Mateu contra el silencio

Siguiendo la doctrina del Vaticano, el Obispado de Mallorca ha apartado cautelarmente de su ministerio al cura de Can Picafort mientras investiga unas «graves acusaciones» de presuntos abusos sexuales a menores en su contra. Algunos prefieren no saber, ot

Para mí no hay más virtud que la valentía; de hecho, mi bienaventuranza favorita es la que se refiere a "los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados". Por este motivo y por otros, la semana pasada me conmovió tanto como me escandalizó la noticia de la suspensión de sus labores pastorales del párroco de Can Picafort, Pere Barceló, mientras se le investiga por presuntos abusos sexuales a menores de las comunidades que guió. El Papa Ratzinger decidió hace unos meses tomar el toro por los cuernos en lo que respecta a la pederastia en el seno de la Iglesia, una lacra de proporciones épicas que amenaza la propia pervivencia de la institución, y el Obispo de Mallorca ha seguido su mandato. El silencioso Jesús Murgui ha cortado de raíz una carrera de décadas de denuncias y conductas sospechosas del cura en cuestión, en una decisión cautelar que para mí vale un legado y le convierte en un pastor digno de confianza. La espita de un asunto que ha causado conmoción sobre todo en el norte de la isla fue el caso de una chica que, años después de ser supuestamente vejada por Barceló, se sinceró con la oenegé RANA, que a su vez transmitió sus fundadas sospechas al obispado. Pero antes hubo una voz que no se cansó de clamar en el desierto, una voz que yo conozco muy bien.

Mi compañero en este diario Mateu Ferrer tenía 18 años y era catequista cuando sorprendió al cura de Can Picafort abusando presuntamente de una niña de unos diez años en la rectoría. Lo fácil hubiera sido cerrar la puerta, olvidar el tema, poner la excusa de la falta de tiempo para los estudios y no volver por la parroquia, autoconvencerse de que la realidad es otra cosa distinta de la que es, meterse en los propios asuntos, pasar página y practicar la política usada por tantos y durante tanto tiempo en este tipo de casos: la infinita tolerancia ante los agresores, que suelen tener por el mango la sartén del poder y el prestigio social. Pero en el chaval de entonces residía el hombre de hoy, tenaz, corajudo y consciente de que la verdad nos hace libres y mejores personas, axioma que sirve igual para la vida que para el periodismo. Y así comenzó su propio calvario de trece años denunciando en balde ante la guardia civil, la fiscalía, el obispado y los medios de comunicación que Barceló no era digno de la reverencia con que se obsequiaba. Ahora que la "gravedad de las acusaciones" ha llevado a la Iglesia a mover ficha, tengo otra bienaventuranza para Mateu: "Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos".

Porque, lo saben los de RANA y lo vemos a diario, muchos prefieren pasarse al lado oscuro de la fuerza antes que enfrentarse a una realidad demasiado horrible, la que han ayudado a construir por omisión, silencio tras silencio, delito tras delito. Es decir, Mateu, a algunos les será más fácil insultarte a ti y poner en duda tus motivos, que vivir con la losa de que no vieron lo que Barceló les hacía (presuntamente) a las niñas pequeñas e indefensas, hoy mujeres con la autoestima dañada. La vergüenza social, la necesidad de tapar, de que no se sepa, de proteger a los prohombres del pueblo por muy indignos que sean, la rabia por que "uno de los nuestros" haya puesto luz en las sombras que optamos por ignorar, todo eso son circunstancias. Tú elegiste bien. Te pusiste del lado de las víctimas. Que es donde hay que estar.

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