Mejor no creer en Dios

Imagino que quienes se preguntan con preocupación por qué no creen en Dios habrán encontrado razones suficientes para despejar sus temores en el espectáculo que se ha organizado en torno a la visita de Benedicto XVI. Existen tantos argumentos de sentido común, de realidades en las que no participa la fe, ni el misterio de la Santísima Trinidad, que si en algún espíritu quedaba el remordimiento de un descreimiento poco razonado, las jornadas de la juventud católica han dejado claro que Dios no es tan Dios, que no está en todas las partes y sólo es un tunante que permanece donde fluye el dinero, el poder, el lujo político, el marketing millonario, la insolidaridad y cualquier idea que arrebate al ser humano la capacidad de ser libre. A los que tenemos una edad las imágenes de los jóvenes de Cibeles con su insustancial colorido de camisetas y banderas españolas, sus cortos pensamientos y sus risas de boy scout, recordaron a las de aquel ¡Viva la gente! que en los años 70 anunció Coca Cola mientras otros jóvenes morían en Vietnam, en una guerra imperialista que nunca fue suya, o asesinados en dictaduras militares que rezaban a Dios. Ahora lo único que ha cambiado es la banda sonora, el tecnicolor de la Historia. Hoy también, mientras unos cantan en Madrid a cuenta del erario, otros mueren en guerras económicas que desgarran el mundo. Mueren de hambre, de exclusión, en el desarraigo de la inmigración, víctimas de políticas que consideran la educación un déficit presupuestario y no un derecho. Junto a esos jóvenes nunca veo a Dios. Por eso, como no soy teóloga, sólo un ser humano, me resulta tan explicable no creer en él.

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