Mahoma y la libertad de expresión

EN 'La sociedad abierta y sus enemigos', Karl Popper expuso las dificultades más importantes que debe afrontar nuestra civilización. Hablaba de una civilización que, en algunas zonas del mundo en que vivimos no ha terminado la transición de la sociedad tribal o cerrada, con su sometimiento a las fuerzas mágicas, mientras en otras es ya una sociedad abierta, que deja en libertad las facultades críticas del hombre. En esa obra expuso su conocida 'Paradoja de la tolerancia'. Viene a decir que si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y de la tolerancia. Por eso concluye diciendo que deberemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes.
No es fácil encontrar mejor explicación a la polémica mundial que ha levantado la publicación de unas caricaturas de Mahoma. La tolerancia de algunos medios occidentales en nombre de la libertad de expresión y de la sociedad abierta, sin más fronteras que las de los códigos penales, se ha enfrentado a un mundo islámico todavía cerrado, sometido a una teocracia recogida en sus leyes y propenso a una intolerancia que no duda en hacer llamamientos a la guerra santa. Irán pidió ayer una reunión urgente de los 56 países de la Conferencia Islámica para tratar el «ataque al mundo musulmán»; el primer ministro de Dinamarca recordaba que no puede pedir perdón por la actuación de un periódico libre e independiente. En medio, los políticos occidentales se han lavado las manos diciendo que hay que conciliar la exigencia de libertad y la exigencia de respeto a las convicciones religiosas. Una auténtica paradoja. Porque si somos tolerantes con los excesos de la libertad de expresión -sin ninguna autolimitación por respeto a otras conquistas de la civilización- podemos resultar sepultados por ella y si lo somos con los intolerantes pronto nos impedirán seguir siéndolo.

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