Los kakais pierden sus bigotes

El Estado Islámico amenaza con la muerte a los miembros de esta religión minoritaria que tiene como rasgo distintivo el mostacho

Hassan Ahmed Peraly aún no ha acudido al barbero. Su bigote, símbolo diferenciador de los kakais, todavía no ha sucumbido a las embestidas de los radicales islámicos. “Tengo muchos amigos sin bigote y para nosotros es una obligación. La gente se lo corta desde hace años por miedo”, explica en su casa de Khanaqin, una ciudad situada al este de Irak y que está a escasos kilómetros de Jalawla, tomada por el Estado Islámico en una de sus ofensivas de verano. Durante esos días el miedo recorrió la ciudad y Hassan decidió alquilar un piso en la segura Erbil por si tenía que huir con su familia: “No quería estar cerca de los hombres que violan a las mujeres y venden a las niñas”. A pesar de que la situación ha mejorado tras la llegada de cientos de Peshmerga, aún sigue pagando los 500 dólares del alquiler porque no se fía de que los hombres liderados por Abu Baker al-Baghdadi vuelvan a golpear la vida.

Esta minoría religiosa cuyo culto guardan con celo sus integrantes es identificada por el bigote y tanto chiíes como suníes han reprimido en la última década a sus miembros. Hassan es abogado, tiene dos hijas y afirma que no ha querido ampliar su familia “porque no es fácil proteger la vida de las minorías en el Irak actual”. Al igual que yazidíes y mandeas, los kakais suelen tener una familia numerosa para garantizar la supervivencia de su etnia. Hassan, que tiene nueve hermanos, mantuvo el bigote , pero no quiso arriesgar la felicidad de su núcleo familiar en un país que está viviendo la segunda guerra sectaria en una década. Para él, “Irak se ha ido y no tiene futuro”.

Mientras su hija corretea por el lujoso salón recuerda que antaño los kakais tuvieron una vida mejor. “Con los sasánidas, el Imperio otomano del periodo Osman y en los años cincuenta del siglo XX los que no eran de nuestra religión llevaban bigote y se nos respetaba”. Hoy, el bigote, que también lucen los turcomanos chiíes, significa retar a la muerte. Ante esta situación, muchos kakais, que se consideran kurdos, se han unido a los Peshmerga para luchar contra el Estado Islámico. “Si veo que no hay otra opción lo haré también”, dice mientras pasa las bolas de un tesbih, el rosario musulmán, un acto sorprendente en un kakai: “Lo hago porque soy muy nervioso y siempre tengo que tener algo entre las manos. Nosotros no lo usamos por religión. Si no lo tengo me toco el bigote o el pelo”, dice mientras degusta una variedad de frutas que, probablemente, hayan llegado desde Irán por las crisis agrícolas que afectan a Irak desde las sanciones impuestas por la ONU en los noventa.

El número de kakais que habitan en Irak e Irán no está claro. Se estima en más de un millón en el régimen de los ayatolás y en varias decenas de miles en Irak, según las opacas cifras de las organizaciones kakais. El secretismo de esta religión, unido al miedo a la represión, hace que muchos no reconozcan su pertenencia. El problema en la región de Diyala, donde se encuentra Khanaqin, comenzó en la década de los setenta con la política de arabización impulsada por Sadam Hussein. Miles de árabes suníes llegaron a la zona bajo las dádivas del sátrapa. “Nosotros no tenemos problemas con los árabes originales, pero los que llegaron con Hussein nos robaron nuestras casas y nuestras tierras”, explica.

“Cuando el Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés) echó a los Peshmerga de Jalawla muchos árabes vinieron aquí y no tuvimos problemas. Pero con el paso de los días nos dimos cuenta de que algunos apoyaban al IS. La tribu Kerowy es baathista y se ha unido a ellos”, apunta. Ahora la situación en Khanaqin ha mejorado tras la llegada de los Peshmerga. Desde junio, se han dedicado a mantener la frontera kurda sin apenas atacar al IS. Las órdenes de esperar y minimizar las bajas cambiaron hace dos semanas, cuando se reiniciaron los enfrentamientos en la zona, y culminaron la semana pasada con la reconquista de Jalawla. Su líder en el frente, el coronel Mohammed Gemhor Rosim, explicaba antes del triunfo que “sería fácil tomar la ciudad, pero las bombas y los francotiradores podrían crear muchas bajas en los Peshmerga”.

La hija de Hassan ha vuelto a entrar en el salón. Se queda mirando la televisión y ve los combates que asuelan su país. Su padre afirma ser cuidadoso con su hija; no quiere que ella conozca el lado más oscuro de la religión. “Soy muy cauto y no suelo hablar del Estado Islámico con mis hijas. Pero ellas ven lo que está ocurriendo en la televisión y quieren hablar, por lo que no nos queda más remedio que contar parte de lo que sucede pero de una manera más suave. ¿Contarías las violaciones, decapitaciones y demás atrocidades a una niña pequeña?”, se pregunta mientras pasa la bola del tesbih, un acto que en ciertas partes del país le puede proporcionar la seguridad que le quita su bigote.

Kakai, la religión oculta

La religión kakai es originaria de la frontera entre Irak e Irán y es una de las grandes desconocidas dentro del coral mesopotámico. Revelar los secretos de su culto es visto como un deshonor y muy pocos se aventuran a hacerlo. Considerada por muchos musulmanes como posterior al Islam, los kakais afirman que su credo es preislámico a pesar de que a su líder espiritual, Sultan Sahak, se le sitúa en el siglo XIV. Hamma F. Mirwaisi explica en su libro 'Volviendo a los medos: análisis de la historia de Irán', que los kakais provienen de la tribu sasánida Jaff y están influidos por el Zoroastrismo. La enciclopedia mundial del patrimonio recoge que su libro santo es el Kalam-e Saranyam (Discurso de las conclusiones).

El nombre original de este grupo es yarsan, tal y como se conoce aún en Irán. Su credo se alimenta de movimientos sufíes y creen en la reencarnación del alma, algo que también sucede con los alauíes de Bashar al-Assad, y por eso son considerados herejes por las dos corrientes imperantes dentro del Islam: suníes y chiíes. Se dice que su líder Sultan Sahak volverá a la tierra con otras caras y que, al igual que el profeta cristiano Jesucristo, nació de una mujer casada pero virgen. Las ideas de Sahak se extendieron por el Kurdistán tras varios milagros. Uno de ellos cuenta que durante la construcción de un templo las ramas de madera que cubrían el techo eran demasiado cortas para taparlo: “Kaka (hermano mayor, en kurdo, y de donde procede el nombre iraquí), las ramas son muy cortas”. Entonces, Sahak obró el milagro y las ramas empezaron a crecer hasta ajustarse al templo porque había dicho a los kurdos: “ponlas y verás”.

Su templo sagrado está en la región iraní de Hauraman y es obligatorio ir al menos una vez en la vida. El rezo suele ser semanal y se efectúa en las cemkhane. No poseen unas reglas tan estrictas como musulmanes y cristianos —no existe un número de veces obligatorias para el rezo— y la ceremonia es dirigida por un sheik, la casta más importante dentro de los kakais. En ella se suceden las interpretaciones musicales y el tambur, una especie de guitarra kakai, es considerada sagrada por la importancia que tiene en los actos solemnes de esta religión.

Los kakais tienen muchos aspectos en común con los yazidíes y otras corrientes con influjo sufí. Se basan en un sistema de castas en el que los matrimonios sólo se dan con los miembros del mismo grupo. En la cima se encuentran los sheik, considerados descendientes del líder Sultan Sahak y cuyo significado en árabes es mayor y también líder religioso. Los bao tienen la facultad de sanar y su líder es Bao Haydar. Los Mam y los Merid completan los cuatro grupos dentro de esta religión que no admite conversos y que ha sufrido durante la Historia el acoso de musulmanes chiíes y suníes.

Kakai religión Irak

Hassan Ahmed Peraly junto a su hija en la entrada de su casa, en la ciudad iraquí de Khanaqin. / MIGUEL FERNÁNDEZ

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