Misa obligatoria

Fui testigo de cómo el Padre Llanos echó a cajas destempladas a unos guardias civiles que se presentaron en su iglesia preguntando si Fulano y Mengano iban a misa. Famosa excepción la de este jesuíta, porque los clérigos bendecían, como ya san Agustín, a los gobernantes que “obligaban a entrar” en la iglesia, aunque así estuvieran “confundiendo la religión con la política”, en palabras del cardenal Lercaro.

      Tras la muerte de Franco, los ciudadanos vivos ya no tienen que ir a la fuerza a   esos ritos religiosos, y de hecho no van en sus cuatro quintas partes. Pero los muertos que son víctimas de unos Funerales de Estado todavía tienen que ir obligatoriamente a misa, violación de conciencia que volveremos a ver dentro de muy pocos días, si la divinidad o la ciudadanía no se rebelan contra ese insulto a la verdadera religiosidad y a los derechos humanos. Porque Zapatero, a las reclamaciones, incluso desde su mismo partido, para que cumpla el claro mandato de la Constitución sobre la aconfesionalidad el Estado, ha respondido que “todavía los españoles no estamos preparado para eso”. Lo mismo que decía su predecesor en el Gobierno sobre la democracia, es decir, sobre lo mismo.

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