Medias verdades

Hace pocos días, en estas mismas páginas se publicó un artículo de opinión en el que, hablando de la Iglesia y del IRPF, se vertían algunas afirmaciones que, como mínimo, son discutibles. Citando literalmente, se afirmaba que "Si la Iglesia Católica de España se declarase en huelga y dejará de prestar los servicios sociales que está llevando a cabo a través de sus centros y organizaciones, se produciría un colapso de tal magnitud… que dejaría al país paralizado".
Es una afirmación indudablemente cierta, pero no menos cierta que una docena de otras posibles. Por ejemplo, se puede comparar con esta otra: "Si todos los maestros, enfermeros, médicos y trabajadores sociales laicos se declarasen en huelga y dejaran de prestar los servicios que están llevando a cabo, se produciría un colapso de tal magnitud …". Bueno, completen ustedes mismos la frase.
Indiscutiblemente, las dos tienen la misma cantidad de verdad y las dos están igualmente vacías. No tiene sentido imaginar el colapso producido por la desaparición instantánea de un colectivo cuando la catástrofe sería la misma con otro colectivo diferente.
El mismo artículo estimaba el valor de los servicios sociales de la Iglesia enumerando el número de colegios, hospitales, residencias de todo tipo. Pero no tiene mucho interés cavilar si el coste de los servicios sociales prestados por religiosos o por laicos es mayor o menor. No hay duda de que unos y otros generan costes y producen beneficios. Pero es fácil comprender que el pago de todos los servicios de un país es un juego de suma cero. En otras palabras, tanto si se substituyeran todos los servicios sociales religiosos por otros laicos – o al revés – el coste sería el mismo. El total disponible es invariable y lo que unos ganarían lo perderían otros.
Sólo se podría afirmar la ventaja de unos y otros si conociéramos la eficacia de cada uno. Estaría bien saber si la Iglesia cubriría mejor las necesidades del país con todos los servicios sociales en sus manos, o si ocurriría lo contrario. Pero, evidentemente, el experimento es irrealizable.
Sin embargo, quizás sea conveniente tener en cuenta la conocida opacidad de las cuentas de la Iglesia. Cuesta aceptar que cualquier colectivo laico con responsabilidades sociales tenga obligación de mantener su contabilidad abierta, mientras que tal obligación no exista para la Iglesia. Se habla mucho de que el Vaticano es un paraíso fiscal, de que la Iglesia tiene acciones en fábricas de armamento, en las farmacéuticas, en la General Motors… incluso en fabricas de preservativos. Por supuesto, son afirmaciones dudosas. Pero la opacidad contable de la Iglesia contribuye a que aparezcan estas afirmaciones y otras parecidas. Y por otra parte, los muchos escándalos financieros que periódicamente salen a la luz, contribuyen no poco a alimentarlas. Por esto, no se puede reprochar que algunos duden sobre el auténtico altruismo de la Iglesia oficial.

Otro detalle, no menos interesante, está en que la encomiable labor de los servicios sociales que presta la Iglesia es inseparable del proselitismo. O por decirlo más claramente, de la propaganda. Algo así como ocurre las cadenas de televisión que nos entretienen, pero nos cobran por ello cada vez que parten los programas para obligarnos a ver los anuncios. Aunque hay una gran diferencia: esas cadenas se financian solas, mientras que la Iglesia católica no sólo hace proselitismo desde sus empresas, sino que todas ellas reciben dinero de cada todos los ciudadanos, incluyendo los fieles de otras iglesias o los no creyentes. Porque en el artículo tantas veces citado hay una afirmación que será mejor considerar errónea antes que interesadamente falsa. Afirma que "el Estado no aporta nada a la Iglesia; quien decide… es el contribuyente de forma libre cuando pone el "sí", o la "x"…" Lo cierto es que la aportación que la Iglesia recibe a través del IRPF es sólo una fracción del total que el Estado le entrega. Y esto es un hecho fácilmente comprobable. Por esto, la Iglesia se comporta como una cadena de televisión que, además de cortar cada poco sus películas con anuncios, obligase a pagar por verlas.
En fin; está claro que conviene añadir algo a las medias verdades – o los errores – contenidos en el artículo comentado. Conviene saber que si uno marca la cruz en la casilla del IRPF, ciertamente dará dinero para los encomiables fines de la Iglesia Católica. Pero no debe olvidar que ese dinero se restará del que el Estado podría disponer para otros fines quizás no menos importantes. Por aquello de la suma cero: lo que unos ganan, otros lo pierden.

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