Mezquitas, alminares y laicidad

Los países europeos, que censuran la falta de respeto a los derechos humanos, también los violan

La laicidad es un combate. No solo contra quienes, convencidos del sentimiento de omnipotencia de su fe, quieren imponerla a los demás, destruyendo así el pilar básico de la libertad individual sobre la que se fundamenta la civilización moderna, sino también frente a los propios laicos, que suelen olvidar el respeto debido a los creyentes de todas las confesiones. Un combate exterior contra las tentaciones totalitarias de las religiones e interior frente a la intransigencia para con el prójimo. Esta es la situación de Europa. El problema no es simple. Primero, porque todos los países europeos tienen sus tradiciones y su historia particular de gestión de las religiones. Y también porque la emergencia de una nueva confesión, sobre todo cuando aparece como externa a la cultura del país, con sus hábitos y costumbres, como el islam europeo, difícilmente puede evitar ser percibida como una amenaza identitaria.

Instalado en esta incómoda situación, el islam europeo, que representa unos 15 millones de ciudadanos, está, no obstante, en vías de integración. En la práctica, al convertirse en ciudadanos de unas sociedades con una tradición religiosa cristiana, los musulmanes aceptan adecuarse a las normas públicas y, en general, evitan contrariar con signos externos agresivos los hábitos mentales o incluso arquitectónicos de dichas sociedades. Que se sepa, los alminares no han servido en ningún lugar para la llamada del muecín a la oración. Y, a excepción de movimientos político-religiosos fanáticos muy minoritarios, o de ciertos imanes ignorantes y patológicamente sexistas, los musulmanes europeos crean un islam europeo tolerante, moderno y desacomplejado, que las fuerzas democráticas laicas de los países musulmanes observan con interés. Pero esta integración se ve contrarrestada por numerosas manipulaciones.
En efecto, los estados de origen de los inmigrantes musulmanes pretenden tener algo que decir sobre la «representatividad» de su «comunidad religiosa» en el país europeo de acogida; de ahí su ingerencia sistemática y, como consecuencia, su tendencia a trasladar a Europa la competencia que les opone en el mismo seno del mundo islámico. Y la situación se complica cuando algunos, como Arabia Saudí, hacen de la exportación de su identidad religiosa, a base de miles de millones de dólares, su principal instrumento de política exterior. Esto acaba siendo infernal para los fieles musulmanes que no desean más que vivir su fe en la indiferencia y la tranquilidad, cuando aparecen movimientos terroristas que pretenden representar al islam y, en su nombre, cometen crímenes abominables contra los europeos.
Ahí ya se ha rizado el rizo, pues en Europa, estos movimientos refuerzan incluso a los partidarios de la exclusión de los inmigrantes, aquellos que, en nombre de normas racistas, apelan a la guerra de confesiones y que, siendo minoritarios, pueden convertirse, como se ha visto en Francia con la peste lepenista, en partidos con influencia en la opinión pública.Así pues, no es sorprendente que asistamos a endurecimientos de las posturas identitarias, graves para el Estado de derecho y la paz civil. La votación suiza sobre los minaretes es el ejemplo más caricaturesco de ello: a falta de disipar esta religión en la conciencia de sus adeptos, se han prohibido los símbolos en los que puede reconocerse. He aquí una consecuencia del malestar identitario provocado por la manipulación del islam en el espacio público. Sumada a las excitaciones identitarias promovidas por el Gobierno francés, que pretende hacerle la competencia a la extrema derecha, cargando contra los inmigrantes y los franceses de confesión musulmana, esta votación es la señal de una crisis profunda de la laicidad europea. Pone de manifiesto que ciertos viejos países democráticos europeos, que tan a menudo censuran a las naciones no democráticas la ausencia de respeto a los derechos del hombre, los violan, en este caso «democráticamente», en la misma Europa. Variante del doble discurso que deslegitima para los no europeos la pretensión occidental de tener el monopolio del derecho y de la libertad.

El Estado suizo no es culpable del aumento de las miasmas malolientes de su opinión pública; la opinión pública francesa no es responsable del carácter aventurado de sus dirigentes políticos, pero, en ambos casos, la manipulación solo es posible porque la laicidad va mal y no sabemos cómo adaptar las instituciones seculares en la época de renacimiento de las identidades confesionales. Es decir, los europeos deben decidir entre construir una sociedad confesional donde el cristianismo solo acepte a las demás creencias según sus propias reglas, lo que supondría una enorme regresión cultural, o bien establecer un pacto laico donde todas las confesiones, confinadas en el ámbito privado, vivan en el respeto mutuo, lo que fortalece el Estado de derecho democrático. Solo esta vía permitirá que Europa, sobre todo si quiere combatir los integrismos, recobre su vocación universal en la práctica y no solo en los discursos.

* Politólogo y ensayista.

Traducción, Xavier Nerín.

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