Los preservativos y la malicia

Nos tienen muy habituados los señores obispos, como voceros públicos de la organización a la que sirven a full times, a ser hieráticos receptores de sus mensajes, que con frecuencia suelen ser verdaderos disparates. Son mensajes cuya finalidad, obviamente, es defender, difundir y perpetuar la “moral” cristiana. Entrecomillo la palabra “moral” porque hace ya largo tiempo que no considero el argumentario cristiano, y ningún argumentario religioso, a decir verdad, como parte de ninguna moral, sino, al contrario, como idearios concebidos para manipular la conciencia, coartar la libertad, controlar la voluntad y anular los derechos de los seres humanos.

Algunos de esos mensajes son verdaderas embestidas contra la razón y contra la dignidad de las personas, nuestra dignidad. Y algunos de esos mensajes pueden ser considerados como verdaderos abusos, porque es abuso cualquier palabra o comportamiento encaminados a controlar o subyugar al otro. Porque las palabras tienen un efecto muy poderoso en las personas; influyen sobre quienes las pronuncian, afectan e involucran a quienes las reciben, e inciden directamente en las emociones, luego también en la conducta y en los comportamientos que generan.

Aunque, en general, estas manifestaciones van encaminadas a seguir mediatizando según sus pautas obsoletas la conciencia colectiva, las mujeres solemos ser, con diferencia, las “víctimas” predilectas de estas manifestaciones que, casi sin excepción, son acusaciones; a veces terribles y grotescas. Hay que quitar el voto a las mujeres porque últimamente piensan por su cuenta, dijo hace poco el obispo de Alcalá; Cásate y se sumisa es el título de un libro editado por el arzobispado de Granada; la ideología de género es una bomba atómica que quiere destruir la doctrina católica y la imagen de Dios en el hombre, dijo hace tres años el obispo de Córdoba; en 2012 el arzobispo de Toledo afirmaba que el divorcio exprés genera violencia machista; “matar a un niño indefenso” da a los hombres “licencia sin límite para abusar del cuerpo de la mujer” son palabras vertidas por el arzobispo de Granada en una homilía en 2009. Nada de ello es de extrañar porque sabemos bien que para el cristianismo la mujer es, en palabras de San Ambrosio, la puerta del infierno.

En base a la libertad de expresión que invocan los señores obispos, no reparan en acusaciones terroríficas contra las mujeres, contra los homosexuales, contra cualquier avance democrático y contra cualquier atisbo de evolución ética, científica, social o moral de esta sociedad tan intensamente abducida por sus férreos y yertos dogmas. De tal manera que obstruyen y anulan leyes, derogan avances, bloquean propuestas, y siguen inundando las mentes de misoginia y de adhesión a la represión y a la infelicidad que llenan sus creencias y sus argumentarios.

El obispo de Alcalá de Henares, gran experto en la materia en cuestión, ha vuelto a saltar a la palestra en cuanto a perlas dialécticas se refiere, haciendo unas manifestaciones, en una misa retransmitida por la Televisión pública, que, como poco, nos deja confusos, perplejos y “alucinados”. Predicó contra “la malicia” de la anticoncepción, y la vinculó a la infidelidad y a la falta de respeto del hombre hacia la mujer. ¡Vaya!, monseñor no se ha enterado de quiénes se llevan la palma respecto de la falta de respeto a la mujer; y parece que no se ha enterado de los muchos siglos de la llamada “caza de brujas”, inaugurada por San Agustín y que es, con mucha diferencia, la mayor persecución contra las mujeres en la historia.

Pero vayamos al caso, porque es muy importante el rechazo al control de la natalidad y a los preservativos que continúan promoviendo desde los ámbitos clericales. Y es muy importante porque, tras esas afirmaciones que, como digo, entran en las conciencias, mueven las emociones y, en consecuencia, mediatizan las actuaciones de mucha gente, existe un terrible problema de enfermedad y de muerte. Millones de personas siguen muriendo en el mundo por el rechazo a los métodos anticonceptivos. Según la Organización Mundial de la Salud, se diagnostican al año alrededor de 450 millones de enfermedades de transmisión sexual, y alrededor de 2,7 millones de casos nuevos de SIDA. Y todos esos casos se habrían evitado con el uso de un profiláctico. No son, pues, “pecata minuta” ese tipo de manifestaciones.

A ello hay que añadir los millones de embarazos no deseados, y los millones de niños que nacen en situaciones de precariedad y de desamparo. Y hay que añadir el veto secular al placer que algunos siguen propagando. Y todo ello en virtud de una supuesta moral que, en mi opinión, es de una inmoralidad aplastante. Porque, quizás, como escribió el escritor francés Karl Huysmans, las únicas personas verdaderamente indecentes son los “castos”. No existe malicia en el uso de métodos anticonceptivos, sino prevención, salud y mucho sentido común. Pero sí creo que existe mucha malicia en quienes los criminalizan y quienes crean muros emocionales e ideológicos para frenar el progreso social, la evolución moral y la felicidad humana.

Coral Bravo

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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