Los obispos, el Papa y el Estado laico

La aprobación por parte de la Cámara de Diputados de la reforma al Artículo 40 de la Constitución, para reafirmar la "voluntad del pueblo mexicano de constituirse en una República representativa, democrática, laica y federal…", permite constatar por lo menos tres o cuatro cuestiones.

La primera es que la enorme mayoría de las y los mexicanos, incluidos muchos miembros y diputados del PAN están a favor del mismo. No podría ser de otra manera, puesto que las encuestas desde hace décadas muestran un consistente y altísimo apoyo de la población, alrededor de un 90 por ciento, al Estado laico y a la separación entre el éste y las Iglesias. La segunda es que no todos en las Iglesias han reaccionado igual ante el anuncio de esta reforma. Los medios de comunicación no se han tomado mucho la molestia en indagarlo, pero, de acuerdo con ese alto porcentaje de aprobación, la mayor parte de las Iglesias y religiones en México está de acuerdo en la vigencia y consolidación del Estado laico.

La tercera es que, de acuerdo con encuestas serias y recientes, la gran mayoría de las y los católicos está de acuerdo con la laicidad del Estado. La cuarta es que no todos los dirigentes de la Iglesia católica se oponen al Estado laico. De hecho, si bien una parte de los obispos provee de argumentos e instiga a la extrema derecha en contra del Estado laico, otros prelados están de acuerdo con su existencia, aunque quisieran definirlo y atarlo a su particular concepción de libertad religiosa.

El sector más beligerante es el que más reflectores atrae. Su aislamiento, desesperación e impotencia es tal, que no hacen más que atacar rabiosamente a la clase política, incluso la panista, que se atrevió a votar por el Estado laico. Pero hay un sector más inteligente y prudente del episcopado, quisiera pensar que representa a la mayoría de los obispos, el cual, siguiendo la línea vaticana, prefiere hablar de la necesidad de un laicismo sano y maduro. No lo niega, pero lo quiere definir a su manera.

El Papa Benito XVI se ha expresado sobre el asunto en diversas ocasiones. En el Congreso Nacional de Juristas Católicos Italianos, en diciembre de 2006, señaló que "hoy la laicidad se entiende de varias maneras" y, haciendo un repaso histórico afirmó que su significado "en los tiempos modernos ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual".

Según el papa, "en la base de esta concepción, hay una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación". Apoyado en la Constitución conciliar, Gaudiun et spes, el papa afirmó entonces que "todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete ´la legítima autonomía de las realidades terrenas´".

Según Benedicto XVI, una correcta interpretación de esta afirmación conciliar sobre esta legítima autonomía "constituye la base doctrinal de la "sana laicidad". El Papa critica entonces no la laicidad, "sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas. "Tampoco es signo de sana laicidad, dice Ratzinger, negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y los juristas".

En realidad, el Papa se equivoca en mucho sobre las actuales definiciones de laicidad. En primer lugar, la laicidad no pretende excluir a la religión y a sus símbolos de la vida pública, confinándolos al ámbito privado. De hecho, la laicidad se convierte en la mejor garantía de la libertad religiosa y no sólo de su expresión individual, sino también colectiva.

Sin embargo, en una sociedad moderna, para lograr esto, lo lógico es que se retiren los símbolos religiosos de las instituciones públicas, pues de otra manera no habría igualdad de trato sino discriminación en la actuación de los funcionarios. ¿Se imagina usted a un juez dictando sentencia con una media luna islámica sobre su cabeza, o una estrella de David o un crucifijo o la Santa Muerte?

Un Estado laico, por lo demás, no es el que reprime la expresión de las Iglesias y diversas religiones, sino el que, en aras de una convivencia armoniosa y pacífica, las considera en su relatividad y espacio propio. Lo que el Papa no entiende es que la pluralidad de las expresiones religiosas en nuestra sociedad obliga a su relativización.

En otras palabras, el Estado laico no hace más que ordenar el tráfico de expresiones religiosas para que nadie se pase el alto, evitando así aparatosos choques. No es que en el Estado laico no haya lugar para Dios. Es que ningún Dios, con su consecuente ley moral absoluta e infinita, puede ser impuesto a todos por la fuerza.

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