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Más allá de las lágrimas estériles

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Tras el intento de asesinato de Salman Rushdie, el autor señala las ambigüedades e incongruencias de la izquierda en su denuncia del fundamentalismo islámico y la emplaza a encarnar sus valores fundacionales

Tras el intento de asesinato a Salman Rushdie, los debates interminables de Twitter nos remiten al día de la marmota. Condenamos compungidos, nos cambiaremos incluso de foto de perfil en redes sociales y oficiaremos de plañideras transitorias unas cuantas horas. Acaso unos días. Quizás, durante semanas. El quejido será engullido por otros imperativos más prosaicos y caerá, de nuevo, en el olvido.

Volveremos a nuestros quehaceres diarios y se apagarán las luces. Los maestros de Charlie Hebdo seguirán disparando sus lúcidos dardos blasfemos, al menos queda ese consuelo. Desde la condición de simple lector y admirador militante les ruego que nunca cesen de ofender e incomodar por el bien de la libertad y el laicismo, al menos si nos importa de verdad la maltrecha salud democrática de sociedades cada vez más terminales en la denigrada materia de los derechos ciudadanos. Ahora bien, que nadie olvide jamás las dramáticas consecuencias de la libertad de expresión cuando no es eco a favor de la corriente -materia en la que se doctoran tantos profesionales de la neutralidad- sino grito de denuncia frente a una amenaza tan real como letal: el islam político no acepta faltas de respeto al libro sagrado y al profeta, y seguirá sacrificando a los infieles.

Lo explicaba con cristalina precisión Taslima Nasreen, escritora feminista, atea y defensora de los derechos humanos: “Los críticos del Islam fueron asesinados en el siglo VII. Todavía son asesinados en el siglo XXI. Seguirán siendo asesinados hasta que el Islam se reforme, hasta que la libertad de expresión se respete, la violencia sea denunciada, se destruya el caldo de cultivo del extremismo y no sea considerado sagrado ningún libro”. Añadía en sus redes sociales con idéntica brillantez: “El Islam no puede estar exento del escrutinio crítico que se aplica a las demás religiones. El Islam debe pasar por un proceso de Ilustración en el que se cuestionen los aspectos inhumanos, desiguales, anticientíficos e irracionales de la religión”.

En tiempos de encanallamiento de las palabras y de degradación general del debate público, hay quien ha optado por la vía de someterse a “la tentación oscurantista”, por decirlo en palabras de la ensayista y militante laica francesa Caroline Fourest. Llama especialmente la atención que quienes más acento han puesto durante los últimos tiempos en acabar con los rescoldos de la influencia de fundamentalismos ya caducos o relegados a la periferia social y a la marginalidad política, exhiban sin embargo una cautela tan ambigua y titubeante con el islamismo. Esa actitud desemboca en una turbia posición comprensiva con las salvajadas más abruptas. Intolerable si no renunciamos a la vocación de universalidad y racionalismo para enjuiciar las interacciones del conjunto de los ciudadanos de la sociedad política. Si no estamos dispuestos a validar como aceptable la gradación tribal de la ciudadanía que fundamentalistas identitarios e integristas religiosos prescriben imperativa.

Para justificar tamañas imposturas, comunes cuando se escruta al islamismo, con frecuencia se apela a las “fobias” para cancelar cualquier debate, como si algunas religiones fueran esferas privadas, impermeables a la menor crítica, que siempre se descalifica como un ejercicio de intolerable etnocentrismo. Como si algunos dogmas tuvieran patente de corso para ubicarse en una torre de marfil privada, exentos del sometimiento a las reglas de la lógica, la racionalidad o los imperativos legales que rigen la vida en común para todos los ciudadanos de una sociedad democrática. Apelar a un presunto racismo islamófobo para acallar cualquier crítica al islamismo no solo banaliza los conceptos sino que convierte la tentación oscurantista en una suerte de obligación que, en el culmen del delirio, filtra cierta oficialidad progresista para calibrar la veracidad de tu pedigrí democrático.

La verdadera militancia antirracista sería desechar de una vez por todas la insoportable condescendencia del falso progresismo biempensante que considera patrimonio europeo y occidental los Estados de derecho y el laicismo identitario. La libertad y los derechos de ciudadanía. La libertad de creencias, culto y religión: esa que incluye la posibilidad de ser radicalmente ateo y abiertamente laicista. El verdadero antirracismo dejaría de blanquear el gueto multicultural que segrega y obstaculiza el acceso a la condición de ciudadano en una sociedad política laica, garantía de los derechos de todos, donde cualquier creencia es legítima siempre y cuando no quiera ser impuesta coercitivamente a los demás como un dogma de fe de la superstición colectiva de turno. El verdadero antirracismo sabe que el integrismo religioso y los estragos de fundamentalismos pretéritos exigieron también aquí severos procesos de quiebra y laicización. Es consciente de que los derechos y las garantías no pueden estar reservados para nosotros pero secularmente vedados para las principales víctimas del islamismo. Como si esas víctimas no fueran los y las que sufren el oprobio, la violencia, la persecución y la muerte en las propias sociedades musulmanas.

La aceptación de la diversidad no puede convertirse en el grotesco blanqueamiento del integrismo religioso de ningún dios, profeta o libro sagrado, tampoco islámico. Tal posición, a fuer de injusta y cómplice con un movimiento netamente político que se ubica en las posiciones más genuinamente reaccionarias que uno pueda imaginar, es una agresión explícita a personas como Salman Rushdie o a todas aquellas mujeres que, como Taslima, o como mis admiradas Násara Iahdih, Mimunt Hamido o Najat el Hachmi, entre muchas otras, cada día ejercen un magisterio de íntegra valentía al enfrentarse a las criminales implicaciones de los patriarcados de coerción islámicos que asesinan a niñas y mujeres, que las condenan a vivir en verdaderas cárceles de violencia y vejaciones innumerables. Esos patriarcados islámicos asfixiantes están operando un fenómeno sombrío en sociedades presuntamente democráticas: la inacción de los Estados de derecho está permitiendo la aparición de grietas en la esfera pública donde las leyes civiles del Estado decaen y son de facto sustituidas por leyes religiosas que violentan y quiebran dichas leyes comunes. La privatización de las leyes comunes a causa del fundamentalismo islámico no es un fenómeno ajeno a nuestras democracias: ocurre, por ejemplo, con vecinas y conciudadanas abandonadas por nuestras instituciones que se enfrentan al infierno religioso, familiar y tribal, ante la abdicación estatal. Ya sabemos que constituye una verdadera anomalía democrática la conversión forzosa de los simples ciudadanos en verdaderos héroes.

Ante esta realidad desalentadora, no espero nada de nuestros locales conservadores ultramontanos, integristas de otro signo, ni de aquellos que siguen atrapados en la acrítica aquiescencia con la geopolítica imperialista que tanto ha promovido, a través de arbitrarias y desastrosas invasiones militares en Oriente Medio o el norte de África, el auge y crecimiento del wahabismo, con sus políticas integristas, marginales hace décadas en los países árabes, empezando por el velo y continuando por los matrimonios de conveniencia o la imposición tenebrosa de la ley islámica. De quienes deberíamos esperar liderazgo en esta batalla democrática es de los primeros herederos de la razón ilustrada, del universalismo y del laicismo republicano: esas mismas izquierdas que, de una vez por todas, tienen que despertar de su pesadilla equidistante y señalar con firmeza al islamismo, una doctrina religiosa y política totalmente incompatible con sus más elementales principios normativos.

La deuda y el compromiso irrenunciables que resultan imperativos desde la izquierda para con tantos héroes y heroínas cívicos de nuestro tiempo vendrá dado por la claridad y el arrojo en el combate contra el integrismo religioso que destruye la libertad de expresión, tritura el ideal de ciudadanía, niega la posibilidad de una democracia republicana laica y aborta, con ello, cualquier horizonte de emancipación humana.


Guillermo del Valle es abogado y director de El Jacobino.

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