Lo que el burkini esconde

¿Qué tienen que decir las feministas sobre el burkini? Las posturas respecto de esta cuestión, (así como de tantos otros temas que afectan a las mujeres, dicho sea de paso), están fuertemente enfrentadas.

La tradición feminista de pensamiento, el discurso feminista, los movimientos sociales de inspiración feminista, viven un momento a escala global de gran efervescencia y complejidad. Feminismos complacientes con la retórica neoliberal, otros más radicales y diferenciadores en cuanto a sus agendas políticas en el Norte, son desafiados por los discursos poscoloniales del Sur. La categoría “mujeres” ha dejado de ser un “lugar de encuentro” y se ha convertido, por intervención del paradigma de género y -sobre todo- de la teoría queer, en un espacio de confrontación teórica. Ahora bien, si es cierto que la discrepancia acompaña a la tradición feminista desde sus mismos orígenes, también lo es que continúa vigente su sentido y propósito primigenios. Como cuenta con brillante inteligencia y humor impagable Gayatri Chakravorty Spivak, el feminismo se interroga, en todos los casos, por las diversas maneras en las que la humanidad ha sido poco amable con las mujeres. Esto sucede cuando los hombres -¿la sociedad?- colocan sus dignidad en ellas, es decir, cuando las convierten en objetos, cuando se adueñan de ellas, cuando las colonizan, cuando se las pierde el respeto. El velo, ciertamente, puede parecernos a muchas de nosotras una manera poco amable de tratar a las mujeres.

Ahora bien, ¿es esto específico del mundo musulmán? ¿Consiste la diferencia cultural musulmana en tratar poco amablemente a las mujeres al obligarlas a ocultar la totalidad o partes de sus cuerpos? No estoy preguntando si el mundo musulmán trata peor o mejor a las mujeres que el mundo no musulmán -lo que me parecería una comparación tan odiosa como inconmensurable-, sino si el velo tiene la trascendencia que pretendemos darle desde un punto de vista cultural. Si como muchas observadoras y estudiosas señalan, tiene una importancia simbólica muy notable, pero no es desde luego el único problema al que se enfrentan las mujeres musulmanas, entonces ¿por qué este tema desencadena tanta ansiedad social? ¿Por qué se vive como si se tratara de una gran cuestión? ¿Por qué, en suma, hemos sentido que en torno al burkini había una gran batalla que librar? Es cierto que el terrorismo ha enmarcado la polémica, pero los términos de la misma han ido más allá incluso de lo que cabría esperar en las actuales circunstancias.

Del lado de quienes han promovido o respaldado la prohibición del burkini en aras del laicismo, se postulaba liberar a las mujeres veladas y confrontar una práctica cultural opresiva en nombre de la libertad y demás valores republicanos. Del lado de los críticos con la prohibición se trataba de una vulneración de costumbres vergonzosa, de una violación cultural que tiene en las mujeres a sus víctimas principales.

Me parece que esto es una falsa disyuntiva, y me parece que no hay escapatoria posible en tanto no superemos tres falacias que se anudan inextricablemente para dar lugar a un relato con extraordinario magnetismo para medios de comunicación, analistas y ciudadanía en general, a saber: que la ultima ratio de la división entre Oriente y Occidente se substancia en los cuerpos de las mujeres. Las falacias:

1. que las mujeres son víctimas en todos los casos dado que sus cuerpos son espacios de confrontación, lo que implica que, de algún modo, no les pertenecen.

2. que el velo en un símbolo capital, fundamental, en la dicotomía “Oriente/Occidente” en la medida en que, desde una cierta perspectiva occidental, representa la incapacidad del Islam para modernizarse.

3. que en el momento actual existe una división “Oriente/Occidente” de carácter cultural, que hunde sus raíces en la historia y que es hasta cierto punto insuperable.

Sin embargo, como ha dicho la historiadora Joan Scott, no existe un “problema musulmán”; podríamos añadir que ni siquiera existe “un mundo musulmán”. Del mismo modo que no tenemos “un problema de opresión de las mujeres” -tampoco un problema de opresión de las mujeres musulmanas- sino un abanico de problemas y de fuentes de opresión que pesan sobre las mujeres y que no siempre se dejan identificar con la facilidad con la que lo hace el burkini. La crisis de los emigrantes y la exacerbación del terrorismo yihadista han añadido dificultad a una situación de por sí diversa y compleja. Sin embargo, no debemos perder de vista el hecho de que nuestros problemas, los desafíos que enfrentamos, aceptando incluso que sean de orden cultural, demandan un tratamiento político. Las diferencias culturales no son estáticas, son históricas, y podemos “intervenirlas”, porque todo fenómeno histórico puede y debe ser intervenido.

Cuando polemizamos sobre el burkini no polemizamos sobre las mujeres musulmanas que lo llevan, sino sobre el modo en que nosotras, occidentales, aquí y ahora, interpretamos las experiencias de estas mujeres. Cuando convertimos el burkini en gran cuestión estamos siendo poco amables con las mujeres que lo llevan porque, a nuestra vez, estamos colocando nuestra dignidad como laicistas o como multiculturalistas en ellas. Estamos cosificándolas y otorgándoles al tema de su vestimenta en la cada vez más lejana, cada vez más imaginaria división “Oriente/Occidente”, una centralidad que no tiene porqué tener. La importancia desmedida que asignamos al asunto es directamente proporcional a nuestra incapacidad para gestionarlo. Dicho de otro modo: cuanto más vueltas le demos al tema más se radicalizarán las posturas; cuanto más discutamos sobre el burkini menos perspectiva tendremos sobre lo que esconde; más esencialista será la polémica, menos político el debate.

Pero además, al fijar del modo en que lo hemos hecho -un tanto obsesiva e ingenuamente- la atención sobre el asunto de la vestimenta de determinadas mujeres musulmanas, dejamos de lado todo el conjunto de prohibiciones implícitas y explícitas que padecemos -con relación a nuestra apariencia- las mujeres “no musulmanas”. No les concedemos la misma atención y no reparamos por tanto en que la supuesta diferencia cultural no está oculta bajo un velo, sino que es el resultado, en todo caso, de una interacción continua entre distintas comunidades de adscripción y reconocimiento. Por ejemplo, ¿es el burkini una variante islámica del bikini, o la antítesis del mismo? ¿No debería alertarnos, en igual medida, sobre la ocultación de los cuerpos de las musulmanas y sobre la a menudo impuesta desnudez e hipersexualización de las que no lo somos?

La diferencia cultural, en suma, evoluciona en el curso de la historia y exige, allí donde se plantean conflictos, una solución política y sin complejos. Nada hay estático en esta diferencia y, desde luego, nada puede haber insalvable, salvo que nos empeñemos en ver a las mujeres como víctimas de un patriarcado tan ahistórico como desmesurado y desmovilizador; y sus cuerpos como campos de batalla entre dos mundos cuyo enfrentamiento sirve a la sola causa del odio.

Francia, en el caso que nos ocupa, haciendo valer su libertad republicana, su universalismo de los derechos entendidos como aquellas franquicias y garantías de las que los individuos -ese gran invento filosófico-político de la Revolución de 1789- gozan frente a la autoridad del Estado, tiene dificultades para lidiar con la necesidad de integrar a grupos culturalmente diferenciados y excluidos por razones identitarias. La cuestión es integrarlos sin hacer de la identidad la base de la inclusión, pues de este modo se estaría socavando el individualismo abstracto en cuyo nombre se sostiene la arquitectura republicana. Ahora bien, de la misma manera que en los noventa los franceses aceptaron, bajo presión de las feministas defensoras de la paridad, que el individualismo universalista era una abstracción sexuada, quizá ha llegado el momento de que pluralicen aún más esta concepción incorporando otras formas de diferencia en el imaginario colectivo y en la legislación propia de un Estado laico. Suponer que el burkini priva a las mujeres de su condición de individuos implica tutelarlas. El laicismo debe garantizar las condiciones para la emancipación de los individuos de toda forma de control sobre sus conciencias y fuero interno, no prescribir una determinada forma de conciencia pues eso, en este caso, implicaría imponer una determinada forma de ser mujer, lo que a estas alturas parece simplemente impresentable.

(El debate sobre el velo, desde una perspectiva histórica, en Joan Scott, The Politics of the Veil, Princeton University, 2007)

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