Los retos del Islam

De las tres religiones monoteístas surgidas en Medio Oriente (judaísmo, cristianismo e islamismo) es sorprendente que la última ofrezca en el siglo XXI el mayor dinamismo y capacidad de expansión.

Es la única que ha podido implantarse sólidamente en países asiáticos y africanos, al tiempo que sus comunidades crecen también en los occidentales.

Representa hoy alrededor de la quinta parte de la población creyente en el mundo y es previsible que se convierta en el credo mayoritario para mediados de la centuria. Otro dato: hace unas décadas una revolución comandada por un clérigo musulmán, montada en un movimiento religioso, derrotó a un régimen, el del Cha de Irán, que contaba con el sexto ejército más poderoso y mejor equipado del globo. Multitudes ganadas por el frenesí religioso, rodearon a las tropas y las obligaron a desertar, lo que parecería impensable en el siglo XX.

El Islam bate todas las marcas y los patrones en el rechazo a la modernidad, cuyas conquistas se han alcanzado a lo largo de medio milenio, es decir, a partir del Renacimiento en Occidente y han ido aceptándose universalmente. Ninguna de ellas es asumida. Tales son: separación entre Iglesia y Estado, reconocimiento de los derechos humanos, igualdad ante la ley, tolerancia religiosa o libertad de cultos, igualdad entre hombres y mujeres. Las negaciones a estas conquistas básicas distan mucho de ser exclusivas del Islam, puesto que aun en los países que se tienen como más avanzados, continuamente se les asedia, desde los diversos fundamentalismos religiosos o políticos. En Estados Unidos por ejemplo, las administraciones republicanas y en especial la última, han desarrollado una política del Estado para acabar con la educación laica, pilar de la diferenciación entre la religión y la política. En México de igual manera, hay una poderosa tendencia que quiere regresar a la fase de la educación religiosa en las escuelas oficiales. Tampoco es exclusiva del Islam la discriminación de las mujeres, puesto que en Occidente, la iglesia católica la “pieza maestra” de su civilización, como algunos le han llamado, todavía establece el inexplicable criterio de que las mujeres son inferiores, toda vez que reserva para los hombre el exclusivo privilegio de fungir como ministros. Otras discriminaciones, en casi todos los países del mundo han desaparecido de la ley, como las que se basan en motivos raciales, económicos o culturales, sin embargo, siguen siendo lastimosas realidades en todas partes. Los de color moreno sufren las peores condiciones materiales y por lo que hace a los derechos políticos, como votar y ser votados, los ricos acaparan los puestos de poder, en contra de la hipótesis básica de la democracia, que es la igualdad ciudadana. Aún puede decirse que la segregación por motivos étnicos es más aguda en Occidente que en el Islam.

Sin embargo, es en los estados y sociedades islámicas en las cuales, desde su propia estructura constitucional, se establece un sistema en el que se funden estado e iglesia y se pierden las fronteras entre el quehacer político y el religioso. Con ello, las diferencias reales que existen en la sociedad, encuentran una expresión en la propia ley, que las sanciona y consagra. El caso de mayor obviedad es la distinción entre hombres y mujeres, desde luego, en donde las segundas carecen de toda perspectiva para desplegar sus potencialidades, puesto que, gracias a esta ominosa unión del trono y el altar son confinadas a una situación de permanente servidumbre e ignorancia. En los parámetros occidentales, a vivir una eterna edad media, con sus persecuciones de brujas, sus cinturones de castidad y purgando la pena eterna por el pecado de haber nacido mujeres. (Todavía hoy, fanáticos religiosos, judíos o cristianos, en sus plegarias dan gracias Dios por la gracia de haberlos hecho hombres)

De cualquier manera, los analistas y especialistas en temas sobre religión y sociedad, siguen quebrándose la cabeza para comprender como es que un credo que proclama la Ley Sharia, cuyas normas regulan hasta la nimiedad toda la actividad humana (como vestirse, que comer, como caminar) pueda sostenerse y crecer en una colectividad general que ha hecho de la libertad personal el valor supremo. Una de las sendas para encontrar la explicación, se encuentra en ese complejo mecanismo de defensa al que se recurre usualmente, consistente en refugiarse en el credo que proporciona seguridad y respuesta o solución inmediata para cualquier pregunta o problema. Basta confiar para que la insoportable realidad desaparezca y se alcancen los últimos deseos. De la confianza en la divinidad, se pasa con tersura a la confianza en los que administran su culto. Por otro lado, hay una explicación histórica: frente al dominio y la humillación de la derrotas infligidas a lo largo de los siglos, las naciones árabes y luego todas las que han abrazado el culto del Islam, encontraron en éste un instrumento de unidad y una poderosa arma de cohesión ideológica interna para la batalla contra los extranjeros. Se produjo una fusión entre la identidad nacional y el discurso religioso, de forma tal que el segundo garantizaba a la primera. Hubo regímenes que intentaron separarlos, como el de Nasser en Egipto o el del propio Hussein en Irak, pero a la postre sucumbieron o se rindieron, ahogados en la ola de la religiosidad.

Al parejo, como sucede en todos los hemisferios y con todos los credos, la religión de Mahoma ha sido un precioso recurso para mantener en el poder a grupos oligárquicos, que bajo el pretexto de defenderla y protegerla contra los infieles, la utilizan para sostener el privilegio y la opresión en sus propios pueblos. Ya Gibbon, el clásico historiador del imperio romano, había explicado con maestría esta función de los cultos religiosos. En Roma, donde imperaba el politeísmo, decía: para el pueblo todos los dioses eran verdaderos, para los filósofos todos eran falsos y para los funcionarios todos era útiles. Paradójicamente, fue también un instrumento en la Unión Soviética, que usó las banderas islámicas para atraerse a sus pueblos del Sur, desde los años de fundación en la década de los veintes. Una festiva escena en la película Rojos que retrata la vida del comunista norteamericano John Reed da cuenta de este uso. En un mitin en el sur del Cáucaso, el activista originario de Portland, se asombraba de la politización de las masas, pues cada vez que hablaba de combatir al enemigo de clase y a los opresores capitalistas, estallaban en estruendosas vivas y aplausos. No se percataba de que el taimado Gregory Zinoviev, que traducía su discurso, allí donde el orador decía combatir al enemigo de clase, ponía combatir a los infieles, o donde hablaba de liquidar al enemigo capitalista, ponía a los enemigos de Mahoma. A la postre, los soviéticos en el pecado llevaron la penitencia, pues tuvieron en el espíritu islámico de muchas naciones, un valladar de primera magnitud para conformar la nueva patria de los pueblos, que quiso ser la URSS. Todavía hoy se libra una guerra feroz entre rusos y chechenos musulmanes.

Sea que se le caracterice como una disputa entre la religión verdadera y la falsa, un choque entre civilizaciones, un refugio para los pueblos oprimidos; el reto del Islam, permanecerá como uno de los temas torales durante las próximas décadas.
 

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