Los obispos denuncian al PSOE por querer «imponer el laicismo»

La jerarquía católica arremete contra el partido socialista, al que acusa, entre otras cosas, de querer «imponer el laicismo como la nueva religión pública». Para evitarlo, los prelados españoles piden abiertamente que no se vote a los partidos que «hacen del laicismo una bandera» (en clara alusión al PSOE y a IU) y solicitan a sus fieles que vuelvan a salir a las calles y que se sientan orgullosos de su fe.Lo cuenta José Manuel Vidal en El Mundo.

  Esta vez el pronunciamiento no es conjunto, sino que procede de la pluma de diferentes prelados. Se trata de diversas cartas pastorales escritas por otros tantos obispos, algunos de ellos muy significados, como el cardenal Rouco Varela o el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, presidente y vicepresidente, respectivamente de la Conferencia Episcopal española. O el arzobispo de Valencia, Agustín García Gasco, y el obispo de Mondoñedo, José Gea, muy cercanos ambos a las tesis del PP.

Es habitual que los obispos escriban cartas pastorales a sus fieles. Algunos lo hacen cada semana. Otros, en las grandes ocasiones.Y la de hoy es una de ellas: la Iglesia celebra la fiesta del Corpus Christi. Teóricamente, las pastorales están destinadas a ser leídas en las misas del fin de semana (el sábado también es día hábil para cumplir con el precepto de oír misa). En la práctica, son muchos los curas que así lo hacen, pero otros leen a sus fieles sus propias homilías, que suelen estar más pegadas al terreno, obviando las de sus obispos.

Reflexión y votación

Lo sorprendente de las pastorales reseñadas es que coincidan en denunciar, con distintos acentos y matices, el laicismo del PSOE. En pleno día de reflexión, para los fieles que las escucharon ayer, o en pleno día de votación para los lo que lo hagan hoy.¿Se han puesto de acuerdo? ¿Ha habido consigna de la Conferencia episcopal en este sentido? Parece lógico pensarlo, cuando coinciden en la misma denuncia obispos tan distantes y distintos como el de Zamora o el de Valencia.

Uno de los más claros al respecto es el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, que reconoce «el poco vigor religioso» del cristianismo patrio y lamenta «los templos semivacíos, los sagrarios solitarios y las misas menospreciadas»; fenómenos que, a su juicio, son «la más cruda denuncia del enfriamiento de nuestra fe». O el de Zamora, Casimiro López, que habla de «enfriamiento», «indiferencia» y «fuerte descenso de la práctica dominical».

Fruto de la secularización de los españoles o del alejamiento de sus ovejas? No. La culpa de todo la tiene, según el prelado navarro, el hecho de que «algunos quieren imponernos el laicismo como la nueva religión pública». Y se subleva contra ello: «¿Por qué la práctica de la religión tiene que ser asunto privado y tenemos que aceptar el laicismo como la obligada confesionalidad de la vida pública?».

O como sentencia el arzobispo de Valencia, Agustín García Gasco: «El laicismo pretende ignorar el fenómeno religioso en su dimensión pública, limitándolo a una cuestión privada, particular y casi secreta, de la que resulta mejor no hablar en público». Pero el cristianismo es «una religión que no se vive de forma intimista, sino en compañía de otros».

El obispo de Mondoñedo-Ferrol va, si cabe, aún más lejos y habla de «un fundamentalismo laicista» que «está muy vivo en ciertos ambientes de nuestra sociedad». A su juicio, «dan la impresión de querer desterrar todo vestigio no sólo católico, sino religioso. Quieren imponer un laicismo total en la vida social y política».Y añade: «Es un residuo del socialismo radical. De ahí su empeño en hacer desaparecer todo signo religioso, de manera especial en el campo educativo».

El prelado gallego se permite incluso ironizar a costa de los socialistas que no van a misa: «En cuanto la Iglesia toma postura ante la conculcación de derechos humanos, lo primero que se les ocurre decir es que no se metan en cuestiones políticas y que hablen desde los púlpitos; quizás al no frecuentar la iglesia, no se han dado cuenta de que la predicación no se hace ya desde los púlpitos, sino con micrófonos desde el presbiterio».

Este laicismo rampante del PSOE, al que los obispos señalan con el dedo sin nombrarlo, conduce a lo que los prelados llaman «el síndrome del atardecer». Se trata de un síndrome que, como dice el obispo de Zamora, Casimiro López, «nos empuja a vivir nuestra fe de una manera silenciosa y privada, como se pretende desde algunas instancias sociales y políticas».

Dos medidas

Para acabar con la «nueva religión del laicismo», la Iglesia católica ofrece a sus fieles dos medidas. Una, concreta e inmediata. Y otra, a más largo plazo. La inmediata consiste en «votar en estas elecciones en conciencia y congruencia cristianas». Es decir, no bendecir con el voto católico «la imposición de los criterios laicistas de algunos frente a la libertad religiosa de todos», como dice monseñor García Gasco.

Y eso se nota -por ejemplo y a las claras-, según el arzobispo de Valencia, en los partidos que quieren borrar la presencia del cristianismo de la Constitución europea. A su juicio, «excluirlo del texto constitucional europeo falsea la Historia» y «es impropio de quienes legislan con mentalidad democrática». El prelado valenciano va aún más lejos y se suma al leitmotiv de la campaña del PP: «Quien silencia el cristianismo en los orígenes de Europa hace una opción por el engaño en contra de la verdad».

A más largo plazo, la réplica al laicismo socialista es el humanismo cristiano. Lo formula así el cardenal Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente del Episcopado: «¿Puede acaso formularse y practicarse de verdad un humanismo, como el que ha ido madurando en Europa a lo largo de los siglos, olvidando o ignorando las raíces cristianas del alma europea? Sinceramente, hay que afirmar que no». De ahí que invite a edificar el futuro «sobre la roca firme e inconmovible de la verdad del hombre, imagen de Dios».

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