«Los católicos conocen muy poco el proceso de la Biblia»

Pieza básica de la evolución de la narrativa periodística, ha escrito «La Biblia bastarda» junto a su hermano Fernando.

Una de los mayores referecias del periodismo digital español y pieza básica de la evolución de la narrativa periodística, Mario Tascón (Ponferrada, 1962) ha escrito La Biblia bastarda junto a su hermano Fernando, también periodista. Lejos ya del punto de inflexión que supuso su infografía del crimen de Puerto Hurraco (1990), su trabajo incide en el papel de las nuevas tecnologías en la forma de concebir la información. Asesor de empresas, capitaneó el desarrollo de las webs de El Mundo y El País y fundó lainformacion.com.

-Novela muy controvertida la suya. ¿Cómo surge?

-El librero Rafael Berrocal me pidió ayuda en 2010 para datar una carta de protesta de libreros ingleses a un periódico español llamado La Voz por publicar una noticia en la que no les citan: el gobierno ruso vende al imperio británico en 1933 la Biblia más antigua conocida, el Códice Sinaítico. Es de los libros más caros de la historia, 100.000 libras, seis millones de euros actuales. Me llamó la atención que la autora era Irene Falcón, corresponsal en Londres de La Voz y luego secretaria de La Pasionaria. Mi hermano Fernando es director de la Ser en Ponferrada y escribimos entre los dos la historia, apoyados en el periodismo de los años 30, época muy interesante para la prensa.

-La historia se divide en dos: el Madrid de los años 30 (II República) y la Rusia de los zares. Distancia en años y en kilómetros.

-La trama del siglo XIX arranca con el descubrimiento del códice, cómo se mueve y llega a la Rusia de los zares hasta que lo venden los bolcheviques en 1934. La otra es una serie de enredos del Madrid de la República. El zar ordena una serie de facsímiles que regala a las monarquías europeas, incluida la española con la que acaba de abrir relaciones.

-Al margen de episodios que cuestionan los dogmas, ¿qué diferencias estructurales hay entre el códice y la Biblia?

-Estructuralmente pocas, porque cumple el canon de la Biblia conocida. El Antiguo Testamento es prácticamente idéntico. En alguna revisión posterior se habían suprimido la epístola de Bernabé y el Pastor de Heremas. Es una Biblia cristiana del siglo IV, año 340-350, no es un apócrifo. El resto son omisiones: los versículos que hablan de la ascensión de Jesucristo no están. Tiene lógica. Es la época de expansión del cristianismo, la época de Constantino. Mandó 50 copias y el Código Sinaítico es una. Poco después se celebra el Concilio de Nicea, en el que aparecen algunos de los dogmas más importantes, como la Santísima Trinidad. Encaja con un pensamiento de fondo que dio pie a una herejía de la época: el arrianismo. Pensaban que Jesucristo era hijo de Dios, pero que no era Dios. No cuadraba en una religión monoteísta situarle al mismo nivel. Hay otra rama, la de Pablo, que desde el principio marca a Jesucristo como Dios.

-¿La iglesia está preparada para que, con documentación histórica, se discutan los dogmas?

-No demasiado. Para ser tan impotante los católicos conocen muy poco la historia y el proceso de la Biblia. No se plantean de dónde viene, es la palabra de Dios y punto. Hay confusión con los evangelistas. Muchos piensan que son los apóstoles. El evangelio de San Marcos, el más antiguo, es del año 70-80. El de Lucas es del siglo siguiente.

-En Andalucía se identifica mucho a San Juan como coetáneo de Jesús.

-Sí, pero no es correcto y se sabe. La propia iglesia católica decía que la Biblia debía ser interpretada y eso derivó en el cisma de los protestantes. La gente conoce la Biblia pero no cómo surgió, es un proceso con cánones, con evangelios posteriores y algunos que no están no porque no tuvieran fundamento, sino porque la iglesia estimaría que otros reflejaban mejor lo que querían transmitir. En la fe cabe poca discusión historico-científica.

-Es un referente nada discutible de las nuevas narrativas. ¿Cómo le ha sentado meterse en el periodismo de los años 30?

-Siempre me ha fascinado, es la época de Chaves Nogales, periodismo literario. La radio está empezando y la prensa no tienen a su alrededor al resto de medios, con lo que es diferente la manera de escribir. Los lectores no tienen referencias. Cuando se relata la venta hay que describir Londres, la niebla, las colas, los edificios, porque la gente no conocía Londres. El periodismo actual se ha alejado de la calle. La Voz es un periódico muy bien escrito, con mucho gusto. Me interesó por alejarme de las nuevas tecnologías, alejarme del tuit. La novela era un reto.

-¿Se ha perdido interés en leer historias en prensa?

-A la gente le gustan las historias buenas. Se ha perdido la capacidad de escribir historias en prensa. Los periódicos se han centrado en las noticias y han abandonado otros géneros en beneficio de los medios audiovisuales, si acaso algún dominical.

-Habla de dos épocas, la república y el zarismo, que acaban como acaban y de gran inestabilidad. ¿Más que ahora?

-La gente vivía en la II República de manera muy parecida a ahora, salvando las distancias. Había problemas similares de dimensión distinta: también en crisis, la pobreza era mayor. La forma de pensar, divertirse o relacionarse se parece. Fue una época de apertura y liberalización. Los desahucios eran cotidianos. Ahora son problemas menores en volumen y en crudeza, pero también presentes. También coinciden cosas positivas: el interés en modernizar España, las universidades, la influencia de los intelectuales, etcétera. La documentación de la época se ha hecho con periódicos y su gusto por los detalles y por la calle. La época bolchevique es distinta, es de absoluta riqueza. Nos apoyamos en otra periodista, Sofía Casanova, que escribió mucho sobre el imperio.

-¿Imagina al zar abdicando por los problemas de las monarquías actuales?

-No me lo imagino. Cualquier cosa que nos parezca un motivo se veía normal: negocios, amantes, etcétera.

Mario Tascón escritor

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