Los jóvenes del papa

El papa Ratzinger ha convocado en Madrid a cientos de miles de jóvenes en una nueva edición de la JMJ, y muchos son los que han acudido, fieles, a su invitación. Los jóvenes peregrinos han recibido, como era de esperar, una enseñanza pastoral caracterizada por la simplificación del amplio y enriquecedor mensaje cristiano, insistiendo en consignas sencillas y muy limitadas en su amplitud, como reducir la defensa de la vida a la lucha contra el aborto o la eutanasia, sin hacer el mismo énfasis en el combate de las causas estructurales de la pobreza, por ejemplo.
Los jóvenes, siempre abiertos e ilusionados, tan predispuestos a lo absoluto, pueden quizás confundir la fe genuina con la obediencia acrítica y dogmática, cuando la verdadera fe siempre se ve reforzada con el conocimiento de otras formas de pensamiento y de otras ideas de Dios, la fe atemperada que no teme el diálogo y se basa en el respeto a lo distinto.
Pero no, el Papa invita a sus jóvenes a cerrar filas contra el laicismo, es decir, contra un modelo de sociedad que defiende la libertad de pensamiento y la pluralidad religiosa, y hace una llamada a combatirlo a través de la imposición de una doctrina, la suya, como el único camino verdadero. Una iglesia que reclama para sí el magisterio de las buenas costumbres, fuera de la cual sólo puede haber desenfreno y perdición. Sin embargo, a poco que giremos la mirada sobre la historia de la iglesia Católica —la cercana y la lejana— comprobaremos que sus cruzadas no han sido precisamente pacíficas ni liberadoras. Ni la Iglesia, que se arroga el papel de magisterio moral universal, ha sido siempre, recordémoslo, un ejemplo de santidad, más bien un reflejo de lo humano con sus brillos y sus miserias. Incluidos los escándalos de pederastia, y su tradicional apego a las riquezas y al poder mundano, o su apoyo a las dictaduras. Se echa en falta, pues, algo más de humildad y de examen de la propia conciencia, pues de todo ha habido en la viña del catolicismo.
En cualquier caso, los jóvenes del Papa habrán podido entrever en Madrid la iglesia que se les ofrece: obediencia absoluta sin atisbos de democracia ni igualdad de género, una iglesia que manifiesta públicamente su poder, alejada de la simplicidad evangélica y que ultima el retorno al totalitarismo religioso que yo conocí en mi infancia. Tendría que ser uno muy desmemoriado para no recordar aquella época ante la visión de los 200 confesionarios instalados en el Retiro y los jóvenes curas vestidos de estricto luto y con alzacuellos en pleno agosto madrileño. Un retorno que quizás la cita electoral del 20N facilite, resucitando una España de sotanas y rosarios que, por cierto, no faltaban en la mochila del joven peregrino.
Una iglesia que se hace fuerte con la confrontación, según se escenificó también el pasado jueves en los aledaños de Sol. Grupos de jóvenes peregrinos, uniformados, gritaban al unísono consignas papales frente a un amalgama de gente muy diversa que se manifestaba por un estado realmente laico, con pancartas que recordaban al hambre en Somalia y el gasto superfluo de la JMJ. No había, así, diálogo posible, ni se prende que lo haya. El policía antidisturbios ya me lo advirtió al verme en tierra de nadie: o con los unos o contra los otros, me dijo, no hay lugar para las medias tintas.

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