Los «flautistas» de Córdoba

Según la leyenda, en 1212 un pastor llamado Esteban reunió, por encargo de Jesucristo, a miles de niños franceses para una misión religiosa. Otro tanto hizo Nicolás, otro pastor, en Alemania. Organizarían la “Cruzada de los niños”, que tal vez tenga elementos reales. Tiempo después circulaba el cuento del flautista con ropajes coloridos que encantaba a los niños de Hamelín con su música.

            Cosa de ocho siglos más tarde, el 15 de noviembre de 2014, un pastor (de almas) llamado Demetrio se dirigirá con su llamativa vestimenta de obispo a unos 5.000 niños en la que él llama Catedral de Córdoba. A los niños los reunirán antes, cuales flautistas de Córdoba, los miembros del cabido catedralicio, esos clérigos que hace unos días censuraron, en uno de los espacios al que ahora irán los pequeños (el Patio de los Naranjos), una actividad de promoción de la ciencia en “La Noche de los Investigadores”. (Impidieron que el Instituto de Estudios Sociales Avanzados mostrase estudios científicos sobre la moral). Así que podemos estar seguros de que los niños no son convocados para mejorar su espíritu científico, crítico y racional.

            Ese acto se realizará con motivo del “775 aniversario de la Catedral de Córdoba”. Ya saben, nada de Mezquita, sino sólo “Santa Catedral de la Asunción de Nuestra Señora”, digan lo que digan la historia y la legitimidad democrática, y la Unesco en su declaración de Patrimonio de la Humanidad: todas parecen diabólicas, o sospechosas de serlo, para la Iglesia católica. La Unesco, sin ir más lejos, “tiene programado para los próximos 20 años hacer que la mitad de la población mundial sea homosexual", según monseñor Demetrio. Tal vez éste busque ahora contrarrestar modestamente ese programa, al menos en Córdoba, y nada mejor que el Patio de los Naranjos para explicar a la chiquillería que sólo deben juntarse medias naranjas del mismo sexo.

            La misma lógica basada en la sospecha puede tener el que la invitación de sus correligionarios del cabildo se dirija a los colegios, pues, según el obispo, “la incitación a la fornicación es continua en los medios de comunicación, en el cine, en la TV, incluso hasta en algunas escuelas de Secundaria, dentro de los programas escolares”. Cualquier malpensado diría que el obispo percibe como una incitación al fornicio casi cualquier cosa; me pregunto entonces qué tremenda incitación no sentirá cuando relea aquel mandato de Jesús de “amaos los unos a los otros”, por no hablar del divino “creced y multiplicaos”. Considerando estas percepciones episcopales sobre el sexo, no quiero ni pensar cómo de literalmente entenderá el que, tras algunas de sus apostólicas y caritativas declaraciones, los ofendidos (a menudo mujeres y homosexuales) lo manden –con muy poca educación, es cierto– ya saben a qué y por dónde. Claro que, como la invitación del cabildo se ha cursado sólo a los colegios católicos de Córdoba, tal vez los pro-fornicación infantil se le escapen al prelado, a no ser que lo que pretenda sea atajar o prevenir eventuales casos de abusos a menores por parte de instructores católicos.

            Hay una razón adicional para que no hayan tocado directamente la flauta (entiéndase la metáfora) a los niños –salvo a los de la escuela pública, qué remedio–, sino a los colegios: el temor a que la música cabildoepiscopal no sea tan encantadora para aquellos como la del cuento. Además, habrán recordado con sobresalto que esta última no sólo atraía a los humanos.

            Las especulaciones más o menos jocosas no deben llevarnos a tomar a broma la gravedad de que se someta a los niños a un adoctrinamiento intelectual y moral que se opone a una educación emancipadora en la que se promueva el pensamiento crítico, la racionalidad, la libertad de conciencia y los valores democráticos. ¡Que los flautistas episcopales y cabilderos se vayan con su música dogmática y proselitista a otra parte!: a auditorios de adultos.

Tampoco tiene la menor gracia el que se aproveche el llamamiento a la infancia para reforzar ante la población el supuesto derecho de la Iglesia católica sobre la Mezquita de Córdoba, un bien público usurpado por ni más ni menos que treinta monedas (de un euro), que ilustran religiosamente bien una vergüenza y una traición: la que se ha realizado sobre el derecho de toda la comunidad tanto a la propiedad como a la gestión del monumento. ¿Sonará la flauta de que las autoridades políticas reviertan este grave entuerto, y tantos otros similares en toda España?

Patio de los Naranjos Mezquita Córdoba

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