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[México] La Iglesia, el Estado y la eutanasia

En toda plaza pública del mundo occidental destacan dos edificios que, como gigantes, se enfrentan uno al otro: una iglesia y una casa de la municipalidad. En sus más grandes expresiones, hablamos de una Catedral y un Palacio Nacional. En contadas ocasiones ambas estructuras compiten en majestuosidad, la cuales inexistente en los poblados máspobres:ese espacio suele quedar dominado por la catedral o la iglesia del pueblo, que es casi siempre el núcleo comunitario y hasta turístico del lugar.Esa constante,más que una metáfora,es una puesta en escena del mundo en que vivimos, en el cual no resulta claro quién manda: la Iglesia o el Estado.

Latinoamérica es el último reducto del Vaticano; en Europa, sus iglesias se transforman día a día en museos, centros de exposiciones temporales, restaurantes y hasta centros comerciales. No así en Latinoamérica, en donde los fieles continúan siéndolo. Y toda creencia es respetable, porque México es un país laico y cada quien está en completa libertad de elegir sus creencias religiosas: no existe una y solo una religión “oficial”. Pero también por ser laico, ninguna religión debería ejercer presión alguna en los poderes legislativo, ejecutivo y judicial.

No es eso lo que vemos en México: existe una fuerte injerencia de la Iglesia en la vida pública. Hasta para el cristianismo esto debería ser un absurdo, porque ya su figura central, según dicen sus propios textos,insistió según en la separación de la religión y del Estado: “Al César, lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”. Quienes no aplican esta separación, no son fieles a su propia religión.

Todo lo anterior hoy toma relevancia al hablar de la eutanasia. La iglesia, cuya sede política real está en Roma, no acepta la eutanasia ni aun en los casos de personas mayores que la piden a raíz de sufrir de manera irremediable una agonía prolongada y dolorosa, lo cual es en el fondo un verdadero sadismo y una auténtica falta de compasión ante el pedido expreso de un ser que sufre.

Y en efecto: quien esté contra la eutanasia,que NO la pida. Quien esté contra el aborto, que NO aborte. Pero no impongan su voluntad: eso nada tiene que ver con Dios, sino con una malévola lucha por el poder. Quienes requieren interrumpir su embarazo o requieren pedir una eutanasia no lo hacen por gusto: es una necesidad extrema.

Parafraseando a Evelyn Beatrice Hall, la biógrafa de Voltaire, el verdadero respeto consistiría en decir: “Yo nunca pediría la eutanasia, pero daría mi vida por tu derecho a pedirla”.

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