Los ecos de la guerra religiosa retumban con fuerza en Kenia

La muerte de un clérigo radical aviva el conflicto del Gobierno de Nairobi con la población musulmana y alarga la sombra de Al-Shabab

Hace 45 años que Kenia puso fin a su guerra contra los 'shifta' o bandidos, término que fue acuñado para convertir una sublevación popular en mero problema de orden público. El Gobierno de Nairobi reprimió mediante la lucha armada y cierta estrategia de reasentamientos forzosos el levantamiento en el Distrito de la Frontera Norte, ahora denominada Provincia Nororiental, área habitada por una comunidad de origen somalí que aspiraba a la unión con la república vecina. No es la única zona contraria al poder central. Los problemas secesionistas también se han sucedido en las costas del país, habitadas por grupos de raíces suahilis y árabes.
 
El Consejo Republicano de Mombasa (MRC) fue fundado en 1999 con el objetivo de fomentar la independencia de la región, pero fue ilegalizado y sus militantes, perseguidos y llevados ante los tribunales. Los críticos del régimen aseguran que el reciente asesinato del clérigo radical Aboud Rogo Mohamed se enmarca en esa histórica voluntad de reprimir la disidencia en los territorios situados al este de Kenia, susceptibles de generar problemas por su diferencia étnica, la adscripción musulmana en un Estado de mayoría cristiana y, por tanto, potenciales acólitos del grupo insurgente islámico Al-Shabab.
 
La existencia de una especie de agenda oculta subyace en esa denuncia de los partidarios de Rogo, que apuntan a un presunto crimen de Estado. El fallecido era el líder del colectivo Al-Hijra, aliado de los somalíes, y se plantea la hipótesis de que era capaz de desestabilizar el litoral, añadiendo a las reivindicaciones políticas el peso de la fe en un tiempo tan proclive a las confrontaciones religiosas.
 
Los atentados contra iglesias perpetrados en junio, saldados con 17 muertos, constatan esa deriva. Los ataques tuvieron lugar en Garissa, en la Provincia Nororiental, el hogar de aquellos que fueron tachados de bandidos. Resulta evidente la intención de alterar la pacífica convivencia interconfesional que caracteriza a Kenia y dar lugar a enfrentamientos agravados por irredentismos y conflictos sociales tan graves como los que sacuden Nigeria.
 
Pero la situación es diferente en los diversos territorios aludidos. Mientras la frontera septentrional padece las consecuencias de la sequía y la pobreza endémica, la costa del Índico resulta clave para la economía nacional. Mombasa, su capital, es el principal puerto de África Oriental y el turismo de lujo ha convertido este paraíso tropical en un reclamo para la inversión internacional. La ambiciosa operación para convertir la bahía de Lamu en una estación para el comercio de crudo refuerza su valor estratégico.
 
El desarrollo ha remarcado las diferencias sociales, porque la corrupción ha impedido que la comunidad nativa se beneficie de este 'boom' e incluso ha alimentado su ansia de autogobierno. Como ha ocurrido en otras partes de la república, la independencia de Kenia tan solo desplazó el poder desde la metrópoli británica a una elite dirigida por Jomo Kenyatta, el padre del la patria.
 
Tras ignorar los títulos de propiedad de los indígenas, el dirigente propició un plan de ocupaciones de tierras que ha favorecido tradicionalmente a los suyos, el pueblo kikuyu, frente al resto de las comunidades. Esa tendencia ha propiciado una rivalidad interétnica de grandes dimensiones que ha degenerado en diversos y graves brotes de violencia a lo largo del último medio siglo.
 
Viejas tensiones
El conflicto somalí y la aparición de una entidad con conexiones con Al-Qaida han aprovechado las viejas tensiones. Los extremistas han hallado un campo abonado para el reclutamiento de afines y su pretensión desestabilizadora.
 
Nairobi apela a la unidad nacional y a su imagen de Estado democrático en un área convulsa, pero ha apostado por la represión sin ambages de un peligro evidente, tal y como se demostró con el atentado de la Embajada estadounidense en 1998 y la bomba contra el Hotel Paradise en 2002.
 
Un grupo de keniatas rompe una camiseta de apoyo a un diputado progresista frente a la mezquita de Mumbasa. :: DAI KUROKAWA/EFE

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