Matrimonios gays

La dialéctica de Hegel es una teoría de la historia según la cual una fuerza o proceso que se aplica continuadamente, cuando llega a cierto grado de intensidad, se transforma en su contraria. Por ejemplo, si aguantamos con la mano una barra de hielo, al cabo de un rato en vez de sentir frío se tiene sensación de quemazón: el frío al superar un nivel se vuelve su contrario: calor.

 Otro ejemplo, el trabajo secular acumulado en capital en forma de máquinas trae consigo el ocio, porque las máquinas realizan los trabajos que antes desarrollaba la energía humana. Hegel lo formulaba así: cada tesis se convierte en su antitesis y ésta es una nueva tesis que se volverá a transformar en su contraria. Lo bueno —o lo malo— del asunto es que el proceso no para nunca. Todo va evolucionando gradualmente, hasta que, de pronto, se salta al contrario. Así, la noche comienza al mediodía, que es cuando el sol llegó a lo más alto y comienza a descender: a las 3 de la tarde no percibimos la noche, pero de hecho ya ha comenzado y se notará, de golpe, a la puesta de sol.

Si no supiéramos esto de la dialéctica, ¿quién nos iba a predecir que veríamos a la derecha echándose a la calle y a los obispos tomando la pancarta en democrática competición con el Camarote de Samba de Carlinhos Brown y sus forofos gays? ¿Está el mundo al revés? ¡Qué va! Es que el mundo gira y gira en el espacio, y por la dialéctica de la historia, también da vueltas en el tiempo. Son los corsi e ricorsi de Gianbatista Vico, el “eterno retorno” de Nietzche o, si lo quieren más castizo y sencillo, “donde las dan, las toman”.

Estoy plenamente a favor de las uniones gays, llámense matrimonio, patrimonio o hipoteca compartida. Como decía Savater, los gays quieren entrar en el matrimonio, que era algo impensable y horripilante para gays y no gays de los años 60. Lo que entonces se aborrecía —el matrimonio— ahora se reclama como derecho democrático: toma dialéctica. Y los obispos, que nos conminaban bajo severos castigos infernales a no copular fuera del matrimonio, ahora protestan enfurecidos ante la unión legal. Claro que es el mundo al revés, pero para experimentarlo de veras hay que haber vivido más de 60 años.

Oponerse a que la ley proteja por igual gays, lesbianas y heteros es insostenible, por lo cual pienso que la oposición de los católicos se refiere a la palabra. Ya se quemó a bastante gente por palabras: el “filioque” le costó la carrera o la vida a más de un cura, Carlomagno arruinó la vida del obispo Félix de Urgel por decir que Jesucristo era hijo “adoptado” de Dios. En las religiones del Libro —judía, cristiana, musulmana— las palabras son muy importantes, demasiado para mi gusto, y por ellas se lanzan los creyentes a la calle. En Alejandría, en el siglo IV, se habrían matado entre ellos. Hoy, más civilizados, compiten con Carlinhos Brown, que, por cierto, ha tenido que ausentarse de Brasil porque le pillaron cantando de play back.

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