Los candidatos y el Estado laico

Una vez que los principales partidos políticos han prácticamente definido quiénes serán sus candidatos a la Presidencia de la República, podemos ver cada vez más claramente cuáles son nuestras opciones. Y desafortunadamente, en materia de laicidad del Estado, las noticias no son buenas. Por un lado tenemos a la virtual candidata del PAN, que para las elecciones internas le pidió a los afiliados a ese instituto político que salieran a votar, pero eso sí, sólo después de ir a misa tempranito, a las 8. Rezar y votar, por ella por supuesto: porque, supongo, rezando, Dios les ayudaría a escoger a la mejor candidata. Por otro lado, tenemos a un candidato que estudió en la Universidad Panamericana, propiedad del Opus Dei y que dice que uno de los libros que han marcado su vida es la Biblia, aunque no la ha leído completa. Hay además fuertes sospechas de que por indicaciones suyas la fracción parlamentaria del PRI se puso de acuerdo con la del PAN para modificar el artículo 24 de la Constitución y abrirle las puertas de la educación pública a la Iglesia católica. Finalmente, la coalición de partidos de izquierda tiene como virtual candidato a un juarista guadalupano, que más que creer en el Mesías piensa que él es el redentor. Parece ser que no son los peores, porque Ernesto Cordero todavía dijo hace poco que si él llegaba a la Presidencia permitiría la educación religiosa en las escuelas públicas. Me hizo recordar el dicho: “Por algo Dios no les dio alas a los alacranes”. Aunque también se dice que “hierba mala nunca muere”, por lo que, no lo dude usted, el insulso personaje pronto reaparecerá en algún puesto público o de campaña, promoviendo tan disparatado propósito. Es parte de la nueva generación de panistas, tan socialmente conservadores como analfabetos del Estado laico.

De cualquier manera, el panorama es preocupante. El problema no es que los candidatos sean o no creyentes, que pertenezcan a alguna Iglesia o que sean seguidores de alguna religión. Ni siquiera que sean practicantes regulares, esporádicos o temporales de algún culto religioso. A eso tienen derecho y es algo que nuestra Constitución garantiza y defiende. El verdadero problema es que, por lo visto, ninguno de los virtuales candidatos tiene idea de la importancia de distinguir sus creencias personales de sus convicciones políticas y, por lo tanto, de lo que sería su función pública, en caso de ser elegidos por el pueblo (no por Dios). Peor aún, todos evidentemente creen en la necesidad de manipular el sentimiento religioso a favor de su opción política y están dispuestos en consecuencia a negociar las leyes y políticas públicas con las dirigencias religiosas. Se imaginan equivocadamente que, congraciándose con algunos de estos dirigentes, apareciendo en la foto con ellos, saludando al Papa en televisión, hablando con un lenguaje religioso, invocando a Dios, haciendo referencia a la Biblia (aunque hayan leído sólo unas partecitas), cantándole a la virgen morena o simple y sencillamente asumiendo una actitud piadosa, van a obtener el voto de las y los mexicanos. Son las y los mismos que ahorita se estarán preguntando cómo hacer para saludar a Benito XVI en su corta visita a México, o qué cosa pueden prometer para tener la bendición eclesiástica. Y algunas de estas dirigencias religiosas, a quienes nunca les ha importado la religiosidad o la vida personal de estos candidatos o candidatas, sino los posibles beneficios provenientes del Estado, están dispuestos a voltear la mirada hacia otro lado, a declarar nulos matrimonios, a torcer sus propias reglas, en suma a blanquear sepulcros, con tal de que su institución obtenga los privilegios demandados.

No hay, no ha habido, hasta ahora, una indicación seria de que alguno de estos candidatos pretende, en primer lugar, defender al Estado laico y lo que éste significa, es decir las libertades de todos. Como tampoco hay un posicionamiento claro de que, por lo mismo, las creencias personales son precisamente eso, personales, y que no deben tener cabida en una campaña en la que se establecen los proyectos de políticas públicas para una población muy diversa religiosamente hablando. Se les olvida a los aspirantes que México tiene casi 20 millones de no católicos. Así, por ejemplo, cuando Josefina Vázquez Mota le pide a los panistas primero ir “a misa” y después votar, olvida (o simplemente ignora) que “a misa” no van más que los católicos, porque ni los evangélicos, ni los budistas, ni los judíos, ni los testigos de Jehová, ni los mormones van “a misa”. ¿Supuso ella que todos los panistas son católicos, o no le importó? Sería todavía más grave.

Lo peor de todo es que estos virtuales candidatos no son ni siquiera un reflejo en esta materia de los militantes de sus partidos. Si bien es cierto que el PAN se ha llenado de conservadores mochos, hay muchos que tienen una perspectiva laica de la política. En el PRD, el mesianismo de su candidato no refleja las posturas laicas de los partidos y de sus miembros. Y en el PRI sólo la disciplina y la sumisión política a la que están acostumbrados permite que no haya mayores protestas y disidencia dentro del mismo. Nada de esto anuncia buenos tiempos para el Estado laico y las libertades que éste garantiza.

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