Marcha de mujeres por el derecho a decidir

El encuentro de mujeres de todo el país en Tucumán despertó la reacción de sectores conservadores de la Iglesia Católica con una virulencia que llegó al intento de copar las reuniones para impedir los debates.

“Qué momento, qué momento, a pesar de todo les hicimos el Encuentro”, fue el canto que más resonó en la multitudinaria marcha de más de diez cuadras y una cifra cercana a la estimada de 20 mil mujeres según estimaron las organizadoras del 24º Encuentro de Mujeres, realizado en Tucumán. El 10, 11 y 12 de octubre del 2009 es la segunda vez que las mujeres de todo el país llegaron a la provincia –la primera vez fue en 1993–. Este año se dio frente a una virulencia de sectores eclesiásticos que no se había visto antes y que provocó el reproche, frente a frente, de las mujeres a varones y mujeres que rezaban y se resguardaban con carteles de fetos con la consigna “Sí a la vida”.

Los Encuentros de Mujeres nacieron en 1986, son autofinanciados y autoconvocados y tienen la modalidad de discutir en talleres abiertos temas que van desde el aborto al medio ambiente. Pero, desde que empezaron a tomar fuerza y a sumar mujeres (la cifra de concurrentes se multiplicó muchísimo desde las primeras 600 integrantes hasta las actuales 20 mil señoras, jóvenes y adultas que viajan de todo el país para juntarse) y que ríen, cantan, discuten y charlan sobre sus problemas y deseos, cada año en una provincia distinta.

La marcha final del 2009 se realizó con serios incidentes con sectores religiosos que sumaron alrededor de 300 a 500 fieles frente a iglesias e hicieron sonar las campanas sin parar para que no se pudieran escuchar los cantos de las mujeres. Sólo en Mendoza, Salta y San Juan provincias fuertemente conservadoras los enfrentamientos habían sido tan virulentos. Y, hasta ahora, no se había visto tanto despliegue policial, primero con cordones integrados solamente por personal femenino de las fuerzas de seguridad y después por policías anti motines que corrieron a las manifestantes, tiraron gases lacrimógenos e, incluso, algunos miembros de civil le echaron pimienta en los ojos a una travesti –Maité, de Córdoba– que después fue golpeada en el piso, y levantada por sus compañeras. El miedo generó corridas. Y demostró que las mujeres movilizadas asustan.

Pecadores en barra

Los balcones ya anunciaban una embestida con banderas amarillas y blancas del Vaticano colgadas en los edificios. Pero frente al Colegio Sagrado Corazón se destapó la estrategia de la Iglesia: una barra de muchachos de colegios privados rezando el rosario. Mientras las mujeres les gritaban a la cara “Saquen sus rosarios de nuestros ovarios”. “La Iglesia, esta vez, estuvo como nunca en todos los talleres impidiendo que debatamos sobre sexualidad, mientras ellos tienen un montón de curas abusadores”, apuntó María Eugenia Bengolea, de Apostasía Colectiva que promueve el renunciamiento de las mujeres a la Iglesia Católica.

El caso del cura César Grassi –condenado a 15 años por abuso sexual de menores, pero todavía en libertad– no es un caso aislado. En Estados Unidos, la Iglesia de Boston quebró económicamente por las indemnizaciones que tuvo que pagar a causa de los juicios masivos por las violaciones sufridas por cientos de niños/as y adolescentes. Por eso, las mujeres del Encuentro tomaron la lucha contra el abuso sexual como otra de sus consignas. “Sí señores, sí señores, prohíben el aborto los curas abusadores”, denunciaron en rima. Y remarcaron: “¡de menores!”. El canto pasaba por las esquinas y alguna gente de Tucumán miraba pasar la marcha. Un pelado de remera con cuellito y brazos cruzados dejó, por un segundo, su charla sobre Palermo y lanzó “tienen razón” para volver a hablar de Palermo.

No todo es intolerancia, pero las mujeres se sienten tan agredidas que se emocionan cuando frente a la vidriera del negocio “Club Fun” con vestiditos con flores y caballitos –¡preciosos!, nada mejor que marchar y mirar vidrieras a la vez y sin culpas– leen un cartel que dice: “Bienvenidas mujeres de todo el país”. La moda de la solidaridad gusta tanto que se toman fotos con el pulgar en alto para desvestirse, por un rato, de las agresiones que escuchan por ser mujeres y luchar por los derechos de las mujeres.

En la calle, la Iglesia hizo una pegatina de carteles con la consigna “Tucumán por la vida” y en la antítesis permanente de la noche del 11 de octubre un cartel que lleva la delegación de la CTA consigna: “En la provincia de Buenos Aires muere una mujer cada 48 horas”. Pero la marcha deja las risas y la calma y los bailes cuando llegan a una Iglesia, donde, según estimaciones policiales, entre 300 y 500 fieles custodiaban la puerta, supuestamente, para que no pinten el templo religioso.

Los varones que se ponen como custodia, la campana que quiere silenciar la marcha y las cruces que demonizan a las mujeres provocan ira. Y algunas de las manifestantes contestan con pintura roja, jugo, naranjas o escupitajos. El objetivo mediático de los fieles es no responder, intentando imitar el famoso lema de poner la otra mejilla. Aunque, por lo bajo, pegan patadas. Noemí Artero denuncia: “Uno de los católicos me agarró del cuello y me pegó”. Pero la consigna es que nadie reaccione ni hable. O, por lo menos, que no se note.

“Si el papa fuera mujer el aborto sería ley”, les reclaman las mujeres. Y ellos no callan: rezan, como en un cassette sin stop. “Bendita tu eres entre todas las mujeres, Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”, dicen, repiten, dicen, repiten los barrabravas forzados a portarse como corderos.

–¿Sos virgen? –pregunta Página/12 a un muchacho de 20 años con pinta de dormir el domingo después del sábado a la noche que no sabe no contesta.

–Bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús –dice. Reza. Y mira para otro lado.

Pero cuando mira para otro lado no puede evitar reír. Un grupo de jóvenes se sacan las remeras y se quedan en tetas. Se suben a caballito y se las muestran. “Yo decido sobre mi cuerpo”, dice una y repite otra y muestran los pechos, la espalda, los pezones, en un topless militante que recuerda –o muestra como todavía es necesario– el corte de corpiño con el que empezaron las primeras luchas feministas. Los fotógrafos se divierten. Y las chicas inventan una nueva consigna contra la barra eclesiástica: “Vos, pescado, no mires que es pecado”.

Los cantos llevan como un hilo a una marcha que saca el miedo de mirar de frente a quienes traban el reparto de anticonceptivos, las ligaduras de trompas, la educación sexual en las escuelas y los juicios por abusos sexuales. “A la Iglesia les decimos que se nos da la gana ser putas, travestis o lesbianas”, canta un grupo liderado por Lohana Berkins. También dos chicas de la Lesbianbanda se besan frente a la Iglesia. Pero la Iglesia no está sola. No sólo está custodiada por cientos de policía, sino que cuando la marcha llega a la catedral, los policías ya no son mujeres, ni están desarmados. Un grupo antimotines con palos y escudos empieza a correr a la manifestación y a tirar gases lacrimógenos. “Nunca habíamos visto a la cana custodiando así a las Iglesias. No hay que olvidarse que esta es la provincia donde gano (Antonio) Bussi como gobernador (en 1995) y donde la policía es cómplice de la trata de personas”, contextualiza Ana que por el miedo que dan los gritos, los rezos, los campanazos, los palos y la tensión que se mira frente a frente entre dos miradas enfrentadas, una con las ganas de rebelión y otra con el poder de la fuerza, prefiere resguardar su apellido. Cuando la marcha avanza y las mujeres se van los hombres se vuelven valientes y se desquitan: “Viva la virgen María! ¡Viva la patria!”. Epa, cuántos tendrán tantos recuerdos. Por eso, las mujeres les recuerdan su silencio en la dictadura: “Cuando se los llevaban, ustedes no hacían nada”.

La marcha que no fue silenciada

Lida Adorno vino a Argentina desde Paraguay, vive en Constitución y trabaja en un ropero comunitario. Es madre de tres varones y ejemplifica: “Yo estoy sola con mis tres hijos y ellos van creciendo con lo que ven: no hay trabajos de nene o de nena. Si mamá barre, Iván barre y el que se salva, por ahora, es el bebé”, se ríe. “El hombre nuevo no va de putas”, dice la remera que llevan Iván y Sebastián y dan esperanzas de nuevos hombres nuevos.

No son los únicos hombres de la marcha. “Carlos FuenteAlba presente”, dice un cartel. Y otro recuerda a Julio López. Y en cuerpo y alma, Luciano Fabbri, del Frente Darío Santillan, integra, a los 27 años, la agrupación “Varones antipatriarcales”, de La Plata. “No es sólo por solidaridad que estoy acá. El feminismo es la misma lucha que la mía y me hace más libre”, sonríe Luciano, desde sus ojos celestes tapados por una gorra. “Estoy liberado absolutamente de los mandatos patriarcales con los que nos crían a los varones que nos enseña que no somos vulnerables, pero sí proveedores, penetradores y activos. Eso es un peso que a la mayoría de los varones cargan y que nos tenemos que sacar de encima”, recomienda. A él se lo ve suelto. Y sumado.

La marcha se amplía con varones que acompañan y crecen con nuevas actitudes. Pero también la marcha marca que las mujeres son, todavía, son más vulnerables que los varones. Frente al Poder Legislativo las mujeres gritan: “Aborto legal, en el hospital”, para que se aprueben leyes que saquen de la clandestinidad y de los riesgos de perder la vida a las mujeres que interrumpen un embarazo.

Pero además de nenes y nenas también hay señoras mayores, canosas, que se tapan la boca y se ríen, como si estuvieran haciendo una travesura, cuando dicen lo innombrable, aún con una palabra que nombra la vergüenza que todavía dan los órganos genitales femeninos: “Mujeres, en lucha, cuiden sus cachuchas”, dicen, cuando se destapan la boca. Y se repreguntan todo lo que hicieron toda la vida como si no hicieran nada. Y gritan en nombre de las diferencias en el reparto de las tareas doméstica que todavía obliga a las mujeres a sobreexigencias personales, hogareñas y laborales. Pero no se discute ni adentro ni afuera de los hogares. “Mujer que se organiza no plancha la camisa”, dicen. Y ya nadie las deja planchadas.

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