Los derechos divinos contra los derechos humanos

Yo no tengo la culpa. La clerigalla ha irrumpido en el debate político, como los clérigos fundamentalistas en los países islámicos, y yo no pienso callarme, porque va en ello mi futuro y puede que mi pellejo.

Ni yo puedo hacerlo, ni el resto de la prensa que ayer dedicaba parte de sus portadas a la irrupción descarada del clero en la vida de los españoles.

Ayer recordábamos cómo los talibanes de la Conferencia Episcopal tenían cogido a Mariano Rajoy por los cataplines a cuenta del matrimonio entre homosexuales. Ahora le toca el turno al jesuita renegado, portacoz de los obispos reunidos, Juan A. Martínez Camino, con un sermón en el diario El Mundo, que es todo un monumento a la necedad.

Se enfrentan a diario los clérigos a una audiencia cautiva con la guardia intelectual tan baja, suelen despachar sus prédicas con un discurso tan plano, tan estúpido e infantil que tan sólo la fe de sus fieles puede conservarles el respeto, allí, en la penumbra, arrodillados y aterrorizados, con el alma en un puño tras escuchar los tormentos con que les amenazan sus tres dioses, abandonada en el pastor del rebaño toda capacidad de análisis crítico.

Pero, sacados de su contexto, al aire fresco de la intemperie, en un mundo adulto, los sermones de los clérigos me llevan a preguntarme si miles de años de evolución del homo sapiens sapiens no deberían haber dado más de sí, para que tengamos que soportar que el pináculo evolutivo esté representado todavía por gente como este jesuita renegado.

Leamos al jesuita y sus argumentos del todo a cien en el boletín oficioso del PP: Una niña de seis años viene del colegio contándole a su madre que la profesora le ha dicho que se podrá casar con su amiguita Verónica. La madre, horrorizada, trata de explicarle un poco las cosas. Al día siguiente, la niña vuelve del colegio llorando y tachando a su madre de mentirosa porque la profesora le ha explicado de nuevo que sí podrá casarse con Verónica y que su madre está anticuada y es ‘homófoba’. ¿Podrá esta madre tratar de defender legalmente la realidad de su hija como futura esposa de su futuro esposo y exigir a la maestra que deje de tratar de borrar de la cabecita de su hija los conceptos sagrados de ‘esposo’ y ‘esposa’? No podrá, porque los promotores de la actual legislación sobre el matrimonio le han arrebatado ese derecho.”

Para los que estéis acostumbrados a oír sus disparates en misa supongo que estas parábolas infantiles no os cogerán por sorpresa, pero no entiendo cómo el maestro de maestros de periodistas, cuyo nombre no oso pronunciar, presta las páginas de su periódico a literatura tan chusca y argumentos tan necios.

Pero eso no es todo. Inmediatamente  da un salto en el vacío sin red, y pasa del juguete literario (era el día de Reyes, qué le vamos a hacer) al análisis político. Y en este campo sí que brilla el renegado:“La actual legislación española no reconoce ni protege al matrimonio y, por tanto, supone un retroceso histórico respecto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 (…) Una legislación que no es que haya tipificado para una minoría lo que podría mal llamarse un matrimonio homosexual, sino que ha deshecho el matrimonio de todos, arrojándolo fuera de la Ley”.

Lo dice este lacayo del Vaticano, ese estado ridículo de solterones que, como nos recordaba hace unos meses el “Movimiento Masa Perú”, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos no ha firmado los siguientes convenios, unas minucias, al fin y al cabo:

Supresión de la discriminación basada en la sexualidad,

Supresión de la discriminación basada en la enseñanza,

Supresión de la discriminación basada en el empleo,

Supresión de la discriminación basada en la profesión,

Protección de los pueblos indígenas,

Protección de los derechos de los trabajadores,

Protección de los derechos de las mujeres,

Contra los genocidios,

Contra los crímenes de guerra,

Contra los crímenes contra la humanidad,

Contra el apartheid,

Por la supresión de la esclavitud,

Por la supresión de los trabajos forzados,

Por la supresión de la tortura,

Por la supresión de la pena de muerte

Nada de ello ha querido firmar esa Iglesia, la misma que ha matado, torturado, esclavizado, maltratado y discriminado en nombre de su podrida moral a tantos millones de personas a lo largo de su historia, y que prefiere los Derechos Divinos del farsante de Roma a los Derechos Humanos que tan trabajosamente pretendemos extender los que vivimos a este otro lado de la razón. ¡Qué sabrá el jesuita renegado de derechos humanos!

De verdad que siento que no exista el infierno de Forges, para ver desde el cielo cómo ardían sus disfraces de seda y oro, cómo se desmoronaban sobre sus tonsuras las tiaras, cómo las ínfulas ribeteadas de plata se derretían sobre sus cogotes, estallando sus báculos engarzados de pedrería en unos fuegos artificiales eternos, mientras los diablos los rociaban de agua maldita desde sus hisopos de fuego.

Reconozco que como maldición no me quedado mal. Tengo que acordarme el año que viene de pedírselo a los Reyes.

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Meditación para hoy: Acabamos de vivir, más bien soportar, dos huelgas en sectores clave: la de los trabajadores de la limpieza del Metro de Madrid y la de los conductores de autobuses de Barcelona. Generalmente las huelgas sectoriales alcanzan notoriedad más por el daño colateral que provocan que por el seguimiento total de huelguistas. Ya sabemos cómo se cuenta el número de huelguistas desde las dos trincheras: con el mismo aparato con el que el PP y los obispos miden los manifestantes, que más que contarlos los multiplican. En Madrid, piquetes de huelguistas extendieron la basura por el Metro y regaron con aceite los accesos, para agrandar el efecto de caos. En Barcelona los piquetes la emprendieron a pedradas contra los cristales de los autobuses, con gente dentro. Así que, visto lo visto, debo agradecer a los obispos que el 30 de diciembre no nos hayan excomulgado a los que no secundamos su huelga. ¡De algo tenía que servir la moral cristiana!

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