Misa con escolta

Un policía vigila la entrada a la capilla de la Facultad de Medicina y del Hospital Clínico de Valencia

COMENTARIO: Algunos siguen empeñados en no ver el privilegio que supone tener un templo de su religión en un espacio público, y el atentado que supone a la neutralidad del Estado y a los derechos del resto de los ciudadanos. Piensan que ellos si tienen derecho a este uso privativo., incluso con la protección de las Fuerzas de Seguridad. Lo curioso es que en otros países donde los católicos son minoría protestan de que ese privilegio lo gocen las confesiones mayoritarias de aquel país.

Por eso no cesamos de repetir que el laicismo es la única vía para una democracia plena y para una convivencia pacífica.


¿Puede convivir pacíficamente la fe en la Universidad, cuna del pensamiento racional? Los recientes ataques laicistas a las capillas de varias universidades públicas españolas demuestran que esa coexistencia, durante años pacífica, atraviesa momentos difíciles. La comunidad académica católica tiene claro que ceder ante los laicistas es «perder la libertad religiosa y la individual» y está dispuesta a luchar para mantener ese derecho. Mientras, los «anticapilla» consideran esos mismos derechos de los religiosos «una incómoda herencia que conviene exterminar» y aseguran que no pararán hasta «limpiar de cruces la Universidad».

Los ataques contra las capillas comenzaron en la Universidad de Barcelona (UB) en noviembre de 2010, una semana después de que el Papa visitara la capital catalana y aludiera al «laicismo agresivo de los años 30». Un grupo de estudiantes irrumpió en la misa de los miércoles apelando a su derecho a utilizar el espacio, que había sido una antigua sala de estudio. El tiempo demostró que su reivindicación trascendía a la reconquista de esos escasos treinta metros cuadrados. Ese día empezó la pesadilla para los católicos de la UB, que llevan meses soportando el acoso de los defensores de la secularidad radical.

También en Valencia

Las protestas llevaron primero al rectorado a suspender la misa del miércoles y después a habilitarla con escoltas. Pese a ello, siguen los ataques. El 10 de marzo el conflicto saltó a la capilla del campus de Somosaguas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), donde cincuenta estudiantes irrumpieron en la sala y cuatro universitarias realizaron una irreverente «performance» en el altar. Los altercados acabaron con la queja del Arzobispado, una querella criminal del Centro de Estudios Tomás Moro, una demanda de Manos Limpias, la respuesta contundente del rector, y una vorágine de reacciones políticas. Por contra, en Barcelona, la respuesta institucional y política ha sido contenida. Tras el conflicto en la Complutense, el fenómeno laicista emergía en Valencia. Jóvenes convocados por grupos laicistas protestaron ante la capilla de la Universidad de Valencia, en la Facultad de Medicina, en apoyo a los detenidos en Somosaguas.

Mientras autoridades académicas, políticos e instituciones toman posiciones avivando la temperatura del debate, los católicos resisten como pueden el chaparrón. Mercedes Boncompte, profesora de la Facultad de Económicas de la UB, confiesa a este diario su «humillación» e «indignación» por los ataques. Recuerda, aún afectada, lo que ocurrió el 15 de diciembre en la capilla catalana. «Era el cuarto miércoles que venían y esa vez consiguieron entrar en la capilla e impedir la misa. Me sentí profundamente indignada y humillada al ver nuestra querida capilla llena de personas que querían despreciarla con su actitud irreverente».

Los alumnos entraron con bocadillos y teléfonos móviles e impidieron la ceremonia. Hasta hace unas semanas podían verse porciones de queso en la sala. Mercedes no es muy optimista respecto a cómo acabará el conflicto pero no tira la toalla. «No podemos consentir que nos obliguen a salir de la Universidad para practicar nuestra fe. Si permitimos que se pise nuestra libertad religiosa y de culto en la Universidad, detrás irán cayendo todas las demás libertades», dice. A su entender, «la fe no contradice la razón». «La cultura occidental está cimentada sobre la fe cristiana», añade.

Pol Ribó, estudiante católico y «acosado» explica enfadado cómo un día los anticapilla empujaron a una compañera contra un cristal con tal fuerza que se rompió. El estudiante habla abiertamente de «persecución católica». Por su parte, mosén Joaquim Vidal, uno de los curas que oficia las misas, es optimista y cree que la solución está próxima y se basará sobre el diálogo. Los «anticapilla» no piensan lo mismo y anuncian que no pararán hasta que el rector rompa el acuerdo de 1988 con el Arzobispado, en virtud del cual existe la capilla.

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