Machismo, religión y constitución

En su crítica a la incomprensión que los comunistas tenían sobre el fenómeno de que miles de trabajadores y campesinos votaran a la derecha y al nazismo, W. Reich, en su libro “La psicología de masas del fascismo”, afirmaba que las situaciones económicas e ideológicas de las masas no tenían por qué coincidir y que incluso podía haber entre ellas una divergencia notable porque la situación económica no se trasladaba inmediata y directamente a la conciencia política, ya que si esto hubiera sido así la revolución social se habría realizado hacía tiempo. “Partiendo de esta divergencia, decía, entre conciencia social y situación social habrá que estudiar la sociedad en dos planos distintos”. Tal vez le faltó matizar que las masas trabajadoras carecen de conciencia de clase, de su propia conciencia, ya que fácilmente se identifican desde su nacimiento con la conciencia de clase de quienes les explotan. ¿Por qué? Pero estoy anticipando una conclusión.

El éxito que durante siglos ha tenido la moral, que es un gran sacrificador de hombres vivos es que anula  las voluntades individuales. “De allí resulta, dice Bakunin en su “Escrito contra Marx”, que esta autodenominada voluntad del pueblo no es nunca otra cosa que el sacrificio y la negación de todas las voluntades de las poblaciones; de la misma manera que el llamado bien público no es otra cosa que el sacrificio de sus intereses. Pero para que una abstracción omnímoda pueda imponerse a millones de hombres es necesario que sea representada y sostenida por un ser real, por una fuerza viva cualquiera. Y bien, ese ser, esa fuerza, siempre han existido. En la Iglesia se llama clero y en el Estado, clase dominante o gobernante”.

Carlos Marx ya había tratado de dar una respuesta a esta contradicción cuando afirmó  que las ideas de las clases dominantes son también las ideas dominantes en cada época; “o dicho de otro modo, afirmaba Marx, la clase que tiene el poder material dominante en la sociedad tiene también el poder ideológico dominante. La clase que dispone de los medios de producción materiales, dispone al mismo tiempo de los medios de producción ideológicos, de tal modo que las ideas de aquéllos que carecen de los medios de producción están sometidos a la clase dominante, las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, son esas mismas relaciones que hacen de una clase la clase dominante; con otras palabras, son las ideas de su dominación.”

Años después, desde una perspectiva psicológica, Freud llegará a la misma conclusión al afirmar que la civilización, reprimida y represora, a la que pertenecen todas las clases sociales al margen de sus diferencias, tiene sus orígenes en la autoridad patriarcal. En todo caso, entendía que la cultura era una cultura de “todo el pueblo”. Si bien admitió que posteriormente la religión formará parte en la elaboración e imposición de esos valores dominantes, detrás de los cuales se encuentra la represión sexual, gracias a la cual, al decir de Freud, se puede construir la civilización. Una civilización necesariamente reprimida y represora.

“La felicidad, dice Freud en “El malestar en la cultura”, no es un valor cultural”. La felicidad debe ser subordinada a la disciplina del trabajo como una ocupación de tiempo completo, a la disciplina de la reproducción monogámica, al sistema establecido de la ley y el orden. El metódico sacrificio de la libido es una desviación provocada rígidamente para servir a actividades y expresiones socialmente útiles, es cultura, añade Marcuse en su libro “Eros y civilización”.

Freud sustituye la lucha de clases por la lucha entre el placer y la realidad como motor de la historia. Donde la realidad, el principio de la realidad es la civilización. Si sustituimos el concepto freudiano de “civilización o cultura” por el término marxista de ideología dominante, resulta que estamos llegando a la misma conclusión: existe una cultura, una ideología o una “voluntad general” en términos de Rousseau, que es la misma para todos. Sólo que todos no pertenecen a la misma clase ni tienen los mismos intereses. Y volvemos a plantearnos el dilema que se planteaba Reich, ¿cómo es posible que todos compartamos la ideología de una clase cuando esa clase explota y domina a la otra?

Los análisis que hacen los autores citados no son teorías abstractas, pueden seguir aplicándose a nuestro tiempo presente. Por ejemplo, en el mes de abril de 2010, y no estoy escribiendo desde el siglo XXII, una adolescente de religión musulmana no fue admitida en un instituto madrileño porque llevaba la cabeza cubierta por el velo islámico. Un velo que la religión musulmana impone obligatoriamente a las mujeres por mandato divino y que la mujer sólo puede quitarse en su casa y ante la presencia de su marido. Como dice la ley islámica, se trata de un acto de sumisión a dios. Bien esta es una imposición machista de los países islámicos, que no son democráticos por la sencilla razón que en ninguno de ellos se ha proclamado e integrado en sus sistemas políticos legales la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”.

En estos países como el Poder es de origen divino es lógico que se imponga la ley divina y que no se reconozcan los derechos individuales porque los ciudadanos no tienen el Poder y por esa razón tampoco pueden ni pensar, ni decidir por sí mismos. Sencillamente no son libres. Si ya es suficientemente escandaloso que en los Estados musulmanes no se pueda ni ser libre ni tener derechos individuales, lo que resulta constitucionalmente incomprensible es que en los países democráticos no se exijan y protejan los derechos individuales. En un país democrático esta imposición religiosa es inconstitucional porque siendo la libertad religiosa un derecho individual que en el caso de los menores sólo pueden ejercer a partir de la mayoría de edad, sólo cuando cumplan los 18 años podrán decidir si quieren o no quieren profesar una religión o no. Mientras tanto ningún niño puede ser bautizado y ninguna niña puede ser obligada a llevar un velo religioso. Es la justicia la que debe proteger este derecho individual a la libertad religiosa.

Pero, lo que aún resulta más peligroso y muy preocupante es que las adolescentes de ese instituto en lugar de salir en defensa de los derechos individuales salieron en defensa de la negación de estos derechos a las mujeres musulmanas, cubriéndose ellas mismas con el velo musulmán en solidaridad reaccionaria con una cultura antifeminista. La paradoja es que las mujeres reivindicaban el derecho del macho y de su dios a someterlas imponiéndoles cómo deben de vestirse. Esto ocurre en un instituto en el que se superpone una moral religiosa musulmana inconstitucional, a una moral constitucional basada en el ejercicio y protección de los derechos individuales. ¿Qué valores han enseñado en este instituto? Es la pregunta que me hago, cuando lo único que tienen que hacer es leerse el Título I de la Constitución española y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La gravedad de este gesto solidario con el patriarcalismo se acentúa porque esas adolescentes pertenecen a las clases trabajadoras. De manera que, gracias a la religión, dominantes y dominados participan de los mismos valores que están en contra de los derechos humanos y de los propios intereses de clase de los dominados. Ya lo decían Marx, Freud, Fromm y Reich.

 En el largo proceso de desarrollo de la Humanidad existe un momento en el que el macho se impone como dominante contra la hembra. Coincidiendo con esa imposición de roles masculino-femenino se establece también una posición de dominio económico que coincide con la distribución de las fuerzas sociales entre las que son productivas y aquéllas que viven de las que producen y las dominan. Con las sociedades agrarias urbanizadas en torno al tercer milenio antes de nuestra era y en las áreas entre Egipto y Mesopotamia aparece en la especie humana como expresión de la dominación del macho, de clase y antifeminista, el Poder político. 

Esa posición de dominio nace asociada a los dioses urbanos, cuyos gobernantes o se consideran dioses o reciben su Poder de algún dios al que permanecen asociados. Pero esta idea es muy simple. Pasará aún más de un milenio para que se elabore una ideología que legitime el Poder de clase dominante, que posteriormente será reelaborada en milenios posteriores con el cristianismo y el Islam,. Es aquí cuando van apareciendo las religiones monoteístas. En el pueblo judío, en Mesopotamia y Siria, en la India y en China antes de dar el salto a la América precolombina. Con estas ideologías nacía un nuevo concepto de la idea de dios o de los dioses y espíritus.

Estos ya no son fantasmas que están presenten en cualquier objeto y que amenazan o explican todo aquello que los seres humanos son incapaces de entender. Ahora estos dioses monoteístas llevan consigo una moral, unos valores, una forma de organización social y de gobierno. Estos dioses guían a sus pueblos hacia la conquista del mundo, pero exigen, a cambio, obediencia, sumisión, sacrificio, abnegación en beneficio de la comunidad, del pueblo, de la nación, del todo. Los seres humanos pasan a ser sus siervos porque sus vidas no tienen sentido en sí mismas sino en cuanto que están y permanecen dedicadas de por vida a sus dioses, a su Poder, a sus representantes.

Las religiones monoteístas nacían como ideología y teoría política que legitimaba una situación de hecho: el Poder del macho sobre la mujer y el Poder de la clase dominante sobre el dominado. Son desde sus orígenes hasta el día de hoy religiones machistas porque afirman los rasgos autoritarios, patriarcales, antifeministas y homófobos característicos de cualquier macho que se aprecie de dominar. Que como ideología acaba legitimando el Poder absoluto como forma absoluta de dominio y de gobierno. Sus dioses son, no en vano, absolutos. Si en los orígenes dios estaba asociado al machismo hoy día el machismo está asociado a la idea de dios porque en esta idea el macho, junto con la ideología autoritaria y antidemocrática, se encuentra reproducido y legitimado.

El comportamiento machista se perpetúa a través de la religión y la religión se perpetúa  fomentando el comportamiento machista. Esta conducta nos ayudará a entender la contradicción de que en las sociedades democráticas fundamentadas sobre valores no religiosos estos valores sigan formando parte de la conducta de los ciudadanos. Pues el machismo es, como las religiones, una especie de valor universal configurado a través de cientos de generaciones.

La consecuencia de esta asociación  es que una de las razones por la que seguimos creyendo en la idea de dios como un ser absoluto y totalitario es porque está asociada al macho dominante. Lo que las religiones se han encargado de transmitir de generación en generación a los machos, a los hijos y a las mujeres, que comparten esa misma ideología identificadas con el dominio machista. Claro que las religiones para sostener esta ideología del Poder necesitan unos sistemas de valores y unas formas de organización social, que ellas mismas van creando.

Que la religión monoteísta, todas ellas, es una ideología del Poder ya lo explico en mi libro “Dios es de derechas. Nazismo, franquismo y catolicismo una alianza contra la libertad”. Nos lo cuenta Moisés en el “Exodo” y el “Levítico”; lo ratifica Pablo de Tarso, y lo repiten San Agustín y el papa Gelasio VI, en el siglo V, Gregorio VII, Inocencio III en en su bula “Venerabilem”,  Egidio Colonna, representante del papa, en su libro “De ecclesiastica potestate, Campanella, quien en el contexto de las guerras de religión de los siglos XVI y XVII propone en su libro “De monarchia cristianorum, De regimene Ecclesiae  y De Monarchie Hispanica una monarquía mundial bajo la autoridad pontificia;  los jesuitas quienes, obedientes al Jefe o papa, defienden la teoría del origen divino del poder: Suárez en su  “Tractatus de  legibus ac deo legislatore”  y Mariana en “De rege et regis institutione”. Y finalizando el siglo, ante la ofensiva del liberalismo político y del socialismo o comunismo el papa León XIII retomó la iniciativa y no se limitó a dar recomendaciones morales sino directamente políticas y organizativas a las clases dominantes con el resultado de los sistemas totalitarios como alternativa final a esa ofensiva revolucionaria de los pueblos, mediando ya el siglo XX.

Pero la religión monoteísta no sólo tiene como función legitimar el Poder autoritario, machista, estatal y divino, es, además un instrumento de Poder, un instrumento de control de masas al servicio del Poder. Y esa función la realiza, desde sus orígenes, con los valores que conforman su moral. La moral es control individual. Como instrumento del Poder hasta el momento presente, y a pesar de las revoluciones políticas liberales, la religión elabora una moral, cuyos valores tienen como misión: destruir la autonomía y emancipación del individuo. Impedir que sea libre. La moral se presenta como si fuera universal, interclasista, ajena al interés de la clase y corporación dominante. Una moral de todos y para todos. Argumento coherente porque el Poder clerical pretende estar por encima de las clases aunque siempre vaya asociado a la clase dominante, a la que también pretende dominar cuando no se somete a sus intereses.

A lo largo de la Historia de la Humanidad en las sociedades que carecían de códigos penales, prácticamente todas las sociedades hasta el siglo XIX, la religión establecía el código de conducta y sus enemigos. Ese código de conducta era la moral de origen religioso. Con el paso del tiempo, esta moral se transforma en tradición, en voluntad general, en valores sociales, que se van transmitiendo de generación en generación y se presentan, como ya he dicho, como si fueran los valores de todo el pueblo y no lo que son: los valores de la clase o casta dominante. Porque son valores de clase.

Durante siglos y hasta el día de hoy, la moral religiosa ha sido una especie de código penal para todos los regímenes antidemocráticos. En las monarquías absolutas, en las dictaduras, en los totalitarismos, en las teocracias. Podemos poner como modelos de esta asociación entre religión y Poder casos no tan lejanos como las dictaduras nazi, fascista, de Dollfus en Austria, de Salazar en Portugal o de Franco en España. En estos Estados sus dictadores cedieron en régimen de monopolio la moral a la religión católica, y a la cristiana compartida con el nazismo en Alemania. En el Concordato firmado entre el Estado Vaticano y el Régimen de Franco en 1953 en el artículo 23 se dice: “En todos los centros docentes de cualquier orden y grado, sean estatales o no estatales, la enseñanza se ajustará a los principios del dogma y la moral de la Iglesia católica.”, y en el artículo 24. Añade “El Estado español garantiza la enseñanza de la religión católica, como materia ordinaria y obligatoria, en todos los centros docentes, sean estatales o no estatales, de cualquier orden o grado.” Durante toda la vida del fascismo italiano y del salazarismo, más de 20 años, la Iglesia católica tuvo el monopolio excluyente de la moral. Lo paradójico es que derrotado el nazismo conservó ese privilegio en la Italia democrática. Esta es una supervivencia de la tradición en la democracia. Una contradicción a la que luego me referiré.

Esta moral se caracteriza porque anula a los seres humanos pretendiendo sacralizar la esfera privada de cada individuo en la que se localizan todas las libertades, los derechos individuales. La libertad individual al ser sacralizada o estatalizada pasa a ser la libertad de la religión, de la Iglesia y del Estado en el que se apoya y que la protege. Llegados aquí, el individuo actúa y piensa moralmente en la medida en la que promueve, con sus pensamientos y acciones, los objetivos y valores establecidos por la religión. De manera que, la voluntad de cada individuo no es otra que la voluntad general, la moral religiosa: un absolutismo ético. Esta invasión de lo privado por la moral pública, religiosa y machista-autoritaria nos ayuda a comprender por qué, como se preguntaba Reich, el pueblo se identifica con los valores de la derecha. Con una moral de clase dominante que no es la suya.

Para conocer los contenidos de esta moral, que en general y con distintas formas son los mismos en todas las religiones monoteístas, pondré el acento en las cristianas por ser las occidentales y permanecer vivas en nuestras sociedades. No es difícil seguir el rastro ya que las encontramos en las “Bienaventuranzas”  y en la vida de los santos en la que se resumen los dos valores más elevados que impregnan la conducta humana: la virginidad y castidad y el martirio o sacrificio. Como todo Poder necesita de la obediencia porque sin ésta aquél no se soporta y la obediencia no es absoluta si el dominante no destruye al dominado, destruyendo cualquier forma de libertad y emancipación individual, es necesario recurrir a una moral basada en el sufrimiento. Orwell lo explica en su novela “1984” de la siguiente manera:

“Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro?

Haciéndole sufrir.

Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti…Un mundo de miedo, de ración de tormento, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecuencia de más dolor. Nuestra civilización se fundará en el odio…el instinto sexual será arrancado donde presida…Suprimiremos el orgasmo…Todos los placeres serán destruidos.”

Esto mismo lo razona con otras palabras el marqués de Sade en Justine y Fromm en su libro “El miedo a la libertad” lo interpreta así:

“El coraje del carácter autoritario residen esencialmente en el valor de sufrir lo que el destino, o su representante personal o líder, le ha asignado. Sufrir sin lamentarse constituye la virtud más allá alta y no lo es, en cambio, el coraje necesario para poner fin al sufrimiento o por lo menos disminuirlo. El heroísmo propio del carácter autoritario no está en cambiar su destino, sino en someterse a él.”

En la encíclica “Salvifici doloris” el papa Juan Pablo II afirmaba que:…”la palabra sufrimiento parece ser particularmente esencial a la naturaleza del hombre…parece pertenecer a la trascendencia del hombre…porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante el sufrimiento.” Glorifica el sufrimiento presentándolo como algo misterioso. Lo cierto es que no tiene nada de misterioso puesto que o sufrimos porque nos duele el cuerpo o porque somos perseguidos y explotados por el Poder dominante. Aquí no hay ningún misterio. Pero es necesario sufrir para soportar sobre las espaldas del pueblo el poder de los privilegiados.

El sacrificio, enemigo del placer y del hedonismo, es una condición necesaria para purificar el alma. Y la dedicación de todos los seres humanos a esta tarea purificadora los aparta de vivir la vida para sí mismo como un fin en sí misma. Pero sobre todo los aleja de toda posibilidad de tomar conciencia de su propia realidad para rebelarse contra ella. Los valores de la obediencia, la humildad, la sumisión, la castidad por su carácter sadomasoquista desvían el deseo de placer sexual, corporal, intelectual hacia el sufrimiento como fuente de placer, que acaba realizándose plenamente en la muerte. Esto es: en la destrucción del individuo como un ser real. De esta manera las religiones pretenden que los seres humanos no tengamos conciencia de nosotros mismos negándonos en el Poder absoluto, en dios, el Estado, la corporación, la familia o la Nada. Hasta desexualidar el cuerpo para sacralizar, estatalizar o clericalizar la vida de cada individuo.

El estado de perfección es la sumisión-obediencia, humillación, la castidad por la que alcanzamos la santidad, ideal para que el Poder pueda gobernar sin problemas tres milenios, como los nazis, años o toda la eternidad, como las religiones. En la “Rerum novarum” nos lo propone el papa León XIII: “En verdad que no podemos comprender y estimar las cosas temporales, si el alma no se fija plenamente en la otra vida, que es inmortal; quitada la cual, desaparecería inmediatamente toda idea de bien moral, y aun toda la creación se convertiría en un misterio inexplicable para el hombre. Así, pues, lo que conocemos aun por la misma naturaleza es en el cristianismo un dogma, sobre el cual, como sobre su fundamento principal, reposa todo el edificio de la religión, es a saber: que la verdadera vida del hombre comienza con la salida de este mundo. Porque Dios no nos ha creado para estos bienes frágiles y caducos, sino para los eternos y celestiales; y la tierra nos la dio como lugar de destierro, no como patria definitiva. Carecer de riquezas y de todos los bienes, o abundar en ellos, nada importa para la eterna felicidad; lo que importa es el uso que de ellos se haga. Jesucristo – mediante su copiosa redención- no suprimió en modo alguno las diversas tribulaciones de que esta vida se halla entretejida, sino que las convirtió en excitaciones para la virtud y en materia de mérito, y ello de tal suerte que ningún mortal puede alcanzar los premios eternos, si no camina por las huellas sangrientas del mismo Jesucristo: Si constantemente sufrimos, también reinaremos con El”

Y ratifica Pío XI, en la encíclica “Quadragessimo anno”, con las siguientes palabras: “14. Antes de ponernos a explanar estas cosas, establezcamos como principio, ya antes espléndidamente probado por León XIII, el derecho y deber que Nos incumbe de juzgar con autoridad suprema estas cuestiones sociales y económicas[26]. Es cierto que a la Iglesia no se le encomendó el oficio de encaminar a los hombres hacia una felicidad solamente caduca y temporal, sino a la eterna.

(…) Como primer principio, pues, debe establecerse que hay que respetar la condición propia de la humanidad, es decir, que es imposible el quitar, en la sociedad civil, toda desigualdad. Lo andan intentando, es verdad, los socialistas; pero toda tentativa contra la misma naturaleza de las cosas resultará  inútil. En la naturaleza de los hombres existe la mayor variedad: no todos poseen el mismo ingenio, ni la misma actividad, salud o fuerza: y de diferencias tan inevitables síguense necesariamente las diferencias de las condiciones sociales, sobre todo en la fortuna. – Y ello es en beneficio así de los particulares como de la misma sociedad;

(…). Y, por lo tanto, el sufrir y el padecer es herencia humana; pues de ningún modo podrán los hombres lograr, cualesquiera que sean sus experiencias e intentos, el que desaparezcan del mundo tales sufrimientos. Quienes dicen que lo pueden hacer, quienes a las clases pobres prometen una vida libre de todo sufrimiento y molestias, y llena de descanso y perpetuas alegrías, engañan miserablemente al pueblo arrastrándolo a males mayores aún que los presentes. Lo mejor es enfrentarse con las cosas humanas tal como son; y al mismo tiempo buscar en otra parte, según dijimos, el remedio de los males.”

Durante milenios y hasta hoy día en los  países no democráticos, la moral religiosa, machista, sadomasoquista y anti-sexual, era y sigue siendo un código de conducta que actuó y actúa como un código penal. Esta realidad la podemos apreciar con toda transparencia en los Estados musulmanes tengan o no formas teocráticas de gobierno. En la Europa cristiana gobernada por monarquías o dictaduras desde el Imperio Romano la Iglesia dictaba la moral y el Estado la hacía cumplir. Ya hemos visto cómo en el siglo XX, durante la edad de los totalitarismos, éstos se dotaban de los valores morales religiosos para controlar, perseguir y condenar a sus súbditos. Y lo hacían mediante la censura, la educación machista-autoritaria, la familia, la represión sexual y el código penal.

En la cultura griega, posterior al judaísmo pero anterior a los monoteísmos asiáticos asirios, hindúes, chinos, cristianos o musulmanes, el ser humano no dependía de las potencias misteriosas que lo superaban y aplastaban, ni de sus intermediarios, la clase sacerdotal. Vivía por sí mismo y para sí mismo; se consagraba al ejercicio de la existencia. Se siente responsable de su persona lo mismo que de la ciudad. El fin esencial de su vida no es ya el servicio y la glorificación de un poder soberano, de dios. En una sociedad educada y libre en  que la religión propone un comercio familiar con dioses semejantes a él, el ciudadano halla una razón de ser en el placer o sea, en el refinamiento de su existencia. El hombre nuevo, el ciudadano, se hacía consciente de sus responsabilidades personales y dejaba de ser juguete obediente de fuerzas naturales y poderes humanos que le superaban, codificados en ritos y tradiciones que era suficiente y necesario observar y repetir. En adelante juzga y decide por sí mismo. No se fía más que de él. Es decir, que toda evidencia viene ante todo de lo que percibe, de lo que comprueba o sea, de sus sentidos.

En el Renacimiento el humanista renacía sobre las cenizas de esta cultura clásico destruida hasta las raíces por los monoteísmos asiáticos, cristianos y musulmanes, pero no fue hasta el siglo de las Luces cuando reverdeció, se superó y se concretó en las revoluciones políticas liberales en sus constituciones. Se había vuelto a recrear una alternativa moral ciudadana, laica, hedonista, individualista y civil contra los dioses, contra las autoridades, contra los imperios. De manera que estas revoluciones, como ya ocurrió en el siglo XVI, eran al mismo tiempo tanto religiosas como políticas. No podía ser de otra manera porque rechazaron el Poder religioso, su moral, y el Poder político antidemocrático al que estaba asociada como guardián de las buenas costumbres y del orden social. Su orden. Su paz.

Paul Hazard, en “La crisis de la conciencia europea”, ( A.U. Madrid, 1988, pp. 10 y 11) nos lo explica de la siguiente manera: “Se trataba de saber si se creería o si no se creería ya; si se obedecería a la tradición, o si se rebelaría uno contra ella; si la humanidad continuaría su camino fiándose de los mismos guías o si sus nuevos jefes le harían dar la vuelta para conducirla hacia otras tierras prometidas…

Los asaltantes triunfaban poco a poco. La herejía no era ya solitaria y oculta; ganaba discípulos, se volvía insolente y jactanciosa. La negación no se disfrazaba ya; se ostentaba. La razón no era ya una cordura equilibrada, sino una audacia crítica. Las nociones más comúnmente aceptadas, la del consentimiento universal que probaba a Dios, la de los milagros, se ponían en duda. Se relegaba a lo divino a cielos desconocidos e impenetrables; el hombre y sólo el hombre, se convertía en la medida de todas las cosas; era por sí mismo su razón de ser y su fin. Bastante tiempo habían tenido en sus manos el poder los pastores de los pueblos; habían prometido hacer reinar en la tierra la bondad, la justicia, el amor fraternal; pero no habían cumplido su promesa; en la gran partida en que se jugaba la verdad y la felicidad, habían perdido; y, por tanto, no tenían que hacer sino marcharse. Era menester echarlos si no querían irse de buen grado. Había que destruir, se pensaba, el edificio antiguo, que había abrigado mal a la gran familia humana; y la primera tarea era un trabajo de demolición. La segunda era reconstruir y preparar los cimientos de la ciudad futura.

No menos impresionante, y para evitar la caída en un escepticismo precursor de la muerte, era menester construir una filosofía que renunciara a los sueños metafísicos, siempre engañosos, para estudiar las apariencias que nuestras débiles manos pueden alcanzar y que deben bastar para contentarnos; había que edificar una política sin derecho divino, una religión sin misterio, una moral sin dogmas. Había que obligar a la ciencia a no ser más un simple juego del espíritu, sino decididamente un poder capaz de dominar la naturaleza; por la ciencia, se conquistaría sin duda la felicidad. Reconquistando así el mundo, el hombre se organizaría para su bienestar, para su gloria y para la felicidad del porvenir…

A una civilización fundada sobre la idea de deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe, los “nuevos filósofos”  han intentado sustituirla con una civilización fundada en la idea de derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano”. 

Hannah Arendt: en  "Los orígenes del totalitarismo", (Alianza Universidad, Madrid,1982 p. 369): nos completa el cuadro en los siguientes términos: "Como los Derechos del Hombre eran proclamados "inalienables", irreducibles e indeducibles de otros derechos o leyes, no se invocaba autoridad alguna para su establecimiento: el Hombre en sí mismo era su fuente tanto como su objetivo último. Además, no se estimaba necesaria ninguna ley especial para protegerlos, porque se suponía que todas las leyes se basaban en ellos. El Hombre aparecía como el único soberano en cuestiones de ley de la misma manera que el pueblo era proclamado como el único soberano en cuestiones de Gobierno. La soberanía del pueblo (diferente de la del príncipe) no era proclamada por la gracia de Dios, sino en nombre del Hombre; así es que parecía natural que los derechos "inalienables" del hombre hallaran su garantía y se convirtieran en parte inalienable del derecho del pueblo al autogobierno soberano."

Sobre estos nuevos valores se debía fundamentar la nueva moral, el individuo como única fuente de Poder, el individuo como único con poder para ser libre, el individuo como sujeto de derechos que sólo él puede ejercer, el individuo como fuente de placer…el individuo frente a dios; el individuo frente al Estado…Una fuente de valores y de moral insoportable para los Poderes tradicionales: la Iglesia y la Monarquía. La reacción no se hizo esperar con el brutal ataque desencadenado por el papa Pío VI contra los derechos individuales proclamados. Una ofensiva que todas las religiones monoteístas mantienen hasta el presente.

El de PÍO VI, Quod aliquantum, Sobre la libertad, Carta al Cardenal Rochefoucauld y a los obispos de la Asamblea Nacional 10 de marzo de 1791

“A pesar de los principios generalmente reconocidos por la Iglesia, la Asamblea Nacional se ha atribuido el poder espiritual, habiendo hecho tantos nuevos reglamentos contrarios al dogma y a la disciplina. Pero esta conducta no asombrará a quienes observen que el efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es el de destruir la religión católica y con ella, la obediencia debida a los reyes. Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosas. sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aun hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural para todos los hombres. Pero, ¿es que podría haber algo más insensato que establecer entre los hombres esa igualdad y esa libertad desenfrenadas que parecen ahogar la razón, que es el don más precioso que la naturaleza haya dado al hombre, y el único que lo distingue de los animales?

¿No amenazó Dios de muerte al hombre si comía del árbol de la ciencia del bien y del mal después de haberlo creado en un lugar de delicias? y con esta primera prohibición, ¿no puso fronteras a su libertad? Cuando su desobediencia lo convirtió en culpable, ¿no le impuso nuevas obligaciones con las tablas de la ley dadas a Moisés? y aunque haya dejado a su libre arbitrio el poder de decidirse por el bien o el mal, ¿no lo rodeó de preceptos y leyes que podrían salvarlo si los cumplía?

¿Dónde está entonces esa libertad de pensar y hacer que la Asamblea Nacional otorga al hombre social como un derecho imprescindible de la naturaleza? Ese derecho quimérico, ¿no es contrario a los derechos de la Creación suprema a la que debemos nuestra existencia y todo lo que poseemos? ¿Se puede además ignorar, que el hombre no ha sido creado únicamente para sí mismo sino para ser útil a sus semejantes? Pues tal es la debilidad de la naturaleza humana, que para conservarse, los hombres necesitan socorrerse mutuamente; y por eso es que han recibido de Dios la razón y el uso de la palabra, para poder pedir ayuda al prójimo y socorrer a su vez a quienes implorasen su apoyo. Es entonces la naturaleza misma quien ha aproximado a los hombres y los ha reunido en sociedad: además, como el uso que el hombre debe hacer de su razón consiste esencialmente en reconocer a su soberano autor, honrarlo, admirarlo, entregarle su persona y su ser; como desde su infancia debe ser sumiso a sus mayores, dejarse gobernar e instruir por sus lecciones y aprender de ellos a regir su vida por las leyes de la razón, la sociedad y la religión, esa igualdad, esa libertad tan vanagloriadas, no son para él desde que nace más que palabras vacías de sentido.

"Sed sumisos por necesidad", dice el apóstol San Pablo (Rom. 13, 5). Así, los hombres no han podido reunirse y formar una asociación civil sin sujetarla a las leyes y la autoridad de sus jefes. "La sociedad humana", dice San Agustín (S. Agustín, Confesiones), "no es otra cosa que un acuerdo general de obedecer a los reyes"; y no es tanto del contrato social como de Dios mismo, autor de la naturaleza, de todo bien y justicia, que el poder de los reyes saca su fuerza. "Que cada individuo sea sumiso a los poderes", dice San Pablo, todo poder viene de Dios; los que existen han sido reglamentados por Dios mismo: resistirlos es alterar el orden que Dios ha establecido y quienes sean culpables de esa resistencia se condenan a sí mismos al castigo eterno.

Pero para hacer desvanecer del sano juicio el fantasma de una libertad indefinida, sería suficiente decir que éste fue el sistema de los Vaudois y los Beguards condenados por Clemente V con la aprobación del concilio ecuménico de Viena: que luego, los Wiclefts y finalmente Lutero se sirvieron del mismo atractivo de una libertad sin freno para acreditar sus errores: "nos hemos liberados de todos los yugos", gritaba a sus prosélitos ese hereje insensato. Debemos advertir, a pesar de todo, que al hablar aquí  de la obediencia debida a los poderes legítimos, no es nuestra intención atacar las nuevas leyes civiles a las que el rey ha dado su consentimiento y que no se relacionan más que con el gobierno temporal que él ejerce. No es nuestro propósito provocar el restablecimiento del antiguo régimen en Francia: suponerlo, sería renovar una calumnia que ha amenazado expandirse para tornar odiosa la religión: no buscamos, ustedes y nosotros, más que preservar de todo ataque los derechos de la Iglesia y de la sede apostólica.

Condena reiterada por Pío IX en su encíclica “Quanta cura”, publicada el 8 de diciembre de 1864, en la que podemos leer:

(…)condenamos los errores principales de nuestra época tan desgraciada, excitamos vuestra eximia vigilancia episcopal, y con todo Nuestro poder avisamos y exhortamos a Nuestros carísimos hijos para que abominasen tan horrendas doctrinas y no se contagiaran de ellas (…)

(…)Opiniones falsas y perversas, que tanto más se han de detestar cuanto que tienden a impedir y aun suprimir el poder saludable que hasta el final de los siglos debe ejercer libremente la Iglesia católica por institución y mandato de su divino Fundador, así sobre los hombres en particular como sobre las naciones, pueblos y gobernantes supremos; errores que tratan, igualmente, de destruir la unión y la mutua concordia entre el Sacerdocio y el Imperio, que siempre fue tan provechosa así a la Iglesia como al mismo Estado(…)

(…)Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de f. m., locura, esto es, que "la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad – ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera -, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma". Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición, y que, si se da plena libertad para la disputa de los hombres, nunca faltará quien se atreva a resistir a la Verdad, confiado en la locuacidad de la sabiduría humana pero Nuestro Señor Jesucristo mismo enseña cómo la fe y la prudencia cristiana han de evitar esta vanidad tan dañosa.

4. …se atreven a proclamar que "la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de otro modo, constituye una suprema ley, libre de todo derecho divino o humano; y que en el orden político los hechos consumados, por lo mismo que son consumados, tienen ya valor de derecho"(…)

(…)5. Apoyándose en el funestísimo error del comunismo y socialismo, aseguran que "la sociedad doméstica debe toda su razón de ser sólo al derecho civil y que, por lo tanto, sólo de la ley civil se derivan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos y, sobre todo, del derecho de la instrucción y de la educación". Con esas máximas tan impías como sus tentativas, no intentan esos hombres tan falaces sino sustraer, por completo, a la saludable doctrina e influencia de la Iglesia la instrucción y educación de la juventud, para así inficionar y depravar míseramente las tiernas e inconstantes almas de los jóvenes con los errores más perniciosos y con toda clase de vicios (…)

(…)Ni se avergüenzan al afirmar que "las leyes de la Iglesia no obligan en conciencia, sino se promulgan por la autoridad civil; que los documentos y los decretos Romanos Pontífices, aun los tocantes de la Iglesia, necesitan de la sanción y aprobación – o por lo menos del asentimiento- del poder civil (…)

(…)Enseñad que los reinos subsisten  apoyados en el fundamento de la fe católica…”

Por su parte, León XIII afirma en su encíclica  Immortale Dei , publicada el día 1 de noviembre de 1885, entre otras cosas, las siguientes:

5. De donde se sigue que el poder público por sí propio, o esencialmente considerado, no proviene sino de Dios, porque sólo Dios es el verdadero y Supremo Señor de las cosas, al cual necesariamente todas deben estar sujetas y servir, de modo que todos los que tienen derecho de mandar, de ningún otro lo reciben si no es de Dios, Príncipe Sumo y Soberano de todos. No hay potestad sino de Dios.

6. El derecho de soberanía, por otra parte, en razón de sí propio, no está necesariamente vinculado a tal o cual forma de gobierno; se puede escoger y tomar legítimamente una u otra forma política, con tal que no le falte capacidad de cooperar al bienestar y a la utilidad de todos(…)

  (…)24. En la esfera política y civil las leyes se enderezan al bien común, debiendo ser dictadas, no por el voto apasionado de las muchedumbres, fáciles de seducir y arrastrar, sino por la verdad y la justicia; la majestad de los príncipes reviste cierto carácter sagrado y casi divino y está refrenada para que ni decline de la justicia ni se exceda en su mandar; la obediencia de los ciudadanos tiene por compañeras la honra y la dignidad, porque no es esclavitud o servidumbre de hombre a hombre, sino sumisión a la voluntad de Dios, que reina por medio de los hombres. Una vez que esto ha entrado en la persuasión, la conciencia entiende, al momento, que es un deber de justicia el respetar la majestad de los príncipes, obedecer constante y lealmente a la pública autoridad, no promover sediciones, y observar religiosamente las leyes del Estado(…)

32. Según esto, como se ve claramente, el Estado no es sino la muchedumbre, señora y gobernadora de sí misma; y, como se dice que el pueblo mismo es la única fuente de todos los derechos y de toda autoridad, se sigue que el Estado no se creerá obligado hacia Dios por ninguna clase de deber; que no profesará públicamente ninguna religión, ni deberá  buscar cuál es, entre tantas, la única verdadera, ni preferirá  una cualquiera a las demás, ni favorecerá a una principalmente, sino que concederá a todas ellas igualdad de derechos, con tal que el régimen del Estado no reciba de ellas ninguna clase de perjuicios. De lo cual se sigue también dejar al arbitrio de los particulares todo cuanto se refiera a la religión, permitiendo que cada uno siga la que prefiera, o ninguna, si no aprueba ninguna. De ahí la libertad de conciencia, la libertad de cultos, la libertad de pensamiento y la libertad de imprenta(…)

(…)En efecto; la naturaleza misma enseña que toda la potestad, cualquiera que sea y dondequiera que resida, proviene de su suprema y augustísima fuente que es Dios; que la soberanía popular que dicen residir esencialmente en la muchedumbre independientemente de Dios, aunque sirve a maravilla para halagar y encender las pasiones, no se apoya en razón alguna que merezca consideración, ni tiene en sí bastante fuerza para conservar la seguridad pública y el orden tranquilo de la sociedad. En verdad, con tales doctrinas han llegado las cosas, a tal punto que muchos tienen como legítimo el derecho a la rebelión, y ya prevalece la opinión de que, no siendo los gobernantes sino delegados que ejecutan la voluntad del pueblo, es necesario que todo sea inestable como la voluntad de éste, y que se ha de vivir siempre con el temor de disturbios y sublevaciones(…)

(…)38. Por lo mismo, la absoluta libertad de pensamiento y de imprenta, en forma tan amplia como ilimitada, no es por sí misma un bien de que justamente pueda alegrarse la sociedad humana, sino la fuente y el origen de muchos males(…)

(…)43. De estas enseñanzas pontificias se deduce haber de retener, sobre todo, que el origen de la autoridad pública hay que ponerlo en Dios, no en la multitud; que el derecho de rebelión es contrario a la razón misma; que no es lícito a los particulares, como tampoco a los Estados, prescindir de sus deberes religiosos o mirar con igualdad unos y otros cultos, aunque contrarios; que no debe reputarse como uno de los derechos de los ciudadanos, ni como cosa merecedora de favor y amparo, la libertad desenfrenada de pensamiento y de prensa(…)

…Sin duda ninguna si se compara esta clase de Estado moderno de que hablamos con otro Estado, ya real, ya imaginario, donde se persiga tiránica y desvergonzadamente el nombre cristiano, aquél podrá  parecer más tolerable. Pero los principios en que se fundan son, como antes dijimos, tales, que nadie los puede aprobar (…)(Subrayado mío)

Bien claro está, sólo que las constituciones democráticas dicen todo lo contrario. Para empezar podemos remitirnos a la constitución española que en el punto 2 del artículo 1 del Título preliminar proclama y afirma que “La soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado.” En el Título I están recogidos los derechos y deberes fundamentales. Derechos a la libertad de conciencia, de ideología, de pensamiento, de creencias, de movimientos, a la creación, a la libertad de cátedra…etc. Derechos que son inherentes a la persona porque sólo los individuos pueden ejercerlos porque ellos tienen el Poder y lo demuestran siendo libres y ejerciendo estos derechos. De manera que ni el Estado, ni ningún dios, ni ninguna Iglesia tienen libertad ni pueden imponer “sus valores” a los ciudadanos porque ni los Estados, ni las Iglesias, ni los dioses tienen ya Poder.

Y sin embargo, tanto los ciudadanos como los códigos penales se siguen comportando como si todavía estuvieran vigentes los valores religiosos, machistas, autoritarios y anti-sexuales del Antiguo Régimen, ya que todo lo totalitario pertenece al Antiguo Régimen. Seguimos siendo sadomasoquistas, seguimos valorando el sufrimiento, el dolor, la humildad, lo social, el Estado, la sumisión, la castidad…Es una doble moral entre lo oculto, que confundimos con lo privado, y lo público que identificamos con los valores tradicionales. Estamos esquizofrénicos, tal vez sólo padezcamos, como afirmaba Freud “una neurosis obsesiva de la colectividad humana”, porque el superyó, la tradición, la voluntad general, lo seguimos confundiendo con la realidad, a pesar de que nuestra realidad política constitucional se basa en valores que nada tienen que ver con la realidad tradicional.

Y lo grave es que la presencia de la moral tradicional-religiosa en la vida de los ciudadanos y hasta en el Código penal es inconstitucional. Es inconstitucional y anticonstitucional por varias razones. Porque como punto de partida somos moralmente libres, estamos moralmente emancipados y esta libertad de conciencia, de ideología, de pensamiento es inherente, irrenunciable. Y sin embargo, el Estado trata de invadir nuestra libertad moral por tres veces: porque se atribuye un poder que no tiene, ya que el poder lo tenemos los ciudadanos; porque nos impone una moral que no puede, ya que estamos moralmente emancipados y porque nos impone una moral religiosa determinada, la católica, cuando somos religiosamente libres. Y soportamos esta relación esquizofrénica y neurótica entre el individuo y sus derechos con el Estado y cualquier dios como lo más natural del mundo. Aquí y en cualquier país democrático se habla de los valores tradicionalistas-religioso-machistas como referencia de nuestras conductas y de nuestros códigos como si no existieran los derechos individuales.

Pero ¿por qué la moral tradicional forma parte de la moral ciudadana en países democráticos?

En las sociedades democráticas coexisten diferencias antagónicas entre explotadores y explotados puesto que el sistema productivo es eso que llamamos capitalismo. Por lo tanto esta es la primera contradicción residual a un sistema de derechos individuales. Las clases dominantes, explotadoras del trabajo ajeno, tienen su propia ideología, que si en un tiempo original pudo ser, para una cierta burguesía, el liberalismo político, con la conquista de los derechos individuales por los trabajadores, pasó a ser la moral religiosa. Por ser ésta autoritaria por estar en contra de las libertades individuales; patriarcal, por reproducir en la familia el autoritarismo; antifeminista por explotar tres veces a la mujer: económicamente, políticamente y sexualmente y homófoba porque la libertad sexual y el derecho al placer como un fin en sí mismo ponen en riesgo su principal instrumento de control sobre los individuos: la represión sexual.

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