Lutero y los campesinos

Al separar Lutero de forma tan antinatural la libertad de credo de la libertad política y social bloquea de modo decisivo durante siglos la liberación socioeconómica de las capas trabajadoras

Hubertus Mynarek no es Lucien Febvre, ni su libro "Luther ohne Mythos" el "Martín Lutero" de Lucien Febvre. Mynarek quiere meter la mano bajo los hábitos de Martín el agustino y mostrarnos sus vergüenzas, sus páginas negras, el lado bestial, muchas veces oculto, de aquel Reformador del siglo XVI, que liberó a los cristianos de su tiempo de la sumisión y saqueo de la Iglesia católica romana pero les puso a los pies de los príncipes. En el capítulo III de su libro “Luther ohne Mythos” el doctor Hubertus Mynarek expone de manera sabia, descarnada y bien fundamentada lo malo en aquel hombre pasional, que comenzó su obra con tan buen tono.

Mucho es lo que la historia le debe a aquel hombre, que desempeñó la función de despertador de la conciencia pública de los alemanes y puso en movimiento un bullicioso conjunto de ideas, sentimientos y acciones que esperaban el momento propicio para ser puestos en práctica.

Lo malo del señor Martín Lutero lo sufrieron de manera cruel y bárbara los campesinos alemanes rebeldes de su tiempo y, en especial, uno de sus líderes, Thomas Müntzer, que ocupa un lugar destacado en los movimientos religiosos, sociales y políticos del primer tercio del siglo XVI, a quien en mayo de 1525, ya capturado, se le sometió a juicio sumarísimo con la tortura correspondiente. Tras ser violentamente azotado, fue condenado a la pena capital, siendo decapitado el 27 de mayo con otros 53 más ante la puerta de la ciudad de Müllhausen. Su libro "Tratados y sermones" merece la pena ser leído.

Lutero termina finalmente aplicando su esquema “Dios-demonio” de manera vehemente e impetuosa contra todos los grupos, direcciones y corrientes, que no se posicionaban en pro de su línea o que no acataban por entero sus dictámenes. Lo cual tuvo consecuencias especiales en los campesinos rebeldes y en sus líderes. A Lutero le pareció la demonización de esta gente acosada el medio más idóneo para convencer y animar a la autoridad estatal a emplear los métodos más duros y contundentes contra los campesinos: “Nada más venenoso, dañino y demoníaco que esta gente, que sólo impulsan actividades satánicas”, “que sirven al demonio bajo la apariencia de Evangelio”, “de ahí que se merezcan una y mil veces la muerte corporal y espiritual, “son peones del demonio” y “conforman una federación satánica de maldad y perdición”.

Lutero piensa que ya no queda un demonio en el infierno, todos anidan y operan en los campesinos. “Hay que huir de ellos como del mismo demonio”.

Una vez establecida la identificación entre campesinos y demonio como paradigma del mal en sí, del mal insuperable, y luego de inculcar a la autoridad destinataria las recomendaciones de Lutero únicamente cabía a los príncipes civiles o huir ante los campesinos o destruir y aniquilar el satánico pacto campesino. Lutero imparte con toda seriedad y rigor -aparte de la recomendación de huir- la divisa de aniquilar a los campesinos: “Quien puede y quiere ahogar a un rebelde hace bien en ejecutarlo, puesto que ante un rebelde público toda persona es dos cosas: juez y verdugo. Igual que pasa con un fuego, que el mejor es quien primero lo sofoca… De igual manera aquí, quien pueda debe destruir, ahorcar y asesinar, en secreto o en público… Como ocurre quien se ve obligado a matar un perro rabioso… Un cristiano piadoso debiera sufrir cien veces la muerte, si fuera menester, antes de aceptar lo más mínimo en el tema de los campesinos”.

Lo que Lutero promueve aquí con impulso desatado es el peor linchamiento, legitima a cualquier enemigo de los rebeldes actuar como juez y verdugo.

Pero aún más rabioso que contra los campesinos rabia Lutero contra sus líderes ideológicos, en particular contra Thomas Müntzer. No extraña, por tanto, que utilice contra Thomas Müntzer, con más inquina todavía si cabe que contra los campesinos el arma más discriminadora de la religión, pervertida por el poder: la satanización en nombre de Dios, Dios que únicamente habla por boca de Lutero. La carta de Lutero a los príncipes de Sajonia sobre el espíritu levantisco (julio 1524) es un panfleto difamatorio y sin igual contra Müntzer, ordenando a la nobleza sajona eliminar violentamente al “Satán maldito de Allstedt”, como cuidaba denominar a este líder revolucionario de los campesinos, a Thomas Müntzer.

Le insulta y desacredita con epítetos como “espíritu devorador del mundo”, “demonio mendaz”, “Satán por antonomasia”, “espíritu mendaz”, “demonio expulsado”, aludiendo con ello a su expulsión de Zwickau. En palabras de Lutero Müntzer carece de legitimación divina, por eso habría que eliminarlo de modo violento de la “alianza” de Dios con los escogidos. Se amotina como si él sólo fuera el pueblo de Dios, actuando sin mandato y autorización de Dios, aunque dice responder a su espíritu”. “Sería incomprensible y no cabría disculpa ni ante la gente ni ante el mundo si los príncipes tuvieran que soportar y padecer los puños levantiscos y criminales”. En otros escritos las acusaciones y vejaciones de Lutero para con su gran enemigo son aún más desmedidas y desatadas. En su “Amonestación por la paz en los doce artículos del campesinado de Suabia” califica a Müntzer de “profeta bribón”, “príncipe de los demonios, que gobierna en Mühlhausen y no hace otra cosa que robar, asesinar y derramar sangre”; en el escrito “Contra las bandas de campesinos ladronas y asesinas” le denomina “asesino desde el inicio”. Por último y para mal Lutero redacta de nuevo un escrito contra Müntzer, preñado de odio, que lleva por título: “Una terrible historia y un juicio divino sobre Thomas Müntzer”.

¿De dónde proviene ese odio espantoso y, en el verdadero sentido de la palabra, asesino contra Müntzer? No hay duda en que Lutero reconoció muy pronto en Müntzer una postura más honrada, lineal y consecuente que la suya, además personificada en alguien tan inteligente como él y con un dominio de la palabra y capacidad expresiva semejante a la de Lutero, a alguien que ponía en solfa y cuestionaba su obra reformadora y que su vida y obra radical era un grueso interrogante a su medianía, a su sí pero no, a su quedarse a medio camino. Los principios originarios socio-liberadores y democráticos, existentes en la experiencia de la justificación y la fe de Lutero, los había ido retirando o anulando y, sin embargo, Müntzer era capaz de desarrollarlos hasta el final, de defenderlos teórica y vitalmente, de vivirlos. ¿Y a quién le agrada que le recuerden, le afeen y le echen en cara lo que un día apuntó y prometió y luego se retractó y justificó? El odio más venenoso brota siempre en esta circunstancia: cuando alguien se aventura y luego “justifica” su marcha atrás.

En su comparación con Müntzer Lutero tenía que ver nítidamente, con dolor y decepción, que él se había quedado a medio camino en su Reforma, y lo que es peor, que se había traicionado en parte a sí mismo, había dado media vuelta en su impulso y sentido en pro del progreso. Los años 1524 y 1525, en los que Lutero había ejercido con sus escritos y apelaciones una propaganda tan desorbitada de acoso contra Müntzer y los campesinos, significaron al mismo tiempo, y en conexión con ello, el final de un movimiento popular y el inicio definitivo de una reacción pseudoreformatoria: la restauración y reglamentación desde arriba.

La Iglesia , esclava y sumisa al papa, había sido sustituida por una Iglesia no menos sumisa al príncipe regional, poseyendo ahora el soberano “civil” prácticamente todos los poderes episcopo-eclesiales, de modo que en la iglesia regional, administrada por la autoridad de procedencia luterana, la conexión trono altar era más estrecha, el todopoderoso estado eclesial se había convertido en una realidad más opresora que en la época católico-eclesial de la prerreforma, en donde la lucha entre el emperador y el papa, entre el príncipe soberano y el príncipe de la Iglesia, había permitido hasta el momento ciertos espacios libres o zonas de amortiguación y relajo.

Con Lutero su Iglesia universal invisible y misteriosa de los verdaderos creyentes, sólo escrutable y transparente al ojo divino, se convirtió en estado eclesial (estado pontificio) masivamente visible, en un estado pontificio gobernado no por un papa sino por un príncipe, de modo distinto pero no menos brutal que en la administración curial de la Iglesia de Roma, pervirtiendo y desprivatizando-la necesidad religiosa del hombre, creando consistorios, gremios supremos religiosos de administración compuestos cada uno por el príncipe regional, como presidente, y dos teólogos y dos juristas, que reglamentaron, supervisaron de modo permanente la vida del cristiano, su trabajo, su oficio y, dado el caso, castigando, penas que incluían el derecho a encarcelar, a despojarles de los derechos civiles, a desproveerles del puesto de trabajo y aislarlos socialmente.

La frase de Marx: “Lutero ha transformado los curas en laicos porque a los laicos los ha convertido en curas” hay que aplicarla sobre todo a los príncipes regionales, que ahora eran al mismo tiempo laicos y curas, soberanos civiles y religiosos. La esclavitud y tutela religiosa ahora fue en cierta manera incluso mayor y más dura que antes de la Reforma. Es verdad que mediante la oración y el dejarse llevar y conducir por la sabiduría de la sagrada escritura, por la experiencia interna y el reconocimiento y credo claro y valiente de la “doctrina pura” el cristiano se había emancipado y liberado interiormente, es verdad que de pronto se encontró el cristiano con que ya no tenía que obedecer los dogmas católicos y notificaciones de papas y obispos, que regulaban la fe y moral como normas determinantes por encima de su vida religiosa íntima y su conciencia, paro ahora debían obedecer y acatar la voluntad del príncipe regional como medida suprema de fe y moralidad. No sólo había que reconocer su profesión de fe religiosa y aceptarla si uno quería vivir dentro de la jurisdicción de su principado sino también debía acatar y obedecer sus decisiones civiles en el ámbito político, social y económico.

Con toda solemnidad manifestó Lutero en 1528 la idea de que “el mandato de Moisés “honra a tu padre” se refería a estos príncipes, y había que equiparar con la prohibición expresa de la rebelión política… Así el orante no debía consultar sólo consigo mismo sino escuchar y prestar atención también a sus soberanos para percibir y aceptar con seguridad y nitidez todas las indicaciones del plan divino. Este nuevo rostro de Dios, que se deja ver y reconocer, que se manifiesta en la oración, en la sagrada escritura y en las decisiones del soberano fue determinante para una nueva clase y una religiosidad, que apoyó y promovió las nuevas ansias mercantiles de progreso.

Y a pesar de que Lutero había reaccionado con más ímpetu que nadie en contra de la usura y las indulgencias, sin embargo ayudó a preparar la metafísica de este bodorrio entre el egoísmo económico y la pertenencia eclesial, tan característico del mundo occidental”. De ahí que la Contrarreforma pudiera recobrar suelo mediante nuevas prédicas interiorizantes y anhelos espirituales, Lutero había interrumpido a medio camino su lucha contra las formas otroidantes de religiosidad sumisa a Roma.

Lutero salvó su obra reformadora poniéndola devotamente en manos de la autoridad, bajo protección de los soberanos, de los príncipes, librándola de las crisis y riesgos que conllevaban los movimientos populares de las capas más bajas. Pero el precio que tuvo que pagar por ello la Reforma fue enormemente alto: Al movimiento religioso de emancipación, que él introdujo y que hubiera podido permanecer sin consecuencias sociopolíticas profundas, Lutero opuso un potente movimiento de retardo y reacción, que en la práctica anularía y echaría por tierra todo proceso de liberación. Los carriles teóricos para un tal desarrollo los puso Lutero relativamente pronto. Su escrito “De la libertad de un cristiano” lo encabeza programáticamente con las dos decisiones, que teóricamente justifican su paradójica postura en el proceso de liberación:

El hombre es un ser libre sobre todas las cosas y no está sometido a nadie.

El hombre es un siervo disponible sometido a todas las cosas y a todos.

Al separar Lutero de forma tan antinatural la libertad de credo de la libertad política y social bloquea de modo decisivo durante siglos la liberación socioeconómica de las capas trabajadoras del pueblo en Alemania, en cualquier caso se imparten las líneas programáticas. Merced a su comportamiento y actitud reaccionaria, de palabra y hecho, la mayoría de la gente no va a participar en las decisiones religiosas, políticas y económico-sociales en los próximos siglos. No se requiere gran fantasía para imaginarse las consecuencias de la ética de Lutero en la política. En cualquier caso significó su separación radical de libertad política y religiosa, su axioma, unido a que el cristiano en el ámbito civil tiene que obedecer necesariamente a la superioridad impuesta por Dios, supuso prácticamente la liberación y legitimación de todo tipo de actuación política de los soberanos. 

El gobernante debía preocuparse de nuevo de que en el país ahora se practicara un único credo. Creyentes de otros credos son tildados de “rebeldes” y, según la doctrina de Lutero, deben ser ejecutados. Según sus enseñanzas el Estado y la Iglesia vendrían a ser como los dos reinos a la derecha e izquierda de Dios. La Iglesia pone a los creyentes a disposición del estado totalitario del príncipe como servidores obedientes, el Estado apoya y ayuda a la Iglesia y eventualmente asesina a los enemigos de la Iglesia.

No sólo Lutero logró “paz” para la Reforma de esta manera, también su manera de vivir su propia vida borró todo lo que de rebelde, revolucionario y arriesgado encerraron sus años de juventud, su vida de Reforma avanzó por caminos sin riesgos económicos, por suelo burgués, enmoquetado, por caminos seguros y en paz. Como pastor y profesor dispuso de un salario seguro, relativamente alto, y el príncipe lector puso a su disposición el convento de agustinos de Wittenberg, ahora vacío, a modo de primera parroquia luterana.

A Lutero tuvo que dolerle que Thomas Müntzer, muy distinto a él por el destino externo que le tocó en surte en su vida, siguiera siendo un revolucionario siempre abierto y atento a nuevas modificaciones y cambios. Buscado, perseguido, acosado, cazado, arrojado, expulsado, a menudo obligado a huir y escapar ante la intervención de la autoridad, configuró la vida de Jesús de manera muy diferente a Lutero. Al no identificarse Müntzer, a menudo sin recursos económicos, y no aferrarse a ningún bien material pudo escapar y esquivar el peligro de la solidificación y fosilización de su propio mundo imaginativo y no ser preso de su carácter, muy distinto a Lutero. De esta manera quedó muy atado y ligado a la suerte de los desposeídos y oprimidos de su tiempo en contraposición a Lutero. Cual punta de saeta envenenada y aguda a Lutero tuvo que afectarle la titulación que Müntzer le otorgó: “hermano cebón”, “hermano hipócrita”, “hermano de vida afable”.

Pero mucho más tuvo que calarle y afectarle la pérdida de imagen del reformador que anhelaba poder y aspiraba al aplauso popular, y que Müntzer, radical y consecuente con todo lo que decía y hacía, siguiera buscando la cercanía del pueblo al que nunca traicionó hasta padecer su trágico fin. Müntzer fue el primero, y antes que Lutero, que creó con sus escritos “La misa evangélica en alemán” y “Ministerio eclesiástico alemán” una liturgia alemana para el pueblo, resaltando con ello fuertemente la participación de la comunidad en el servicio divino. En su escrito “Disposición y cálculo de la función alemana en Allstedt” de 1523 justificó la introducción de la lengua alemana en el servicio divino, y esta justificación es un testimonio del amor que Müntzer sentía por el pueblo, al igual que la participación del pueblo en las actuaciones y momentos fundamentales de la misa testifica este amor. “¡Aj, que ciegos e ignorantes somos!”, se queja Müntzer, “nos jactamos sólo de ser cristianos de cuño externo y nos peleamos por ello como gente insensata y animalesca”. Llama a todos los cristianos a desprenderse de ceremonias y poses supersticiosas mediante la escucha permanente de la palabra divina”.

No pocas veces los megalómanos sienten la urgente necesidad de resaltar y realzar aún más sus “grandes acciones”, de inmortalizarse y rodearse de una aureola numinosa, de eternizar su recuerdo apelando a la “providencia y mandato divinos” para salir airosos de las “duras exigencias requeridas derivadas de sus acciones”. Lutero se sintió llamado por el mandato divino, dado a él por Dios, de transmitir a los príncipes la orden de golpear y aniquilar a los campesinos: “Los predicadores son los mayores criminales, ya que exhortan a la autoridad a que, en función de su cargo, castiguen a los impíos malvados. Yo, Martín Lutero, he matado a todos los campesinos rebeldes, pues he llamado a matarlos; que toda su sangre caiga sobre mis hombros. Pero yo la remito a nuestro señor Dios, que me ha ordenado transmitir este mandato suyo (Prediger sind die grössten Totschläger, denn sie vermahnen die Obrigkeit ihres Amts, dass sie böse Buben strafen sollen. Ich, M. Luther, hab im Aufruhr alle Bauern erschlagen, denn ich hab sie heissen totschlagen; all ihr Blut ist auf Eminem Hals. Abe rich weise es auf unsern Herrn Gott, der hat mir das zu reden befohlen).

De hecho: Lutero “carga” sobre el señor Dios todo el complejo psicológico de decepción, rabia, ambición humillada, angustia (por pérdida de influencia), ansia de poder y agresión, en virtud de lo cual él redactó sus desorbitados llamamientos al derrocamiento y matanza de los campesinos. Tras este complejo, que él justifica aludiendo al mandato divino, se escondía su postura llena de odio contra los campesinos, así lo demuestra el hecho de que Lutero al principio dijera cosas muy distintas, quería dignificar con mirada clara las peticiones justificadas del campesinado y de las masas populares esclavizadas; condenó los temibles ataques de los poderosos: “Porque, como se dice en un escrito de Lutero “De la autoridad civil, en que medida de les debe obedecer” (1523) “no más maltratar y matarse a trabajar, no más tributos y más tributos, impuestos y más impuestos y actuar como si fuera demasiado para ladrones y pícaros y su régimen civil languidece tan profundamente como el régimen de los tiranos religiosos”. “Y debéis saber que desde el inicio del mundo es raro un príncipe inteligente y mucho más raro un príncipe piadoso. Por lo general son los mayores mentecatos o los malvados más malignos de la tierra (Und sollst wissen, dass von Anbeginn der Welt ein kluger Fürst gar ein seltener Vogel ist, ein frommer Fürst noch viel seltener. Sie sind gewöhnlich die grössten Narren oder die ärgsten Buben auf Erden”. “No se puede ni se quiere padecer vuestra tiranía y petulancia. Queridos príncipes y señores, aprended a comportaros, Dios no quiere esto por más tiempo. No estamos en otros tiempos, cuando tratabais y perseguíais a la gente como a animales de acoso y caza. Apartaos de vuestras maldades y de vuestras violencias. El hombre común ha cavilado sobre la injusticia que ha sentido en sus bienes, en su cuerpo y en sus sentimientos… Si yo tuviera diez cuerpos… sacrificaría con agrado y alegría por esta pobre”.

También en Lutero se encuentran reminiscencias de un comunismo cristiano: “En el cristianismo se reconoce generalmente que el bien que a uno le pertenece también es del prójimo; no conoce diferencias, cada uno ayuda al otro según sus posibilidades en cuerpo, espíritu, bienes y honra”.También en su Amonestación a la paz en los 12 artículos del campesinado de Suabia (finales de abril de 1525) todavía Lutero, consciente de su papel de guía ideológico y profeta religioso, se aventura como árbitro principal sobre las partes litigantes. Hizo pensar a príncipes y señores el que estuvieran allí para procurar el bien de los súbditos: “De qué sirve que el campo de un agricultor produjera tantos florines como tallos y granos si la autoridad se aprovecha de ellos y malgasta los bienes en vestidos, en comer y beber, en edificios y cosas semejantes como si fuera paja. Hay que parar el derroche y frenar el gasto para que un hombre pobre pueda quedarse con algo”.

A los labradores, a pesar de su reconocimiento de algunas de sus exigencias, aconsejó obediencia a cualquier precio.: “Porque el que la autoridad sea mala e injusta no disculpa la rebeldía o el amotinamiento. Puesto que castigar la maldad no es competencia de cada uno sino de la autoridad civil, que porta la espada. El que la autoridad os arrebate injustamente vuestros bienes es una cosa, pero otra que les arrebatéis su poder, y con ellos todos sus bienes, su cuerpo y alma, convirtiéndoos así en mayores ladrones que ellos”.

Con el calificativo y acusación de ladrones a los campesinos Lutero abandonó su punto de partida como árbitro de las partes. También Lutero, en esta publicación todavía relativamente comedida en comparación con los escritos posteriores, se permitió en contra o sobre los campesinos calificaciones de ellos que desmentían claramente su postura y arbitraje imparcial acusándoles de egoísmo y abuso en los ideales y buenas intenciones, proclamadas por ellos, tachándoles de “ locos y errabundos peores que los paganos o turcos”.

Pero Lutero empleó esta descripción (des)moralizadora ahora sólo contra las capas populares saqueadas, o cuando menos no le condujo a algo de lo que él era consciente, a que las motivaciones de los soberanos eran a menudo mucho más egoístas e inhumanas en sus consecuencias de denegarles sus derechos, como ocurría con los campesinos. En su respuesta, contenida en sus 12 artículos, afirmaba con toda seriedad “que ellos no podían apelar al derecho cristiano del Nuevo y Antiguo Testamento, ni tampoco al derecho natural porque básicamente para ellos sólo rige el derecho cristiano: “no rebelarse contra la injusticia, no echar mano a la espada, no defenderse, no tomar venganza sino entregar el cuerpo y el alma porque, que robe quien robe, nuestra confianza está en el Señor, quien, como ha prometido, no nos abandonará. Sufrir, sufrir, cruz, cruz es el derecho de los cristianos y no otra cosa. Un cristiano se deja robar, quitar, presionar, patear, saquear, devorar, que le vocifere todo aquel que quiera, él es un mártir”.

Verdaderamente, pocos han dado tanto impulso a la caracterización de la religión como gozo en el más allá, como prometedor opio del pueblo (K. Marx) como el propio Lutero. Veremos también que él definió los derechos de los que mandan y su martirio de una forma muy distinta, de una manera casi cínica. Después de lo anterior sobre el derecho cristiano a nadie le puede sorprender que Lutero en su amonestación renunciara a todos los elementos de convicción comunista-cristianos, sociales o democráticos aparecidos a veces en sus escritos y prédicas, y rechazara la exigencia de los campesinos de la suspensión de la esclavitud como malentendido del Evangelio y de la libertad espiritual y religiosa del cristiano. Asimismo se retractó prácticamente del derecho democrático, reconocido expresamente a las comunidades en los primeros escrito, a elegir a sus párrocos al tiempo que aconsejaba a los campesinos que era preferible que solicitasen con humildad tal nombramiento por parte de su autoridad.

La verdadera razón de esta brutalidad insuperable en otro escrito de Lutero, el segundo, sobre la guerra campesina parece haber deberse a su herido orgullo herido y a su ambición sin medida. ¿Cómo habían sido capaces y se habían permitido los campesinos el lujo de desoír sus demandas y llamadas a la tranquilidad, las del único profeta alemán nombrado por Dios? El orgullo mancillado enturbió su mirada y excitó su pasión; su amonestación bienpensante, a la que él tanta capacidad mágica atribuía no fue tenida en cuenta por los campesinos, la avalancha no se detuvo ante su orden superior; esto le enfadó en gran manera. A la cabeza del movimiento popular, encumbrados por él y en total sintonía se encontraban como hombres loados por el pueblo Karlstadt, a quien él por la cena del Señor y otras cosas más desde que los orlamundeses le habían lanzado piedras a Lutero, lo odiaba a muerte, y Thomas Müntzer del que desde hace tiempo se sentía celoso y le consideraba su peor enemigo. Esto le airó aún más.

Al mismo tiempo llegó a sus oídos la noticia de la acción de Weinberg y el grito de cómo todo este alboroto se debía a él y a su Reforma, de cómo el duque Jorge de Sajonia le atribuía todo el desaguisado a él. Esto terminó por descomponerle y venirse abajo… Sin analizar ni escuchar cuan mucha culpa se debía a los señores de Weinberg por asesinato desleal de cientos de campesinos que se manifestaban cándidamente durante la tregua, por la sangre de sus hermanos derramada en el Danubio, por la contravención de todo derecho de guerra y popular… Lutero tomó a los de Weinsberg como si fueran todos los campesinos y escribió “contra las bandas de campesinos saqueadoras”.

En este escrito despótico, acabado a inicio de mayo de 1525, aparece de nuevo el mecanismo psíquico causal, que ya conocemos, de agresión y ávido de poder y agresión religiosa: Lutero se apoya en Dios y en su papel de profeta en sus recomendaciones a los soberanos animando al asesinato cruel de los campesinos. Tenía que serviles y poner a los campesinos y a la gente desgraciada ante sus ojos sus pecados, de como Dios ordenó a Isaías y Ezequiel…, y después aleccionar la conciencia de la autoridad civil de cómo debían comportarse en este caso.

Nunca en la historia de las religiones ha preparado un “hombre piadoso” a la autoridad para asesinar con tan buena conciencia como Martín Lutero. Él, Lutero, tenía que aleccionar a la autoridad civil cómo debía comportarse con tranquilidad y buena conciencia. ¡Y vaya que les aleccionó! Construye una estructura metafísico-religioso convirtiendo al príncipe y señor en funcionario de Dios y en servidor de su cólera, a quien se le autoriza y ordena utilizar la espada contra estos impostores, y que en caso de no utilizarla y no cumplir su mandato de castigar contrarían gravemente a Dios, al igual que cuando alguien asesina sin habérsele concedido ese poder.

Sólo la autoridad es la portadora legítima de la espada y la servidora de Dios sobre quien actúa mal. Lutero con ello otorga en exclusiva la buena conciencia a la autoridad y la mala a los campesinos. Por razón de este acto de autoridad, pintado de manera brutal en blanco y negro, ahora es posible asesinar con buena conciencia: “Así la autoridad debe actuar con tranquilidad y consuelo y asesinar con buena conciencia mientras le quede un soplo de vida. Ésta es su ventaja, que los campesinos tienen mala conciencia y hacen cosas injustas y serán asesinados por ello, y serán presa eterna del demonio en cuerpo y alma. Pero la autoridad, que tiene buena conciencia y hace cosas justas, puede dirigirse a Dios con toda la seguridad de su corazón y decirle: Mira, Dios mío, me nombraste príncipe e colocaste como Señor, no puedo dudar de que me has encomendado blandir la espada sobre los malhechores (Rom 13, 4). Es tu palabra, no cabe mentira; debo cumplir mi función sin vacilar, de lo contrario pierdo tu gracia; es también evidente que estos campesinos se han hecho acreedores a la muerte con reiteración ante ti y ante el pueblo, me has mandado castigarles… Y yo quiero castigarles y matarles mientras me quede un soplo de vida, tú lo juzgarás y lo encontrarás justo.

Pero Lutero no sólo se conforma con esto sino que incluso en los señores, que blanden la espada de mala gana contra los campesinos, quiere suscitar un entusiasmo tal, un “Dios lo quiere así”, que se esfuerza por crear en ellos espíritu y mentalidad de mártir. De ahí las siguientes e increíbles palabras de Lutero, que significan una increíble perversión del verdadero martirio: “Puede suceder que caiga asesinado alguien del sector de la autoridad, ese tal, como se ha dicho, se convierte en un verdadero mártir a los ojos de Dios si combate de buena conciencia porque cumple y obedece la palabra de Dios”.

Aquí reverdece literalmente la argumentación de san Bernardo en las cruzadas, en esta lucha reverdece en beneficio propio, en pro de los privilegios de los señores feudales: “Si se desgracian con buena conciencia quienes se encuentran desempeñando la espada… Hoy vivimos tiempos maravillosos, un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre y mejor que otros rezando… Por eso, queridos señores, solucionad ahora, salvad aquí, ayudad aquí, compadeceos de la pobre gente; que estrangule, ahorque y mate quien pueda. ¡Que mueres, dichoso tú, nunca vas a tener una muerte más bendita! Mueres obedeciendo la palabra y la orden de Dios (Rom 13) y sirviendo al amor… Aquí cualquier cristiano piadoso respondería con un amén. Pues sé que la oración es justa y buena, y agrada a Dios. Si a alguien le parece todo esto demasiado duro, que piense que el alboroto es insoportable y en cualquier momento puede ocurrir la destrucción del mundo”.

Print Friendly, PDF & Email

También te podría gustar...