Los médicos irlandeses prefieren dejar morir a las mujeres

Como recordará el lector, hace unos meses salió el luz el desdichado caso de Savita Halappanavar, una mujer india que fue dejada morir de septicemia en un hospital en Irlanda. Como habitualmente ocurre, la razón por la que profesionales médicos entrenados permitieron esto sin hacer nada fue la religión: para tratarla apropiadamente deberían haber provocado el aborto del feto que Halappanavar llevaba, y que ya era inviable. “Éste es un país católico”, le dijeron por toda explicación cuando lo pidió (el hospital no era católico sino laico; Halappanavar no era católica sino hinduista).

La muerte de Savita ocasionó un gran revuelo, como es lógico, y un reclamo para que Irlanda se dé una ley que contemple el aborto terapéutico. La Unión Europea también lo está pidiendo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos solicitó una aclaración de la ley vigente (que es muy imprecisa y abierta a interpretación) en 2010, y el gobierno irlandés dijo que cambiaría la ley. Pero hasta ahora, nada. Sólo otro país europeo prohíbe el aborto: Malta, un enclave de catolicismo fanático.

Se consultó a los médicos irlandeses sobre su opinión. La respuesta fue no. La Conferencia de la Organización Médica Irlandesa ratificó lo que en los hechos equivale a que una mujer vale menos que un embrión y decidió que no apoyarán ninguna ley que permita a una mujer abortar, excepto, como hasta ahora, si corre peligro su vida… peligro que ellos mismos, los médicos, son los únicos autorizados para determinar que existe. Así ocurrió con Savita Halappanavar, que agonizó durante tres días mientras una infección invadía su cuerpo, mientras los médicos esperaban religiosamente que el corazón de su feto —ya condenado— dejara de latir. Cuando esto ocurrió, Savita estaba perdida; hipócritamente acudieron a darle el tratamiento que le habían negado antes. Lo monstruoso del asunto se les escapa; los católicos hablan de que los medios y el lobby abortista manipularon el caso.

Lo más exasperante es, quizás, la manera en que los profesionales logran borrar su entrenamiento, suprimir su conocimiento y su sentido crítico, y dar por ciertas historias sobre el inexistente “síndrome post-aborto”. Es habitual escucharlos pontificar sobre casos horribles como si una regla fuera aplicable a todos y ellos tuvieran derecho a aplicarla sin consentimiento de la paciente:

“Escuchamos de delegados que conocieron mujeres que murieron por suicidio después de un aborto. Escuchamos sobre familias que han recibido apoyo al pasar tiempo precioso con niños que fueron diagnosticados con anormalidades fatales. Y escuchamos de médicos cuya experiencia les decía que nunca necesitamos finalizar deliberadamente con la vida de un bebé para salvar a una madre.”

¿Es posible que una madre que desea mucho tener un bebé se deprima al abortarlo, hasta desear ella misma terminar con su vida? Claro que sí. Pero en estos desdichados casos la depresión suele ser previa, y la decisión de abortar sigue siendo suya; a los demás sólo nos cabe aconsejarla con datos fehacientes, en vez de espantarla con anécdotas tremebundas, cuando no inventadas. Al hablar del tema de las anormalidades fetales, nuevamente aparece la superioridad de quien presume que puede obligarle a una mujer a parir un hijo horriblemente deforme condenado a morir a los pocos días, sólo porque considera que toda mujer puede y debe tener la oportunidad de pasar “un tiempo precioso” en medio de ese sufrimiento. Nada extraño dado cómo el catolicismo valora y atesora el sufrimiento extremo.

Con respecto a lo último, se trata lisa y llanamente de una mentira, como cualquier médico con experiencia y no cegado por el odio religioso a la mujer aceptará. Hay una gran inhumanidad en quien considera siquiera posible poner en la balanza la vida de una mujer contra la de un ser con menor organización que un renacuajo, o incluso un feto desarrollado. Si una mujer tiene cáncer y debe abortar para poder aplicarse quimioterapia, ¿de qué manera puede salvarse a la madre y al bebé? La solución, para los católicos, es dejar morir a la madre sin tratamiento, si pueden salirse con la suya; de lo contrario, convencer a la madre de que no puede “matar a su niño no nacido” y que debe soportar el dolor y la progresión de su enfermedad y ponerse en grave peligro. Si gracias a estas piadosas exhortaciones la mujer muere, su figura será tomada por la prensa católica como la de una mártir pro-vida y un ejemplo para todas las mujeres.

Savita muere hospital Irlanda 2012

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