Misas, falacias y doctrina Rouco

Por mucho que la jerarquía católica diga misa en la plaza de Colón de Madrid, sus victimistas acusaciones de que la legislación española constituye una amenaza para la familia no se sustentan en datos reales. Constituyen un falaz intento de influir ideológicamente en la sociedad haciendo patria religiosa, y suponen el propio fracaso de esa jerarquía eclesiástica en su necesaria tarea de adaptarse al funcionamiento del Estado laico que nuestra Constitución define como aconfesional.

No deja de ser sintomático que la jerarquía utilice diferentes varas de medir para el acercamiento a países del mismo entorno y de similar tradición. Cuando el papa de Roma visita Francia, se reúne con el presidente Sarkozy –divorciado él, y todo lo demás– y pasa por alto, sonriente y afable, que ese país visitado tenga una clara profesión de laicismo, y que en él funcionen leyes de divorcio y de despenalización del aborto similares a las españolas; y que no esté financiada la enseñanza religiosa. Cuando visita España –con una inversión importante y bobalicona de las instituciones públicas para soportar su viaje– lanza, ya antes de llegar, una andanada apocalíptica, insinuando la existencia de persecución religiosa.

No es de recibo que la jerarquía eclesiástica brame contra el divorcio, cuando desde el Tribunal de la Rota está administrando nulidades matrimoniales en un número muy significativo cada año. A pesar de la opacidad de sus estadísticas, en declaraciones cualificadas de sus responsables se ha llegado a reconocer que en 2002, por ejemplo, se legalizó el 80% de las reclamaciones presentadas, con un número, a nivel mundial, de 46.092 sentencias de nulidad. Y cuando estamos viendo cómo se anulan matrimonios después de varios años de convivencia pública y de haber procreado y mantenido un buen número de hijos, aceptando argumentos tan de peso como la falta de madurez para tomar la decisión de contraer matrimonio: con efectos retroactivos…

Pero por encima incluso de esa manifiesta hipocresía institucional, resulta que los datos de la sociedad española no avalan la tesis de esa trágica crisis y amenaza contra la familia. Por ejemplo, el índice de natalidad por cada 1.000 habitantes en 2008 fue un 19,73% superior al de 1999. Si bien es verdad que irrumpe una cierta explosión de natalidad de población inmigrante, desde 2002 –en que comienzan a diferenciarse los datos– el índice de partos anuales de madres extranjeras ha ido disminuyendo anualmente, con una caída entre 2002 y 2008 del 15,49%, mientras que el índice de partos por 1.000 habitantes de madres españolas es en 2008 un 8,06% superior al de 2002.

En los últimos diez años se ha mantenido el índice anual de matrimonios, con unas variaciones mínimas. Y si queremos fijarnos en otros indicadores que manifiestan el ambiente familiar de la sociedad española, entre 2000 y 2008, por ejemplo, el número de tutelas de niños por parte de familias se ha incrementado en un 78,12%. Se mantiene el número de adopciones nacionales, que va al ritmo de la capacidad de tramitación judicial, pero el número de adopciones internacionales en 2008 es un 150% superior al de 2000, con un significativo y constante incremento anual. No parece que el clima familiar se esté deteriorando, cuando los niveles de sensibilidad en el terreno de la protección hacia los niños gozan de cada vez mejor salud.

Y en cuanto al número de divorcios, en España se produce anualmente el 7,18% del total de divorcios de la Unión Europea, cuando su población supera el 9% de ese territorio. No estamos en la catástrofe, sino por debajo de la media europea.

No es justo que el arzobispo Antonio María Rouco Varela organice la liturgia del Apocalipsis, tratando de transmitir una imagen deformada y falsa de una sociedad como la española, que está sabiendo adaptarse a las nuevas formas de convivencia que la evolución globalizada del mundo está imponiendo. Y esta evolución positiva se puede atribuir por igual a los católicos y a los no católicos. El problema de adaptación está más bien en la jerarquía eclesiástica, que parece tener pánico a esa evolución, y que parece demostrar con su comportamiento que preferiría dirigir conciencias sumisas y atemorizadas, en lugar de tratar de influir positivamente en espíritus libres y conciencias responsables.

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