Morir como Dios manda

Dividir los estados físicos del ser humano en vida o muerte responde a un análisis bastante simplista de la existencia. Cuanto más se acerca el segundo más probabilidades tienes de que la enfermedad haga que te halles en una situación que no defina bien ni uno ni otro término. Antes de iniciar lo que metafóricamente se ha llamado el último viaje es muy posible que te encuentres, por abundar en la metáfora, en ese lugar intermedio que no es ni aeropuerto ni avión y que los técnicos denominan ‘finger’, ese postrero tránsito necesario antes de la partida. Si la espera ante la puerta de embarque suele ser ya bastante insoportable, imaginen que tuviéramos que hacerlo en esa claustrofóbica pasarela.

La Ley de Muerte Digna pretende darnos la posibilidad de hacerla más soportable y acortarla unos metros de manera que se haga más llevadero el trance. Dado que forzosamente haz de coger ese vuelo, y la medicina tiene a día de hoy sobrados mecanismos para saber si has comprado el billete, lo hagas, si lo deseas, lo más rápido y en las mejores circunstancias posibles.

A un determinado grupo de católicos esto les parece mal y así lo exponen con su habitual vehemencia en tertulias y columnas periodísticas. Curiosamente suelen ser los mismos ultraliberales que ven en cada medida del Gobierno una inaceptable injerencia del Estado en ámbitos de su intimidad en los que no tiene legitimidad regulatoria. Así lo han mostrado con frenética contundencia ante leyes tan razonables como la que prohíbe fumar en lugares públicos. Sin embargo, les resulta abominable que ese Estado que, según ellos, pretende reglamentar hasta el más mínimo detalle de nuestra vida, nos permita decidir de qué manera queremos abandonarla. No se me ocurre decisión más importante para una persona que elegir, cuando las perspectivas de mejora no existen, si quiere despedirse de este mundo ayudado en su sufrimiento por la acción médica o prolongar innecesariamente su agonía; tal vez en espera del milagro.

La Conferencia Episcopal, por su parte, tiene colgado en su página web un documento que, bajo el título “Declaración con motivo del Proyecto de Ley Reguladora de los Derechos de la Persona ante el Proceso Final de la Vida” expone sus primeras conclusiones para “contribuir al necesario y pausado debate público sobre una cuestión de tanta relevancia”. Loable empeño. Podrían comenzar por pedir a quienes las hacen suyas pausa y sosiego a la hora de debatir. En el TDT Party ya pueden presenciarse ataques furibundos a la ley comparándola con una especie de licencia para matar sin faltar, claro, nuevas afirmaciones infamantes sobre el doctor Montes ignorando el sobreseimiento y archivo de su caso por parte de la Justicia.

El documento de los prelados sirve para atisbar cuál es la postura de la institución que, a la contra, más peso tendrá en el trámite final de aprobación, no sólo porque servirá de argumentario a sus voceros mediáticos sino porque marcará en gran modo la actitud del PP ante la ley. Y, aunque los obispos rechazan el encarnizamiento médico y la prolongación artificial de la vida, ya les anticipo que llegar a un entendimiento será complicado, cuando no imposible, pues la valoración del proyecto está, como ellos mismos afirman, inspirada en los principios evangélicos que a los no creyentes difícilmente pueden inspirarnos otra cosa que no sea rechazo. Uno de esos principios proclama que “la vida es nuestra, somos responsables de ella, pero propiamente no nos pertenece”.

Ya empezamos. Nos sabíamos pobres pero, por si no bastaba con estar al tanto de que la casa es del banco, ahora resulta que ni siquiera la vida tenemos en propiedad. ¿Adivinan quién es el dueño? Sé que se lo imaginan pero es mejor que nos lo confirmen ellos: “Si hubiera que hablar de un ‘propietario’ de nuestra vida, ése sería quien nos la ha dado: el Creador”. Así pues, ya lo saben, vivimos en alquiler y la muerte no es otra cosa que un acto final de desahucio en que saldamos cuentas con el Emilio Botín de la existencia.
Y si, más allá del sentido de la vida, alguna vez se han preguntado por el sentido del dolor que a veces acompaña su pérdida este documento nos lo descubre: “El sufrimiento puede deshumanizar a quien no acierta a integrarlo, pero puede ser también fuente de verdadera liberación y humanización. No porque el dolor ni la muerte sean buenos, sino porque el Amor de Dios es capaz de darles un sentido […] Lo que importa es vivir el dolor y la muerte misma como actos de amor, de entrega de la Vida a Aquel de quien la hemos recibido. Ahí radica el verdadero secreto de la dignificación del sufrimiento y de la muerte”. Mucho más reconfortante que la morfina.

La culpa es de los romanos. De su brutalidad en el trato con aquel cuya vida y muerte es ejemplo a seguir para los católicos surge esta propensión al sacrificio. Si Jesucristo hubiese muerto de un infarto es muy posible que los principios evangélicos que inspiran este documento fuesen otros y las conclusiones incidieran sólo en la conveniencia de no fumar, evitar las grasas y hacer deporte. Pero la biografía del hijo del dios cristiano marcó para siempre la actitud del catolicismo ante el dolor y la muerte. O, más bien, la actitud de su progenitor, insensible ante el ruego del hijo que imploraba “Padre, si es posible que pase de mí este cáliz”. Por culpa de los romanos y su afición a la crucifixión estamos todos invitados a emular a Cristo en su heroica templanza, sabiéndonos de antemano incapaces de lograrlo porque un trance así lo más que hubiéramos dicho la mayoría hubiese sido: “Papá, bájame y mata a estos cabrones”.

Miguel Sánchez-Romero es director de El Intermedio

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