Los talibán ejecutan en público a una pareja acusada de adulterio

El amor prohibido ha vuelto a teñirse de rojo sangre en Afganistán. Esta vez ha sido una relación extramatrimonial la que ha evidenciado que la violencia de la Ley Sharia aplicada por los talibán no tiene medida, ni conoce edad. Gul Ahmad, de 50 años, y Nigar, de 40, eran vecinos y, secretamente, amantes. Y por ello, fueron ejecutados públicamente.

Los hechos han sucedido en la aldea de Yamchian, situada en la remota provincia de Badakshan, al noreste del país y formando un corredor montañoso de frondosos bosques -incluso con zonas casi inexploradas- hasta convertirse en la inmensa llanura conocida como el Corredor de Wakhan, una maravilla de la naturaleza que acaba compartiendo frontera con China. Allí, los talibán comparten su poder, casi sin oposición por parte del Gobierno de Kabul, con numerables bandas criminales dedicadas al tráfico de drogas y de armas. Y allí, también, aplican su versión extrema de la ley islámica.

«Gul, que tenía varios hijos, fue arrestado por militantes talibán cuando entraba en la casa de Nigar, madre seis veces», ha explicado Ahmad Basheer Samim, miembro del consejo tribal provincial. La detención fue seguida por un tribunal sumarísimo yihadista que concluyó que ambos eran culpables de adulterio. Seguidamente, «los ejecutaron en público», ha añadido Basheer. Hecho, a su vez, confirmado a Pajhwok News por el portavoz de la policía del distrito, Ahmad Zahid Omari, que ha indicado que «fueron asesinados públicamente y en contra de las leyes afganas».

Las ejecuciones sumarias en público son una práctica que los talibán utilizan, sobre todo, cuando se trata de casos relacionados con las relaciones extramatrimoniales, que según la jurisprudencia yihadista están consideradas como Zina, término que describe las relaciones sexuales ilegales incluyendo, en la misma categoría, el adulterio, la fornicación, la prostitución, la homosexualidad y la violación en la que, la mujer, es también considerada culpable.

A pesar de que la Constitución y el Código Penal afgano protegen a las mujeres contra este tipo de crímenes, en la práctica la realidad es muy diferente puesto que son las propias autoridades, y en especial la policía que deberían salvaguardar esos derechos, las primeras que les dan la espalda. De hecho, en noviembre de 2013, el gobierno del ex presidente afgano, Hamid Karzai, intentó reinstaurar la lapidación como pena aplicable a las mujeres condenadas por adulterio. Algo que causó una reacción a escala mundial y que, tras la insistencia de Washington, el ex jefe del Palacio Presidencial, acabó desestimando.

Por otro lado, los seguidores del mulá Hibatullah Akhundzada, el líder del grupo insurgente, también llevan a cabo ejecuciones sumarísimas en público cuando ejecutan a miembros de las fuerzas de seguridad afganas, o a trabajadores del Gobierno de Kabul. Un escarmiento destinado a infundir terror y miedo entre todos los que no estén de acuerdo, o no sigan los preceptos de su versión extrema del Islam.

Los civiles se sienten abandonados

Sin embargo, los talibán «no han comentado nada al respecto», ha añadido Zahid. Un hecho también habitual en este tipo de ejecuciones porque el grupo terrorista es consciente de que la aplicación de su versión de la Ley Sharia atrae la antipatía de la opinión pública afgana, sobre todo en el mundo rural donde este tipo de casos son llevados por consejos tribales que, aunque anclados en leyes que no respetan la libertad individual o la igualdad de géneros, tienen prohibido ordenar prisión o sentenciar a muerte.

Por otro lado, en la provincia de Badakshan no hay fuerzas gubernamentales suficientes para detener a los talibán, muy a pesar de las súplicas del consejo tribal. «Hemos alertado en numerosas ocasiones a las fuerzas de seguridad sobre la gran presencia de terroristas en la zona, así como hemos pedido que intervengan, que lancen una operación para acabar con los milicianos, pero nadie nos ha escuchado», concluyó Zahid.

Los civiles en la provincia se sienten abandonados y Kabul es consciente de ello, pero poco puede hacer para evitarlo. Para llegar hasta Badakshan y expulsar a los yihadistas, que llevan años asentados en la región, y a los grupos criminales que operan en la misma, haría falta una ofensiva a gran escala por tierra y aire. Un ataque que, hoy por hoy, resulta imposible ya que las tropas afganas todavía están luchando para que la vecina provincia de Kunduz no vuelva a caer en manos talibán. Y, sin el control de ésta, una ofensiva sobre Badakshan es, simplemente, un suicidio militar.

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