical y actuar de forma violenta. Una cosa es que alguien pueda pensar que el Califato es la mejor forma de vivir y que lo que hace Estado Islámico en Irak es legítimo. Otra es que se vaya allí a luchar o que haga promoción de esas ideas. Creo que tenemos más posibilidades de hacer que renuncien al uso de la violencia que de desradicalizarlos.

En Alemania existe la política de llevar exneonazis a las escuelas y a las cárceles para hablar con grupos ya radicalizados. Y se ve que funciona. En Dinamarca, muchos daneses se fueron de la ciudad de Aarhus a combatir en Siria o Irak. Algunos de ellos volvieron traumatizados porque vieron que los yihadistas eran violentos, racistas, porque no defendían a sus hermanos sirios de los ataques de Assad… Volvieron y lo que las autoridades les dijeron fue que tenían derecho a soñar con el Califato, a considerar que la sharia es el mejor modo de gobernanza, pero que estaban en Dinamarca y que allí no podían emplear la violencia. Desarrollaron programas de acompañamiento psicológico, económico y social para reinsertarles en la sociedad.

Creo que se puede conseguir desactivar las ganas de pasar al acto violento, pero no una ideología profundamente anclada en la mente de un individuo.

En una entrevista que le hice a José Luis Gordillo, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, cuestionaba que hubiera formaciones dirigidas a prevenir la radicalización porque  “¿cómo previenes la radicalización sin controlar la ideología de la gente?”. Considera que son propuestas liberticidas. ¿Qué opina usted?

En los cursos en los que yo participo lo que intento es que se entienda la ideología, que no es un factor determinante para la radicalización, pero que sirve para entender el fenómeno. También es fundamental distinguir la radicalización cognitiva, el hecho de adoptar ideas radicales, de la radicalización conductual, es decir adoptar un comportamiento violento. La ley condena sólo el segundo tipo de radicalización, y esto es clave para evitar lo que llamas “propuestas liberticidas”. Primero hay que entender por qué la gente se radicaliza: la ideología sólo es uno de los posibles motivos. En segundo lugar, hay que recordar que la adopción de ideas radicales no lleva automáticamente a la adopción de un comportamiento violento.  Ha habido una explosión de cursos sobre la radicalización en la que no siempre intervienen expertos con las titulaciones adecuadas. A veces, llegan al extremo de dar a entender que la radicalización nace de una práctica demasiado intensa del Islam. Dan una serie de indicadores, supuestamente para detectar la radicalización, que no se sustentan en ningún tipo de evidencia científica.

Como el protocolo catalán contra la radicalización que establecía como un indicio que un niño dejase de beber Coca-Cola… 

Exacto. O que deje de ir a clase el viernes para rezar, o que las mujeres se tapen un poco más que antes, o que dejen de ir al cine o de escuchar música. Existe un verdadero negocio de la radicalización, del que se aprovechan decenas de consultorías y asociaciones y hay que ser consciente de esta realidad. En realidad lo que buscan es detectar la radicalización y no prevenirla, como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que lo que querrían sería un kit en el que se les dijese A más B igual a radical.

Pero se trata de un proceso fundamentalmente íntimo, que pasa en la mente de una persona y que no sigue un patrón inamovible de explicaciones.

Para prevenir la radicalización tenemos que conocer las ideologías para entender por qué atraen a gente de tan distintos perfiles. La cuestión no es saber cuánto conocía del Corán tal terrorista de Ripoll, sino por qué el discurso de que los españoles son unos infieles que hay que matar ha tenido resonancia en esta persona. Si ha sido solo fruto de la manipulación del imán, o porque vive en un contexto social que le lleva a creer que hay una guerra global, en la que tiene que defender a los hermanos sirios, a los que no conoce y cuya lengua no habla, de sus vecinos, a los que sí conoce.

Es un proceso tan complejo que merece más la pena explicar a la gente que trabaja en el terreno y a los políticos lo que no es radicalización antes de cómo prevenirla. Con eso estaría un 80% del trabajo hecho.

Ha explicado que la mayoría de las personas que sufren ataques islamófobos son mujeres, entre otras cuestiones porque son más visibles por el velo. Siendo francés, ¿qué opinión tiene sobre el debate entre laicismo, el velo u otros símbolos religiosos como la cruz cristiana o el velo de las monjas? 

La laïcité, es decir, el respeto por la ley es lo que los musulmanes quieren. Los que no están contentos son los que quieren cambiar la ley, que no dice que haya que guardar los símbolos religiosos en el ámbito privado, sino que no tienen cabida en el espacio en el que se expresa la fuerza pública. Por la calle puedo llevar una cruz o a ponerme lo que sea. Otra cosa es que sea diputado o que represente al Estado siendo alcalde, doctor en un hospital público… Como explicaba Raphaël Liogier en su magnífico libro El mito de la islamización. Ensayo sobre una obsesión colectiva,  la laïcité es “como el castillo de Versalles, un patrimonio del que los franceses se sienten orgullosos pero en el que ya no vivimos”.

Se ha pasado de una concepción extremadamente práctica del laicismo, por la que no se hacía ninguna distinción entre nadie, a la “laïcarde”, como se llama en francés: una visión muy restrictiva que intenta borrar cualquier símbolo del religioso del espacio público en general. Y eso es liberticida.

El objetivo de la laicidad era la igualdad, que todo el mundo pudiera pensar e interactuar independientemente de su fe. Pero si lo que hacemos es restringir el derecho en nombre de la emancipación y la libertad, lo que estamos haciendo es dictaminar una cierta concepción de la libertad.

Para mí, el laicismo es dejar que una mujer lleve lo que quiera, la ley no tiene que imponer nada en ese sentido. No hay nadie más laico ahora que el Frente Nacional, un partido de tradición católica que ha trasladado el discurso racista del color de piel o de la raza a un tema religioso. Han convertido el laicismo es una nueva herramienta para recordar que no todos somos iguales y que hay un problema de incompatibilidad entre un grupo de la población: los musulmanes y la mayoría.

Hay otro factor fundamental en el origen y motor del yihadismo y la extrema derecha: el miedo. Ese miedo a la incertidumbre, pero también al otro, al subalterno, a ese enemigo que se ha construido el uno del otro. ¿Dónde está el origen de ese miedo recíproco? ¿Cómo combatirlo? ¿Qué miedos comparten ambos procesos?

Hay un miedo muy práctico que es la supervivencia de sus organizaciones: tener finanzas, simpatizantes, cobertura mediática, seguir reclutando. La periodista italiana Loretta Napoleoni desarrolló muy bien esta tesis comparando Al Qaeda e ISIS con grandes empresas. Y esto se puede aplicar perfectamente a la extrema derecha violenta.

El segundo miedo, y puede sonar hippy, es que un acto terrorista sea respondido con la fraternidad y no con el odio o el miedo al otro. Un atentado no es un fin, sino un medio de la organización para comunicarse con el Estado, para amenazarlo, aterrorizar a la población y que la respuesta estatal se radicalice. Una respuesta desproporcionada como el estado de alerta francés tras los atentados de París o la Patriot Act en Estados Unidos puede acabar afectando a gente que no tiene nada que ver con el terrorismo y radicalizándola. También hace subir a los partidos de extrema derecha. Otro de sus temores es que sus atentandos no tengan la suficiente repercusión en los medios.

Entonces, ¿cómo se debería informar en los medios de comunicación de esos atentados?

Lo primero que deben hacer es plantearse su responsabilidad, su rol social. Hemos visto como con la pandemia han tenido que hacerse un planteamiento ético: si debían dar más miedo, solo informar o amplificar sus consecuencias. En el caso de los atentados de índole yihadista, vemos que reciben mucha más atención que los de la extrema derecha violenta y que siempre se menciona el origen de la persona que atenta. Si no es un elemento relevante, ¿para qué sirve? Cuando se explican los motivos de un atentado, se reproduce la explicación del terrorista, pero el periodista tiene que investigar y contrastarlos. Explicar quién es esta persona, su contexto. Hay que desideologizar nuestra aproximación a los atentados y recordar que es una táctica de guerra con unos objetivos determinados.

En los casos de atentados de la extrema derecha violenta, dejemos de hablar de locos. En una investigación noruega se comprobó cómo en los 800 primeros artículos publicados tras la masacre cometida por Anders Breivik en 2011 no se mencionó la palabra terrorista: siempre era un loco. Él reivindicó que no lo estaba, que sabía perfectamente lo que hacía.

En contraposición, cuando dos narcotraficantes se matan en Bélgica, inmediatamente se baraja la posibilidad de que sean terroristas porque son musulmanes.

El reto de los medios está en el relato. Un atentado es un medio de comunicación en sí mismo. Y la eficiencia, la amplitud del mensaje depende de los medios de comunicación. Sin cobertura mediática, un grupo terrorista pierde su audiencia, finanzas, simpatizantes…

En uno de sus últimos artículos ha abordado el peligro de que las medidas excepcionales adoptadas para frenar la pandemia de la COVID-19 se mantengan una vez acabe o se controle. Y lo ejemplifica con todas aquellas normativas antiterroristas que se pusieron en marcha tras los atentados de Charlie Hebdo y del Bataclán, y que se mantuvieron en Francia durante tres años de estado de excepción hasta que se incluyeron en el derecho común. ¿Qué otras lecciones podemos aprender de la pérdida de derechos que se ha justificado por la lucha antiterrorista?

Va a ser muy difícil evitar que todas las medidas excepcionales que se han creado para frenar la pandemia se incorporen a la ley común. La justificación va a ser la de evitar rebrotes. ¿Cuánta gente habría aceptado hace cuatro meses instalarse una aplicación esponsorizada por el gobierno que puede rastrear tus contactos durante los últimos quince días? Da igual que sean datos desagregados. Esta aceptación generalizada es resultado del discurso de que es por el imperativo mayor de la salud de todos.

Me preocupa el uso de nuestros datos. Hemos visto cómo todos los gobiernos de las sociedades democráticas han mantenido conversaciones con corporaciones como Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft, que tienen una cantidad gigante de datos personales nuestros para compartirlos y no sabemos casi nada de esos encuentros. Quiero saber qué datos tienen sobre mí y no me vale la excusa que ponen algunos de que no tienen nada que ocultar. Tengo derecho a la privacidad, a determinar qué quiero que sepan de mí, y con esta pandemia también se ha cedido en ese límite.

Otro límite que se sobrepasó con los atentados fue la videovigilancia. Más del 98% de la información que ha permitido impedir atentados en Europa ha sido de fuentes humanas. Las cámaras son inútiles para prevenir el crimen. Y, sin embargo, se han seguido implantando y desarrollando el reconocimiento facial. En la ciudad de Niza se puso en marcha un programa piloto de videovigilancia tras los atentados del verano 2016 que se extenderá al resto de Francia en los próximos años.

En definitiva, la cuestión es cómo un Estado democrático utiliza el miedo para mover las fronteras de lo aceptable. ¿Por qué se tiene que plantear todo en términos del dilema seguridad versus privacidad? Yo quiero ambas, a menos que me demuestren que es imposible. La lucha va a depender de la ciudadanía porque no se puede olvidar que se trata de un negocio de miles de millones de euros entre gobiernos y corporaciones. Superan todo lo imaginable, por lo que ya hay un lobby muy fuerte para ir hacia este tipo de sociedad. El caso chino nos ofrece un buen ejemplo de lo que nos podría pasar con medidas como el crédito social, el uso de la vigilancia con la minoría uigur –que luego se extendió a toda la población–… Me preocupa como muchos aplaudieron el modelo chino en el principio de la pandemia.

¿De dónde viene su interés por investigar a estos grupos y personas violentos?

No me interesa investigar a las personas, sino el perfil o las pautas que puedes encontrar en los procesos de radicalización. Mi perspectiva no consiste en decir los terroristas son malos o están locos, por que no lo están. Lo que me apasiona es que los terroristas son el reflejo de lo que está pasando en nuestras sociedades y en el mundo. Paradójicamente, tenemos que humanizar al terrorista, no deshumanizarlo, para entender, que no es justificar. Me interesa mucho entender las dinámicas sociales, políticas y económicas que hacen que una persona se convierta en terrorista, porque nadie nace siendo terrorista, ni se levanta una mañana y dice voy a coger un kalashnikov.

Lo que despertó mi interés en estos temas es que tras los atentados de Charlie Hebdo y de Bataclán, cuando yo trabajaba otros asuntos, iba a un seminario en Europa y me preguntaban “¿por qué se radicalizan los marroquíes?”. Y cuando iba a El Cairo o Estambul, la pregunta era “¿por qué más de 5.000 europeos se han ido a combatir a Siria o Irak?, ¿Qué está tan mal en Europa para que esto pase?”. Al final ves que es un reflejo de la sociedad que no queremos ver. El terrorista siempre es el Otro en una sociedad determinada. Por eso, cuando se habla de un atentado yihadista, conviene hablar de un individuo de origen marroquí para evitar decir que se radicalizó aquí. O si es de extrema derecha, que es un loco porque no interesa entender que nosotros hemos producido esto. Son los monstruos de nuestra sociedad, y para prevenir necesitamos entender lo que está ocurriendo.

Las imágenes de un exlegionario simulando una ejecución de miembros del Gobierno nos ha recordado episodios como el asesinato de la diputada laborista inglesa Jo Cox a manos de un terrorista de extrema derecha. ¿Somos conscientes del riesgo que entraña informar sobre estos individuos? 

Mi perfil es distinto porque como investigador no tengo una gran audiencia para el público general. Es diferente si sales en la tele o tienes una gran presencia mediática. Aunque los periodistas hacen un favor a estos grupos al hablar de ellos, les hacen publicidad. En los comentarios de muchos vídeos de Youtube de la extrema derecha ves que varias personas preguntan cuántos han llegado al mismo tras leer un artículo de un medio. Y por las respuestas ves que son muchos.

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