Medallas, escapularios y procesiones marianas en agosto

Gracias a la extraordinaria labor del  Observatorio del Laicismo  www.laicismo.org y a toda la red de colaboradores y colaboradoras  de “Europa Laica” que lo apoyan hemos podido conocer, diariamente, la cantidad de  ministros, alcaldes, presidentes de la diputación, delegados del gobierno y  concejales que este verano están participando en centenas de procesiones, imposición de medallas a vírgenes, misas y otras raras liturgias católicas, como el curiosísimo y estrafalario  descenso del lienzo de la Virgen de la Paloma en Madrid. Todos estos cargos públicos suelen ir acompañados por  funcionarios  de cuerpos diversos de la administraciones (bomberos, policías, bandas municipales etc.) y un sinfín de paniaguados. Decir que vivimos en un Estado aconfesional cuando los representantes públicos participan, sin el menor rubor, en estas liturgias católicas es, cuando menos, contradictorio. En algunas  comunidades autónomas se ha llegado al ridículo de fomentar peregrinaciones católicas que estaban totalmente muertas (caso del llamado Año Santo Lebaniego) y donde se han creado, incluso, sociedades públicas para gestionar esas peregrinaciones. El ridículo mayor lo ha hecho Miguel Angel Revilla que llevó a Santander, para promocionar el Año Santo  Lebaniego, a Enrique Iglesias y todavía los santanderinos están esperando saber cuánto costo esta patochada-allí donde está Miguel Angel Revilla siempre hay sospechas de chanchullos- ( ver  )

Muchos de  estos cargos públicos, para justificarse, claman por la  tradición popular y  la cultura. En general, si se estudian un poco estas liturgias y fiestas   veremos que la mayoría no tienen más allá de dos siglos y generalmente están unidas a la creación de un imaginario social ultra reaccionario frente al avance del liberalismo español.  Pero no es este el objeto de este artículo. El objeto es apoyar y a dar ánimos  a todos  y todas los alcaldes y  concejales que  se niegan a asistir a estas liturgias católicas, salvaguardando, de verdad, la supuesta confesionalidad del Estado y sus instituciones. Desde luego a la cabeza está el alcalde de Santiago, Martiño Noriega, político de En Marea,  que lleva desde el 2005 resistiendo, como puede, a las presiones que le llegan desde todos lados, para asistir a la fiesta patronal del apóstol y patrón de España y junto a él son muchísimos y muchísimas concejales que intentan promover el laicismo institucional y la libertad de conciencia. Algunos ayuntamientos, como el de Valencia, el de Santiago y/o el de Gijón, por ejemplo, han suscrito acuerdos para impulsar una red de municipios laicos en España, algo más que conveniente.

 Una de las razones de asistir a estas jolgorios litúrgicos católicos es el populismo electoral. Se pretende quedar bien con todo el mundo  y enganchar votos por todos lados; en general esta es una de las razones que más pesa. Es el famoso populismo. Por cierto, una mayoría de cargos públicos de Podemos, Comprimís, Izquierda Unida o En Marea -los supuestos populistas-han sido los menos populistas al no seguir la corriente populacheras de asistir a las fiestas y liturgias católicas. No ha sido el caso de Ahora Madrid  y a la alcaldesa Manuela Carmela  que se está caracterizando por todo lo contario, acudiendo a un sinfín de actos confesionales católicos pese a las promesas electorales que formularon antes de las elecciones; ¡del laicismo institucional prometido a portar escapulario en la Virgen de la Paloma!

Es curioso que este núcleo laicista  de representantes del pueblo sean considerados, por la mayoría del resto de representantes que si acuden a estos actos confesionales, como  intransigentes  e intolerantes, incluso extremistas. ¡ El mundo al revés! Marcelino Menéndez Pelayo, el más insigne polígrafo montañés,  dedicó una de su obras más importantes “Historia de los heterodoxos españoles” a documentar la historia de los heterodoxos a los que consideraba fuera de la Nación española; creía que el cristianismo era el sustrato de la Nación y el Estado y que todos aquellos que no habían comprendido este asunto eran heterodoxos que contribuían a disolver la Nación. En el epilogo de esta interesantísima obra Menéndez Pelayo hace la siguiente observación:“(..), aunque no sean muchos los librepensadores españoles, bien puede afirmarse de ellos que son de la peor casta de impíos que se conocen en el mundo, porque, a no estar dementado como los sofitas de cátedra, el español que ha dejado de ser católico es incapaz de creer en cosa ninguna, como no sea en la omnipotencia de un cierto sentido común y práctico, las más veces burdo, egoísta y groserísimo. De esta escuela utilitaria suelen salir los aventureros políticos y económicos, los arbitristas y regeneradores de la Hacienda y los salteadores literarios de la baja prensa, que, en España como en todas partes, es un cenagal fétido y pestilente. Sólo algún aumento de riqueza, algún adelanto material, nos indica a veces que estamos en Europa y que seguimos, aunque a remolque, el movimiento general(…) España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas.”

Es una observación que nos evoca, desafortunadamente,  un cierto discurso político de nuestros días.

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