Los disidentes del islam

Intelectuales y polemistas occidentales discrepan sobre qué actitud adoptar ante el islamismo

Tras las polémicas suscitadas por las caricaturas de Mahoma y la disertación de Benedicto XVI en Ratisbona, el islam es motivo de fuerte controversia por la publicación de la autobiografía de Ayaan Hirsi Ali (Mi vida, mi libertad), exdiputada holandesa de origen somalí, refugiada en Estados Unidos, cuyas críticas de la religión musulmana le obligan a llevar una vida semiclandestina, como todos los que desatan las iras y las amenazas de los islamistas por rechazar expresamente cualquier forma de sumisión religiosa o policía de pensamiento.
El exilio de Ayaan Hirsi Ali y el calvario de otros disidentes del islam como Taslima Nasrin, Ibn Warraq, Irshad Manji, Neela Kelek, Abdelwahab Meddeb y Seyran Ates, "rebeldes del mundo islámico", como los llama Pascal Bruckner, plantea varios dilemas que es preciso enmarcar en su dimensión geopolítica y, sobre todo, en el reto que supone para Europa el aumento vertiginoso de la población sarracena, que se aproxima a los 16 millones en la Unión Europea (UE), y el ascenso de la llamada islamofobia en paralelo con la occidentalofobia, el discurso extremadamente hostil a Occidente que prevalece en los países árabe-musulmanes.

IAN BURUMAarguye que el islam es una religión como las otras, una opinión muy controvertida porque no se trata de una cuestión de identidad, sino de evolución histórica, y es innegable que el islam evoluciona poco y mal. Como escribe
Ayaan Hirsi Ali, "el islam no se ha reconciliado con la sociedad liberal surgida de la Ilustración". En el orbe mahometano, la apostasía se castiga con la muerte y la sharia es un código que se impone coercitivamente, como aclara la Declaración de Derechos Humanos del Islam, adoptada en El Cairo en 1990, en su artículo 24: "Todos los derechos y libertades estipulados en esta declaración están supeditados a la sharia islámica".
Las sociedades árabe-musulmanas, en pugna por la modernidad, tropiezan con la ausencia de un Estado laico y neutral. "Fue precisamente la secularización la que permitió a los cristianos y los judíos entrar en la modernidad", reconoce Ahmed Charai, director del semanario marroquí La Verité, y añade: "El mejor medio para ayudar al islam a hacer su revolución es tratarle de la misma manera que a otras religiones, sin desprecio ni aproximaciones fantasmagóricas". El islam no ha sufrido el embate de la reforma ni ha superado la confusión entre la política y la religión, el poder temporal y el poder espiritual, debido quizá a que Mahoma fue el único profeta creador de un Estado. Ya Churchill lo veía como "la más poderosa fuerza retrógrada del mundo".

¿QUÉ TRATOdebe ofrecerse a los disidentes del islam? Algunos detractores de Ayaan Hirsi Ali, como Timothy G. Ash, que la tilda de "fundamentalista de la Ilustración", o Ian Buruma, que le reprocha su radicalismo ateo, su reduccionismo y su visión del islam como la raíz de todos los males, militan por el diálogo y preconizan una tercera vía entre el multiculturalismo extremo de Holanda o Suecia y el laicismo radical de Francia. Una especie de intervencionismo benévolo, con la esperanza de que los mismos musulmanes acabarán por tomar la senda de la reforma.
En defensa de la exdiputada holandesa, Pascal Bruckner lanza una vehemente requisitoria contra los apóstoles del multiculturalismo y el apaciguamiento, dos artilugios que, a su juicio, perpetúan una especie de apartheid, de comunidades incomunicadas y quintacolumnismo. Persuadido de que la única convergencia debe fundarse en los valores universales de la democracia liberal, Bruckner fustiga tanto la obsesión de la culpa de los intelectuales, por causa del pasado colonial, como "la tiranía de la penitencia", título de su último libro. El novelista Ian McEwan arremete contra "los nazis religiosos", y el también británico Martin Amis, en un ensayo titulado La edad del horrorismo, concluye que el islamismo más violento ha ganado la guerra dentro del islam. George Weigel pronostica que "Europa corre hacia el suicidio demográfico" y que "la cuna de la civilización occidental se convertirá en su tumba".

LA MAYORÍAde los polemistas subraya los estragos del relativismo cultural: la compartimentación social, las comunidades antagónicas, que se rigen por sus propias normas étnico-religiosas, sin los valores y ciudadanía comunes. El comunitarismo provoca una distorsión de la democracia y la libertad de conciencia y presagia el ocaso del Estado universalista. Los signos son inquietantes: un imán aparece en la televisión pública sueca exigiendo tribunales islámicos, los ulemas británicos reclaman "la moral islámica" en la escuela, otros abogan por playas y hospitales específicos mientras se extiende el velo más riguroso.
Los paladines de Ayaan Hirsi Ali desconfían de un islam moderado, fácil presa de los radicales, y recuerdan con sarcasmo a los intelectuales y los gobiernos que denigraban al estalinismo como una perversión, pero preconizaban la coexistencia con el socialismo real y trataban a los disidentes como marginados. Al igual que el comunismo ortodoxo, los islamistas proclaman la decadencia de Occidente y abominan del consumismo y el individualismo, de manera que un acomodo con el islam realmente existente en Europa entrañaría la aceptación de códigos diversos, de guetos sustraídos al imperio universal de la ley y de exenciones personales o territoriales de principios que son innegociables para Occidente.

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