Mali: la nostalgia de la estabilidad

La revuelta tuareg y la ofensiva islamista, siameses enemigos, son en cualquier caso la consecuencia de estas condiciones de inestabilidad crónica inducida.

Es difícil saber quién puede salir vencedor a medio plazo en Mali, pero nadie tiene dudas acerca de quién es ya la fuerza derrotada por la intervención francesa. La víspera misma de los primeros bombardeos, el analista tuareg Akli Chaka lo explicaba en la página en árabe del MLNA en un artículo de título elocuente: “El principio del fin”. En él se describía al pueblo de Azawad y su proyecto de independencia fatalmente atrapados entre “el yunque del terrorismo y el martillo de los acuerdos e intervenciones extranjeras”. Tras acusar a Argelia de haber manipulado a los islamistas radicales para facilitar la “intervención colonial francesa”, Akli Chaka advierte que “el único, el verdadero perdedor” no será AQMI sino “el sueño de independencia de Azawad, enterrado para siempre”.

A medida que la ofensiva francesa avanza sobre el terreno, podemos medir toda la trágica verdad de estas palabras. No sólo el proyecto de un Estado independiente sino la propia población -tuareg y árabe- aparece hoy amenazada por el deseo de venganza del humillado ejército de Mali, al que ya se acusa de matanzas y ejecuciones sumarias en los territorios reconquistados por Francia, notablemente en Tombuctú y Gao. Los tuaregs del MLNA, que se resisten a ser descartados y que temen un “genocidio” por parte de los soldados malienses, se han hecho fuertes en Kidal, tras la retirada islamista, tratando de forzar negociaciones. Su propuesta de un Estado federal ha sido ya rechazada por las autoridades de Mali, a las que la superioridad militar francesa garantiza una victoria total. El tácito acuerdo argelino-francés preserva la unidad de Mali como garantía de los intereses energéticos comunes y excluye, por tanto, la solución duradera de uno de los conflictos históricos que han llevado a esta situación.

Con dolor enrabietado, Aghilas Sagrou, otro joven colaborador tuareg del MLNA, denuncia en este sentido “la visión errónea que árabes, musulmanes y occidentales tienen de Azawad y de su pueblo”. Empeñados en interpretar la crisis actual como un conflicto entre dos partes -el Estado de Mali y los “terroristas”- se olvidan, dice, del pueblo tuareg y, por tanto, del carácter colonial, violentamente artificial, del propio Estado maliense. La intervención militar francesa, en efecto, no es más que el “reajuste” coyuntural de una intervención ininterrumpida que no sólo ha marcado la historia de Mali desde la independencia sino que contamina su nacimiento mismo. Las armas libias y el golpe de Estado en Bamako, factores adventicios que han permitido al movimiento tuareg radicalizar sus reivindicaciones históricas, no deben impedirnos recordar las numerosas revueltas que, desde 1967, vienen revelando y agravando la fractura geográfica, étnica y social de un país salido del taller del bricolaje colonial.

Pero no son sólo los tuaregs. Hay algo forzado -cuando no profundamente “ideológico”- en atribuir toda la inestabilidad de la zona, y sobre todo la relacionada con AQMI, a la desaparición de Gadafi. Las derechas siempre han apoyado o al menos consentido las dictaduras como fuente de “estabilidad”, pero es más chocante que este criterio sea utilizado desde la izquierda para alimentar la nostalgia del gadafismo y, en general, para condenar las “revoluciones árabes”. El imperialismo, de hecho, tiene también una fuerte vocación “estabilizadora” y no hay que olvidar que si Gadafi combatió selectivamente el islamismo lo hizo en colaboración con Europa y EEUU y con los mismos métodos, por cierto, que no hemos dejado de denunciar, muy justamente, en Guantánamo y en la CIA. Por lo demás, no hacen falta muchos conocimientos especializados; basta con ser un común lector de periódicos y tener una memoria normal para saber que la industria del secuestro y el tráfico de armas, de seres humanos, de tabaco y de drogas, así como el reclutamiento concomitante de adolescentes “superfluos” por parte de AQMI, es endémico en el norte de Mali desde mucho antes de la revuelta libia y de la criminal intervención de la OTAN.

Esta “estabilidad” de pobreza, marginación, radicalismo islamista y crimen organizado es la consecuencia directa de una intervención negativa en la que el FMI y Francia han cumplido, sí, un papel preponderante. Pero las grandes inversiones de Gadafi en la última década, que permitían llegar a fin de mes a las élites corruptas de Mali, forman parte del mismo lote. La compra de 100.000 hectáreas de las mejores tierras arroceras junto al Níger, la construcción de la faraónica “ciudad administrativa” de Bamako o de hoteles de lujo y grandes mezquitas (junto al pago de los salarios de 500 profesores de escuelas coránicas, para los que se dejan fascinar por el “laicismo” del “rey de reyes”) distan mucho de haber beneficiado a los distintos pueblos asentados en la desigual geografía del país. Ni los programas de ajuste estructural del FMI ni la balanza comercial desfavorable con Francia ni la munificencia interesada de Gadafi permitieron a Mali abandonar los puestos de cola del índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas; son más bien la causa de una situación de abandono y pobreza que en el norte adquiere dimensiones dantescas.

La revuelta tuareg y la ofensiva islamista, siameses enemigos, son en cualquier caso la consecuencia de estas condiciones de inestabilidad crónica inducida. Como demuestra en su último libro el periodista Serge Daniel, especialista en el Sahel, una y otra tienen que ver “con la ausencia de Estado” y “de un verdadero programa de desarrollo para la región”. La causa tuareg, más frágil y más justa, podrá ser vencida. Los islamistas de la franquicia Al-Qaeda, por su parte, han contado y cuentan con la inapreciable ayuda de dictaduras locales e intervenciones militares extranjeras que, invocando la guerra contra el “terrorismo islámico”, no sólo han alimentado y alimentan su fermento social sino que aureolan su fanatismo de un prestigio heroico y emancipador.

La única salida realista de este bucle destructivo es una combinación de anticolonialismo y democracia social: anticolonialismo que garantice la soberanía de los pueblos sobre los recursos y sobre su distribución; democracia que garantice el reconocimiento de los sujetos individuales y colectivos como fuente de definición de los marcos políticos y territoriales.

(*) Santiago Alba Rico. Escritor y filósofo. Su última obra publicada es B-52 (Hiru, 2012).

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