Más allá del velo

«El islam aparece entonces, hasta para los regímenes de corte socialista, como el rasgo distintivo fundamental frente a todo lo europeo, incluido, por supuesto, el derecho»

Uno de los principales obstáculos, sino el más importante, para la democratización de las sociedades árabo-musulmanas, es la flagrante desigualdad en la que se encuentra la mujer en relación al hombre. La clave está en la subordinación de la mujer, que en Derecho occidental, podría equivaler a un menor no emancipado. La mujer, según la sharia, está desprovista de capacidad jurídica…fuente misma de la desigualdad legalizada. El salto a la globalización representa un nuevo reto para el Derecho Islámico en su aplicación pública para desarrollo de la economía y la sociedad». Estas palabras de Francisco Carrillo, que fue embajador de la Unesco en Túnez, en su trabajo Los Islamistas contra la libertad de la mujer: la excepción tunecina, señalan uno de los la grandes desafíos de la Umma musulmana -la comunidad supranacional de los creyentes- para el siglo XXI: superar la desigualdad entre sexos. El hecho no sólo constituye una injusticia, sino también una torpeza de carácter estratégico, ya que impide la incorporación de la mujer como vector desarrollo socio económico. No obstante, y a pesar de la lamentable situación, parafraseando a Tokia Saïfi, primera mujer nacida de la inmigración magrebí que formó parte de un gobierno en Francia: «La Historia se escribe con el tiempo y el tiempo es aliado del cambio». La vanguardia de este cambio se encuentra en el Occidente árabe, en el Magreb.

El renacimiento.

Hace dos siglos, en pleno renacimiento árabe (Nahda), Rafí al Tahtawi, el padre de la modernidad árabe, proclamó: «Los hombres son como las mujeres en todo». Contemporáneo suyo, el egipcio Qasim Alim fue el pionero del movimiento feminista y apóstol de los derechos de la mujer. Este último publicó en 1899 La Liberalización de la Mujer y en 1901, La Mujer Nueva. En ambas obras, sostenía que existía un paralelismo entre la opresión a la mujer y la opresión a la Nación; que la liberalización y el desarrollo no se conseguirían sólo con la independencia política, sino con una profunda reforma social en la que todos sus miembros participaran activamente: «La mujer es un requisito esencial para el desarrollo nacional», escribía Alim. El intelectual egipcio tuvo una discípula: Malak Hifni Nazik,(1886-1918), que es considerada la precursora de las feministas árabes. Ella continuó la labor del maestro, incidiendo especialmente en la educación femenina como palanca de cambio y en poner freno a la poligamia y el repudio indiscriminado, aunque respetando los preceptos islámicos establecidos. Unos años más tarde, un grupo de mujeres sirio-libanesas emigradas a Egipto y que habían estudiado en instituciones europeas, forman el primer núcleo del movimiento feminista en el mundo árabe. Estos/as pioneros/as abren un debate, cuyo testigo recogerá Tahar Haddad en el Túnez de los años treinta del siglo pasado. Con todo, estas, no pasarán de ser aproximaciones intelectuales, paradójicamente promovidas mayoritariamente por hombres. Las tesis fundamentales que sostienen son: la injusticia de la situación desigual, el obstáculo que supone para el desarrollo político, económico y social de la Umma y la afirmación de que no son los textos sagrados los culpables, sino las interpretaciones conservadoras –motivadas por el control del poder político- de las que estos han sido objeto en el correr del tiempo. En palabras de Montserrat Abumalham, que fue Directora de Instituto de Ciencias de las Religiones de la Universidad Complutense: «Es más un problema de estructuras sociales que de religión». Un factor aclarado aún más por expertas como Najma Moosa: «Es interesante observar que el Corán tiene más versos –unos 100- que lidian con cuestiones que afectan a la mujer, que con cuestiones legales per se, de entre estos, solo unos pocos son utilizados para explicar el verdadero estatus de la mujer, resulta sorprendente entonces la variedad de paradigmas que se derivan de la interpretación de estos». Los años transcurren en medio del tradicionalismo e inmovilismo social y llega el momento de la descolonización. Cuando los países del Magreb forcejean por la independencia con las potencias colonizadoras, la mujer juega un papel fundamental en la lucha. Entonces, mirándose en el espejo de la Ilustración y de la Revolución Francesa -que tanta influencia habían tenido en la Nahda árabe- el movimiento feminista en ciernes, se convence de que la Independencia le garantizará un estatus igualitario al de sus compañeros masculinos de lucha. Pero los estados-nación que surgen de la descolonización tienen un gran problema: sufren una crisis de identidad nacional, necesitan desesperadamente crearla y consolidarla.

El Islam aparece entonces, hasta para los regímenes de corte socialista, como el rasgo distintivo fundamental frente a todo lo europeo, incluido, por supuesto, el derecho. A este factor se une la necesidad de anclar el poder político de las nuevas elites en una base social firme, con lo que se hacen concesiones a los sectores más tradicionalistas y la mujer paga el precio. Se crean dos realidades en las que se pretende integrar a las personas: como ciudadanos (con Constitución y derecho positivo) y como creyentes, parte de la Umma, con Leyes de Estatuto Personal, basadas en la interpretación de la Ley islámica. En las décadas siguientes se imponen estos estatutos: en Túnez, la Mayalla; en Marruecos, la Mudawwana; en Argelia, el Qanun al Usra. Con el tiempo y la globalización el resultado es el choque entre dos legitimidades: la laica y la religiosa. «La Nación como entidad política y la Nación como entidad cultural», según nos explica Gema Martín en su libro Mujeres, democracia y desarrollo en el Magreb. Según los indicadores disponibles, los países en los que existen mayores cotas de igualdad entre los sexos, son también los que van a la cabeza del desarrollo humano. Este hecho, que es una realidad mundial, es aplicable al Magreb. Aquí, Túnez, es un ejemplo con excelentes resultados económicos y de progreso social. La patria de Haddad, es, posiblemente, el país más igualitario del Magreb, donde la mujer participa en política activamente desde 1959, cuya presencia parlamentaria es la mayor de la zona y según un estudio de Freedom House, la participación de la fuerza de trabajo femenina se acerca al 40%. Marruecos, siguiendo la estela tunecina, abrió un proceso de reformas –una muy significativa de la Mudawwana en el 2004- que debería de reportarle grandes avances, acompañando su progresiva integración en una zona económica común junto a la UE.

Uno de los intelectuales destacados de la Nahda, Muhammad Abdu, fue el primero en reivindicar la emancipación de la mujer árabe. Como apunta Gema Martín en su trabajo ya citado, para él: «El Islam no sólo no se oponía a la evolución femenina, sino que otorgaba a la mujer derechos que las europeas tardaron muchos años en conseguir, reconociendo a la mujer como ser independiente e igual al hombre». Consideraba además que «mantener a la mujer en la postergación impedía cualquier progreso social». Ahora el Magreb repasa las páginas de su historia y debe estar dispuesto a descorrer el velo del progreso.

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