Marta Fontenla : “la Iglesia fomenta la desigualdad”

La religión influye en la educación, en la sumisión de la mujer frente al varón. Esa inequidad genera distintas formas de violencia. Las políticas del Estado deben ser tomadas por la sociedad, para poder generar un cambio.

Marta Fontenla, cofundadora de la Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer (ATEM), ha escrito varios trabajos sobre prostitución y patriarcado, para dar cuenta de la opresión femenina y la apropiación de su fuerza productiva y reproductiva. En esta división del trabajo y de los lugares de poder, la institución de la fe cumple un rol crucial. “La Iglesia católica se mete en la educación y fomenta la desigualdad, que crea violencia”, apuntó Fontenla y remarcó que un paso importante para poner un freno a la escalada de violencia de género, es que la sociedad se involucre.

–El fin de semana pasado, nueve mujeres fueron asesinadas y, el miércoles, apareció el cuerpo sin vida de la referente trans Diana Sacayán. ¿Ha aumentado la violencia de género o se comenzó a visibilizar una situación que ya sucedía?

–Hay un crecimiento de la violencia. Si bien no hay estadísticas para poder establecer comparaciones, en cinco días hubo ocho femicidios. Ante el avance de las mujeres existe una reacción patriarcal que no acepta el cambio, de la sumisión y atención permanente con el varón, a una de mayor autonomía. El hombre pierde su lugar de proveedor, de rey de la casa, y se manifiesta la violencia que encerraba esta disposición. Similar a la caza de brujas a inicios de la Edad Moderna. Esas mujeres que tenían conocimientos de la medicina debían ser acalladas, para que los médicos capitalistas conservaran su poder. La división sexual del trabajo confinó a las mujeres a la reproducción. Ahora, las brujas somos quienes no aceptamos los cánones y normas tradicionales.

–En el encuentro de mujeres en Mar del Plata se pudo ver a un grupo minoritario de católicos nacionalistas, con amparo de las fuerzas de seguridad, provocar a las mujeres que marchaban, ¿hasta dónde estos grupos son minoría y no manifiestan el pensamiento de gran parte de la sociedad?

–Son los grupos extremos más visibles y antidemocráticos. La expresión máxima de lo que está pasando. Frente a un reclamo como es el derecho al aborto, para que las mujeres pobres no mueran por prácticas mal hechas, elaboran una concepción violenta a la espera de crear una escalada frente a las manifestaciones por la libertad y liberación. Esos grupos aparecen bien preparados para llevar adelante esa política antifeminista, pero no son los más influyentes. Hay una cultura de la violencia que se desarrolla en distintos planos, cuando aparecen reclamos de mayor igualdad, y cuyo objetivo es no ceder privilegios. Se necesita un cambio cultural que apunte a la igualdad entre hombres y mujeres, porque donde hay desigualdad hay violencia. Los medios de comunicación cosifican a la mujer. Se establece una cultura de abuso prostituyente, en la que el toqueteo es lo normal. La mujer aparece al servicio sexual del hombre. La prostitución abordada como algo natural, un trabajo de las mujeres y no como una situación básica de violencia. Todo esto hay que desmontar.

–¿Cuánto influye la Iglesia y la educación en la desigualdad y violencia contra la mujer?

–Tiene mucho que ver. Se basan en la sumisión de la mujer frente al poder del varón. En Argentina, la iglesia católica es el poder institucional más fuerte. Se mete en la educación y fomenta la desigualdad, que crea violencia. En la Iglesia hay abusos de pedofilia que no son sancionados y se critica a un obispo homosexual que manifiesta su gusto. Se rigen con valores establecidos por un sistema patriarcal, donde el más fuerte y poderoso se impone.

–¿Qué ocurre en los países europeos donde la religión mayoritaria es la protestante?

–Países como Holanda y Alemania tienen reglamentada la prostitución, expresión máxima de desigualdad. Lo consideran un trabajo o servicio que las mujeres tienen que dar a los varones. Los homicidios de mujeres prostituidas en Holanda aumentaron a 123 en los últimos años. En Suecia, donde la prostitución no es considerada un trabajo y se la combate, no hubo muertes. Queda claro que cuando un Estado cuida los derechos de la mujer, los femicidios bajan.

–¿Cuáles deberían ser las políticas de Estado para disminuir la cantidad de femicidios?

–Pasan por la prevención. El femicidio es una situación consumada. Faltan políticas públicas impulsadas por el Estado y tomadas por la sociedad. La población debe involucrarse cuando escucha o ve una situación de violencia. Presentarse en un juzgado para hacer la denuncia o, por lo menos, llamar al 911. Hay que marcar a los golpeadores. De lo contrario, se hace imposible prevenir una muerte. Hace falta formación de operadores a nivel policial que reciban las denuncias y sepan actuar frente a una situación de violencia familiar. No continuar educando con la base de la sumisión en las mujeres y de la violencia en los varones. Cumplir con la ley de educación sexual. Capacitar a los docentes para que sepan abordar el tema, y actuar sobre la familia para ponerla al tanto de lo que se va a desarrollar en el colegio.

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