Los perseguidos

Comprendo que la Jerarquía de la Iglesia Católica en España se sienta inquieta. No tanto por una bajada de la audiencia sino por problemas de fidelización de la clientela, o, dicho de otra manera: el propio sistema capitalista dispone de mejores opios del pueblo y ya no invierte como antaño en solemnes Te Deum cuando con un Gran Hermano deja al personal tan traspuesto como si les acabaran de explicar lo de la Unidad Trinitaria. Acusan los obispos de los males del espíritu a la sociedad materialista como si la hubiéramos inventado los materialistas dialécticos y no las multinacionales del consumo y tente tieso y, de paso, arremeten contra los que no les queremos quemar el chiringuito pero tampoco pagarles el mantenimiento.

Tendrán, digo yo, que regañar a los que mezclan lo de su dios con lo del César o con el fin de semana. Comprendo que les moleste lo de la mercantilización de las prácticas religiosas, pero también deberían reconocer que colocaron esas prácticas en fechas y ocasiones en las que el pueblo celebraba otra cosa, como un cambio de estación o el final de la cosecha, para chupar rueda de la costumbre y llevar el ascua a sus sardinas. Ahora resulta que sucede lo contrario: lo que eran fiestas religiosas se están paganizando y las procesiones y romerías parecen cualquier cosa menos un llamamiento a la espiritualidad.

Yo que fui educado en colegio religioso (como Dios manda) y que no guardo ni un mal recuerdo de aquella época que pueda adjudicar al carácter confesional militante de aquella formación del espíritu nacionalcatólico, me asombra el tono que adquiere la Iglesia Católica en estos días de reafirmación en la intransigencia, en la estrechez de miras, o en la hipocresía que tan mal aguantan la comparación con el discurso de amor de aquel Jesús Nazareno. Pero todavía me molesta más la sospecha de que el fondo de esa pataleta nada tenga que ver con la moral y las buenas costumbres sino con la pasta. Tanto apoyar la explotación capitalista y ahora no soportan el libre mercado y siguen exigiendo la protección estatal para sus productos espirituales. Y lo peor es cuando su preocupación lógica por los riesgos de la libre competencia les hace caer en desvaríos paranoicos: Que los persiguen, dicen. Todavía no hemos terminado de contar nuestros muertos casi olvidados y ya empiezan otra vez a hablar de los suyos que los tienen super censados, metidos en el santoral y honrados desde el final de la Guerra Civil. Y, además, ¿qué es eso de sentirse perseguidos?. Que se lo cuenten a otros creyentes de otras iglesias, incluido el musulmán que ya no sabe si le entenderán el “Allahu Akbar” como una plegaria o como una consigna terrorista.

La Iglesia Católica podrá negar sus sacramentos y su consuelo a quienes considere ajenos a su rebaño. Con eso se pondrá en su verdadera dimensión de cosa hecha por los hombres y no por emanación de lo divino. Pero si cobra de mis impuestos es que es una empresa de servicios y ya no puede decidir que no me los ofrece porque difiero del modelo preferido. Y, mucho menos, decidir qué principios morales deben regir mi vida. Y, desde luego, no deberían usurpar nuestras tradiciones de mitin, manifestación y pancarta. Que ya tienen el púlpito.

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