Lo que las feministas españolas opinan sobre el ‘burkini’

El traje de baño cubre todo el cuerpo de la mujer, excepto rostro, manos y pies, y ha desatado la polémica tras ser vetado en varias localidades costeras de Francia

Expertas en cuestiones de género y derechos humanos analizan para infoLibre el debate sobre la prohibición de este atuendo

«Es la traducción de un proyecto político decontrasociedad, fundado principalmente sobre la esclavitud de la mujer». Con estas palabras definió el primer ministro francés, Manuel Valls, la prenda que ha desatado la polémica en Francia durante los últimos días: el burkini.

Se trata de la traducción estival del burka, que actualmente está prohibido, junto con el niqab, en los espacios públicos del país galo. El pasado 12 de agosto, Cannes vetaba esta prenda de baño en sus playas. Tan sólo un día después, ocurría lo mismo en la localidad de Villeneuve-Loubet. Los arenales de Sisco y Le Touquet, han sido los últimos en sumarse. Valls ha mostrado su respaldo a los alcaldes de las localidades, pero ha descartado que el Gobierno vaya a trabajar en una legislación al respecto.

La oleada gestada en la costa francesa ha comenzado a expandirse por otros territorios. En Bélgica, la diputada de origen marroquí Nadie Sminate ha pedido la prohibición del traje de baño porque supone una «marginación a las mujeres de la sociedad«. En España, un parque acuático de Girona ha decidido vetarlo, pero esta vez para «evitar accidentes» con las atracciones. Al respecto se ha manifestado el primer teniente de alcalde de Barcelona, Gerardo Pisarello, quien apuesta por «respetar la voz de las mujeres y no tratarlas como si fueran menores de edad» porque, considera, deben poder «vestir y bañarse como quieran, es su libertad». En España no existe ninguna legislación que prohíba el uso de este atuendo.

Los argumentos esgrimidos entre los dirigentes franceses partidarios de vetar la prenda se dividen en dos. Por un lado, la defensa de la seguridad, y por otro, el respeto a las libertades de la mujer. infoLibre ha contactado con diversas expertas en cuestiones de género para arrojar algo de luz, en la medida de lo posible, a un debate que continúa abriendo frentes.

Libertad religiosa y de expresión

La controversia generada a raíz de la prohibición de este tipo de prendas alberga toda una serie de matices y subpuntos que contribuyen a intensificar el debate. La llamada al respeto y protección de la mujer corre el riesgo de caer en una vulneración de su libertad de elección. Es la tesis defendida por Ana Valero, profesora de Derecho Constitucional en la Universidad de Castilla-La Mancha. «Cualquier prohibición generalizada del uso de estas prendas puede vulnerar el derecho de libertad religiosa de estas mujeres», sostiene la docente en conversación con este diario.

Valero recuerda los argumentos de seguridad y respeto a la libertad de las mujeres que fueron empleados también para prohibir el uso del burka en espacios públicos. «Prohibir el burka con carácter general no se sostiene», considera la experta, «únicamente sería argumentable cuando se trate de supuestos en los que son necesarios la identificación de la mujer, como en el seno de organismos públicos, o en cuanto a las fotografías del DNI», pero la situación no es la misma si hablamos de «andar por la calle o bañarse en las playas». Para Valero, «desde el momento en que una mujer adulta argumenta que usa esa prenda desde el ejercicio de su libertad» ir en contra de esa voluntad «no es sostenible».
Además, recuerda el episodio de la prohibición del burka en el país vecino y que el Tribunal de Europeo de Derechos Humanos «dio la razón a Francia, pero sostuvo que los dos argumentos no son aceptables desde la perspectiva del convenio, sino que empleó otro que se basa en el principio de convivencia en común, y que gira en torno al derecho de las personas a ver el rostro de otras personas», matiza Valero.

Próxima a esta línea argumental se encuentra la abogada y activista Violeta Assiego, quien indica que se está produciendo «una injerencia por parte de las autoridades públicas en la vida privada de las personas, criminalizando a un colectivo, el que practica la religión musulmana, sin que haya cometido delito, falta o crimen». Con esto, continúa, «lo que se está haciendo es estigmatizar a ese colectivo, criminalizarlo». Assiego añade que, «para más gravedad, se hace tomando decisiones sobre la vestimenta de las mujeres» y, como consecuencia, «condicionando que las propias mujeres puedan ir a las playas y tener vida en contacto con otras personas».

En sintonía con los argumentos defendidos por Valero, la activista cree que «cuando se coarta la libertad de expresión y se criminaliza a un colectivo especialmente vulnerable –por la oleada de islamofobia producto de los atentados más recientes–, cuando se le discrimina, se usa siempre el argumento de la seguridad». Para Assiego, eso es «lo que está haciendo Francia una y otra vez, ahora con el burkini, condicionando los derechos fundamentales de sus propios residentes», con el «incremento de ir contra las mujeres, tratándolas como menores de edad«, remata.

Un «falso debate» occidental

«Lo primero que quiero decir es que es un falso debate». Así lo entiende Glenys de Jesús, directora legal internacional de Women’s Link Worldwide, que en conversación con este periódico deja claro la postura de su organización. «No hay un feminismo, hay feminismos. Hay feminismo islámico y católico, y todos ellos son igual de válidos y tienen sus planteamientos al respecto», reflexiona. «Hay un debate en el feminismo, sí, en un sector, en una corriente que es occidental, y que está definida por una clase social occidental y blanca», continúa la experta.

Para Glenys de Jesús, el debate real sería aquel que analizara las formas en que «se manifiesta la presión que el patriarcado ejerce sobre las mujeres», al tiempo que destaca que «una de esas maneras es cómo las mujeres deben o no deben vestirse», cuestión que, considera, «se da en todas culturas, y Occidente no es ajena a eso». Por ello «hacer este debate es obviar que también deberíamos hacer otro sobre la manera en que el patriarcado obliga a las mujeres occidentales a mostrarse en público», que se materializa en la «imposición de un modelo de belleza» determinado. La experta entiende, por tanto, que «hay que hacer debates justos».

Para la experta, «la posición que la sociedad da a las mujeres, real o percibida, se usa para medir el grado de civilización que existe». Lo ejemplifica de forma clarificadora: que se juzgue a un pueblo porque «maltratan a sus mujeres, las encierran o no las dejan conducir», y por otro lado que se critique de igual forma a los que «son incapaces de controlar a sus mujeres», es una muestra de cómo»cada pueblo acusa al otro de ser bárbaro por la manera en que permite que sus mujeres se comporten», analiza, «y eso es porque las mujeres somos usadas para definir el grado de civilización del otro». En síntesis: «La mujer sirve para medir al hombre». Por este motivo, señala, «la discusión actual no trata sobre la igualdad de las mujeres, sino sobre el comportamiento de esos hombres».

De Jesús subraya que, de realizar un debate real sobre igualdad, sería necesaria una «discusión más seria, más profunda, que obligaría a mirarnos nuestro propio ombligo«, hecho que prácticamente descarta, porque «es mucho más fácil mirar el ombligo ajeno, sobre todo cuando es para desacreditarlo», concluye.

Precisamente la activista Violeta Assiego también comparte el análisis de Glenys de Jesús. «Se está actuando de la misma manera que la crítica que se realiza al colectivo por imponer un tipo de vestimenta», y esto, además, cobra mayor notoriedad por «mezclar ley con moralidad, algo tremendamente peligroso cuando hablamos de libertades y derechos», apunta. «Es de una gravedad increíble porque se trata del reverso de la misma moneda», lamenta Assiego.

Houda Louassini, escritora e hispanista marroquí, actualmente residente en Francia, comparte el temor ante las decisiones tomadas recientemente en el país vecino. «En este momento se está viviendo una situación tensa, y hay una especie de sentimiento de atasco, la gente está confundiendo todo», diagnostica en conversación telefónica con este diario. Louassini, que reconoce su aversión hacia el burkini, califica como «paradójico» que desde Occidente se reproduzcan comportamientos similares a los del Dáesh: «Ellos prohiben a las mujeres desnudarse, y Francia quiere prohibir que se cubran».

 

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